Arte

Opinión | No cruzar la línea. I-Machinarius, de Marcela Armas


Por Jerónimo Rosales | Mayo, 2017

Cuando uno entra en la sala, reina el silencio. Instantes después un ruido empieza a ocupar el espacio. Es el ruido de 31 catarinas mecánicas girando al mismo tiempo y en la misma dirección sobre uno de los muros. En el contexto de Casa del Lago el ruido resulta extraño, diferente, irreconocible. Un continuo rugir apagado, eventuales crujires con rechinidos breves. Las catarinas giran y entre ellas pasa una cadena que se desplaza lentamente alrededor de todo el circuito. Enorme, el conjunto es enorme, ocupa todo el muro y traza una forma inconfundible: la silueta invertida de la República Mexicana.

Con cada puesta en marcha de la gran maquinaria, con cada giro, con cada rechinido, el sistema chorrea gotas de un líquido aceitoso color marrón sobre la mampara. Quien lea la ficha técnica sabrá que se trata de petróleo crudo —aunque en México «nadamos en petróleo», somos pocos los mexicanos que conocemos la vista del petróleo crudo—. Gesto pictórico: a fuerza de tanto chorreo, la mampara, en un inicio blanca, está ahora salpicada, herida, contaminada.

Esta pieza se titula I-Machinarius. Su creadora, Marcela Armas, la presentó originalmente en 2008. Y es una de las numerosas piezas que componen la exhibición colectiva Mexibility, curada por Friedrich von Borries, Moritz Ahlert y Víctor Palacios.

I-Machinarius va acompañada de un breve texto de sala: «El encumbramiento de la movilidad global ha ocasionado no solo grandes conflictos sociales sino, de manera paralela e ineludible, graves consecuencias a nivel medioambiental. Los altos niveles de contaminación y el deterioro de vitales ecosistemas son el resultado de ello […] Marcela Armas (1976), en su instalación de ciclos móviles titulada I-Machinarius, realiza una crítica directa a la relación entre extracción, comercialización y consumo desmedido de combustible fósil en México. Por lo tanto, esta pieza cuestiona el hecho de depender de esta fuente no renovable de energía mientras realiza, con el escurrimiento del crudo, un gesto pictórico que, entre otras cosas, alude a la anquilosada industria del petróleo en este país».

Y sí. La lectura de la pieza, por las características de la exposición en la que se presenta, puede enfocarse —limitarse, si se quiere— al ámbito de la movilidad y ecología, que es justamente el núcleo curatorial en el que se inserta dentro Mexibility. Se le puede entender como una «crítica directa a la relación entre extracción, comercialización y consumo desmedido» del petróleo en México,[1] pero para el espectador inquieto, la pieza puede generar reflexiones, además, sobre la relación bilateral entre México y Estados Unidos y los conflictos recientes que han tenido como eje conceptual o geográfico la frontera entre ambos países.

Tal vez esto no vendría a cuento, de no ser porque la misma museografía de Casa del Lago pareciera invitar a dicha reflexión: sobre la mampara está montado el gran circuito que chorrea petróleo crudo. Debajo, en el suelo a un metro de la mampara, una línea blanca traza una división, al centro, la leyenda: «No cruzar la línea. Do not cross the line». La línea es una frontera. Separa al público de la pieza con la intención doble de evitar que se le toque y de proteger al espectador de un peligroso resbalón, pues el suelo cerca de la mampara está salpicado de petróleo. Y aún consciente de esto, uno no puede dejar de pensar en lo oportuna, en lo congruente, en lo apropiada que resulta esa línea, esa frontera, en días como los que corren. Uno no puede dejar de pensar en la afortunada manera en que, sin ser parte de la pieza, esa línea, esa frontera interactúa y se integra con ella.

Así, de cabeza como está la instalación, el petróleo fluye hacia Estados Unidos,[2] y así, de cabeza como está la instalación, el sur está arriba y el norte debajo. Sucede que en el montaje de I-Machinarius para Casa del Lago, la línea sobre el piso, la frontera que no hay que cruzar, se ubica al norte. El sentido bilingüe de la leyenda pareciera reafirmar esta idea: «No cruzar la línea. Do not cross the line».

Un año después de presentar I-Machinarius por primera vez, Marcela Armas presentó Resistencia (2009), «pieza que explora la frontera como un borde peligroso, así como la ruptura y distorsión de las relaciones entre dos naciones vecinas».[3] Con Resistencia, Marcela Armas apuntó toda su práctica artística a esa problemática. En cambio, con la re-exhibición de I-Machinarius y por una serie de cuestiones fortuitas que no tienen tanto que ver con la artista ni con el equipo curatorial —sino más bien con los museógrafos y las medidas de seguridad de Casa del Lago—, la misma reflexión se nos chispoteó. Las condiciones la hicieron emerger y ahora está allí a la vista de todos.

Quise escribir sobre I-Machinarius en Casa del Lago porque me interesé en explorar los nuevos significados que adquirió la pieza tras la Reforma Energética de Peña Nieto (2014) y el ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos (2016). Es ineludible que estamos ante una obra viva, actual, contemporánea. Una obra que en distintos contextos puede hacer referencia a distintas cuestiones. Sabiendo esto, inicialmente coqueteé con la idea de hacer una re-lectura de I-Machinarius. De apreciarla desde coordenadas más actuales, pero en cuanto llegué a la sala y la vi en su nuevo contexto museográfico, acompañada de esa línea bilingüe tan oportuna, esa línea que no había visto acompañar la pieza anteriormente, me vi repentinamente silenciado.

¿Se puede ser más preciso que este afortunado montaje? ¿Se puede ser más claro que los mismos hechos?

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[1] Texto de sala del núcleo curatorial movilidad y ecología, Mexibility: estamos en la ciudad, no podemos salir de ella.

[2] Julián Herbert, Marcela Armas: metonimias, en Letras Libres, 14 de octubre 2009 Disponible aquí.

[3] Extraído de la descripción de Resistencia (2009) que aparece en el sitio web de Marcela Armas, disponible aquí.