Arte

Opinión | Monumentos, anti-monumentos y nueva escultura pública


Por Fernando Pichardo | Diciembre, 2017

En los últimos años la historia colectiva de la Ciudad de México ha sido narrada también desde sus monumentos. Los discursos que contienen, en apariencia inamovibles, se han sometido a una serie de eventos que dan cuenta del sistema de impunidad sobre el que se ha construido la mexicanidad contemporánea. La investigación sobre la cuadruplicación del costo total para la construcción de la Estela de Luz y la intervención con ácido nítrico de la estatua ecuestre de Carlos IV ejemplifican lo anterior. Recientemente, la caída de la alegoría La Esperanza, de Manuel Tolsá, desde el techo de la Catedral Metropolitana durante el terremoto del 19 de septiembre fue vista como una manifestación del estado de desesperación e impotencia que la ciudadanía siente al verse incapaz de cambiar la corrupción institucionalizada que aqueja nuestro presente.

La resignificación de memoriales y estatuas por parte de la sociedad civil es un acontecimiento que en la actualidad posee un alcance global. Desde este argumento y bajo la curaduría de Pablo León de la Barra, Monumentos, anti-monumentos y nueva escultura pública, presente en el Museo Universitario del Chopo, cuestiona desde múltiples miradas la vigencia de los sistemas e ideales que intervinieron en la construcción de memoriales durante el siglo XX en América Latina. De esta manera, visibiliza la desconexión que existe entre las instituciones que planifican y financian las obras y las personas que cohabitan con ellas.

La exposición está conformada por secciones que describen los efectos que los artistas participantes, los seres humanos y el paso del tiempo han ejercido sobre distintos espacios y obras. De esta manera, uno de los primeros segmentos es el registro fotográfico que Helen Escobedo y Paolo Gori realizaron a finales de los años ochenta, en el que es posible ver cómo el Estado mexicano ha empleado a la escultura como un medio para homogeneizar los tejidos sociales de su territorio bajo un antecedente histórico común. Algunos de estos monumentos exaltan valores como la maternidad, el progreso y el sacrificio por una causa mayor, mismos que alientan a la ciudadanía a posicionarse como un capital humano al servicio de la Nación.

Entre las piezas reunidas en la muestra se encuentran dos dibujos a lápiz del artista Mario Navarro en diálogo con un conjunto de archivos que describen la logística empleada para la Ruta de la Amistad en 1968. El estado post-apocalíptico en que el artista tijuanense recreó las Torres de Satélite y el acceso principal del Parque González Gallo en Guadalajara, contrasta con el idealismo proyectado por los artistas internacionales convocados para la creación de este corredor escultórico en vísperas de los Juegos de la XIX Olimpíada. No obstante, si recordamos la alteración que la Ruta de la Amistad sufrió en décadas subsecuentes para favorecer los intereses comerciales y económicos de la expansión urbana al sur de la capital, es posible interpretar las obras de Navarro como un recordatorio de cómo las esculturas públicas alrededor del mundo no han cumplido su función de enmarcar y preservar el legado de un presente o pasado específicos para las generaciones venideras. Si el destino de los hombres es la muerte, quizá el de sus monumentos sea la ruina.

Por otro lado, Todo los Colosios de este país, de Diego Berruecos, fue una de las series que más llamó mi atención. En estas fotografías, el artista demuestra cómo la memoria y representación nacional se han construido a partir de las agendas políticas de los partidos gobernantes. Las efigies fueron capturadas al nivel del suelo, por lo que es posible distinguir el aura casi mesiánica que le fue dotada a los memoriales del candidato a la presidencia asesinado en 1994. Al crear sus imágenes desde plazas cívicas, autopistas y pasos a desnivel, Berruecos nos muestra cómo Luis Donaldo Colosio aparece en los paisajes urbanos de México más como un homenaje al aparato burocrático mexicano que a los logros que pudo alcanzar en vida.

Una de las últimas series expuestas es una recopilación de imágenes digitales del Guerrero Chimalli, el monumento colosal a cargo de Sebastián para el municipio de Chimalhuacán, Estado de México, en 2014. Los carteles que ilustran memes de la escultura sacan a relucir aspectos que han permanecido arraigados en nuestra idiosincrasia, como el clasismo o la burla hacia lo mexicano. Por ejemplo, una lámina compara al monumento con Planet Robot de Kirby, acompañada del texto: “Recomendable para municipios paupérrimos o peores”. Para la opinión general, los monumentos en México han pasado de ser obras que conmemoran actos y personas que contribuyeron al proyecto nacional, a ser un repertorio de contaminación visual que falla en alentar un sentido de pertenencia entre sus habitantes.

Ante la voluntad por evidenciar las lagunas y contrariedades de la historia oficial, los ciudadanos han ocupado espacios públicos como plataformas para desmantelar versiones institucionalizadas. En este contexto, Paseo de la Reforma se ha convertido en un campo de acción para los anti-monumentos, medios de resistencia que se enfrentan a las narrativas gubernamentales y que abren a grupos sociales la oportunidad de contar su visión sobre acontecimientos específicos. Al insertarse en estos lugares y apropiarlos sin la mediación del Estado, los anti-monumentos se convierten en lugares que expresan un sentimiento colectivo.

En abril de 2015, a siete meses de los eventos ocurridos en Ayotzinapa, familiares de las víctimas colocaron el número +43 en el cruce conocido como “La esquina de la información”, en la Ciudad de México. En un paraje reconocido por concentrar varias sedes de poder, los dígitos en rojo les recuerdan su negligencia para dar una resolución satisfactoria sobre el paradero de los normalistas. El signo “+”no es fortuito: para los manifestantes que colocaron el anti-monumento las víctimas aún siguen con vida y el memorial no se removerá hasta el día que aparezcan. Asimismo, en junio de este año, la colocación de las siglas 49ABC frente a las instalaciones del Instituto Mexicano del Seguro Social en Paseo de la Reforma para honrar a los niños que murieron en el incendio de una guardería en Hermosillo en 2009, constituyó un esfuerzo de los padres de familia para frenar la normalización de la corrupción que rodea al caso.

La dictadura de un solo partido político en México durante el siglo XX trajo consigo el desarrollo de una estructura autoritaria, paternalista y universalista que se materializó a través de los proyectos artísticos del Estado. En años recientes, se han efectuado revisiones a estos lenguajes desde diferentes núcleos de la sociedad. Ahora se cuestionan las figuras e ideales que aparecen en estas políticas estéticas, las causas de su inclusión en la memoria colectiva y quiénes pueden reconfigurar los discursos que abordan. Monumentos, anti-monumentos y nueva escultura pública establece un debate ante estos argumentos, planteando la sacralización de héroes y países como un modelo que ya no cumple con las necesidades de un mundo desigual e interconectado. Si bien la exhibición no ahonda lo suficiente en proponer alternativas concretas a cómo concebir esquemas de representación más incluyentes, resulta valiosa en tanto es un llamado para desafiar estructuras hegemónicas desde una perspectiva que mitiga las fronteras nacionales, rechazando las formas románticas o sanitizadas de los orígenes que las sostienen.

Foto: Daniel Geyne | Yaconic.