Arte

Opinión | Re/vuelta, de Héctor Zamora


Por Manuela García | Noviembre, 2017

La música de los gestos. Los primeros roces del metal en el hielo. Lento y bajo como una premonición. El sonido suave y casi imperceptible de la nieve que comienza a batirse. La fragmentación de gestos humanos que transforman la materia por medio de su fuerza de trabajo. Es también el sonido lento de una conspiración. Entre el desvaído de los primeros batidos que lento se mecen se divierte la imaginación pensando una revuelta que despierta desde abajo, el ritmo de una unidad que se pertenece. Cuerpos, el llamado de un coro que se organiza, se sabe. El sudor de quienes caminan por las calurosas calles al ritmo lento de las voces que los llaman.

Es una fiesta, una celebración, un concierto de palas, hielo, metal en la madera que amplifican la música de los días. Un momento que sube, nos agita, nos invita a ser parte de ese último eslabón de la revuelta. Baten y cobran. Pagan y viven. Los hombres de la mesa esperan con las palas de madera. Pasa el tiempo, se hace la música y la nieve. Las caras comienzan a cambiar. Sucede. Las sonrisas ya no corresponden a la licencia de cortesía. Se ha creado el momento, compartimos una felicidad. La presencia de otros y el suceder común como condición de posibilidad de lo que no se conoce. Una ficción verdadera. La construcción de un momento que genera un ritual social. Una cohesión que se adhiere a deseos íntimos. Imágenes oníricas que muchos compartimos durante la infancia. Montones de nieve derramada en un plato común. El mismo para todos. Sin prejuicios, sin divisiones. Ellos cantan nosotros comemos. Es como si al batir la nieve se calentara un poco el espíritu de los presentes. Como si la materia que se transforma fuese la nuestra. Elementos compuestos para que suceda un momento. Se suelta, se pone en escena pero no se actúa. Las vueltas de la cubeta en la barrica, los movimientos circulares. A veces se levantan los cantos, a veces se levantan los pueblos, pasa y pasa de nuevo un par de vueltas después.

El batir de la nieve en una composición musical que es segundo auditivo, marca el tiempo del proceso material que tiene un final en lo que se produce. Mirar el proceso es oírlo y dejarse mecer. Re/vuelta sucede y comparte su nombre con la primera exposición retrospectiva de Héctor Zamora en México, en MARCO de Monterrey. La geografía de las piezas se entrelaza. Algo se percibe de la presencia del sur del continente, el silbato del maestro Noel Pavón que basado en músicas populares de Nuevo León se ha dejado permear por la primera experiencia de Re/vuelta, REviraVOLTA, que tuvo lugar en Brasil hace un par de años, aunque nace en las calles de la Ciudad de México, donde el hielo se bate con barrica y cubeta. Muchos años de verlo habrán de consolidar esta idea. La fijaron para luego descomponerla, fraccionarla.

Hay una pieza a unos cuantos metros del lugar del performance, un ladrillo dividido en partes, se trata de 6, de la serie potencialidades. Una escultura que pone en evidencia el procedimiento de separación, desarticulación de la construcción hecha material. Se me ocurre que sería la escultura para comprender la construcción que ha sido llevada a cabo en Re/vuelta. La separación de las partes que ponen de manifiesto el conjunto completo. Como si en algún momento la división del ladrillo pudiera leerse como partitura de los golpes que lo hacen. A esta separación de lo mismo, viene además una concepción de una unidad heterogénea, pues en muchas ocasiones —y Re/vuelta no es la excepción— Zamora pone elementos contrarios dentro de la estructura que compone. Momentos en pugna dentro de sí mismos que intentan ser desatados. Se fracciona la cortesía, el momento utópico de comer en el mismo plato sucede con la misma proporción con la que nunca sucede en la vida diaria. En un país en que no todos comen lo mismo y menos del mismo plato. Donde las maneras de mesa existen como barreras inquebrantables de las clases sociales, la raza pone en evidencia la conquista y la dominación de los pueblos que ahora constituyen la clase trabajadora.

También es la dicotomía palpable entre lo que sucede afuera y lo que se permite en el museo. Siempre el encuentro de dos mundos que no corresponden pero cuyos elementos comunes se hacen evidentes cuando se echa a andar la experiencia, cuando se abre la corriente de las voluntades individuales que reaccionan a una situación determinada, orquestada, compuesta. La puesta en escena de una utopía para revisar nuestro presente.

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Imágenes: Cortesía del artista.