Arte

Opinión | Metodología del absurdo: Sol LeWitt en Alias


Por Sandra Sánchez | Septiembre, 2019

No les voy a mentir, el libro me atrajo más que las obras. Su portada hecha con papel Astrobright Fireball Fuchsia destaca por su color y sencillez. En ella leemos, hasta arriba, Sol LeWitt; abajo, Escritos —en una tipografía más pequeña; después vemos las líneas de un cubo con otro cubo adentro (The Square and the Cube); hasta abajo, Alias,1 el nombre de la editorial. ¡Qué simpleza! Me encanta. Sin embargo, dude antes de empezar a leerlo y, por ello, le propuse a la editora de este portal escribir sobre él, para obligarme a saber qué estaba adentro de la linda edición que adornaría, contundente, mi librero.

LeWitt es un escritor poderoso que no adorna; preciso en su escritura y amable con el lector. La traducción y las notas de María Minera, realizadas de una forma vitalista y cuidadosa, respetan el ingenio del autor. Estamos ante un libro que se lee de manera continua, de tan buen sabor que tiene. Quizá no en una sentada, algunos artículos son espesos y hablan del método que el artista fue construyendo.

Personalmente, no me atrae la obra de LeWitt. Rehúyo al arte demasiado geométrico y metódico. Mi criterio de gusto se inclina más a producciones que presentan una subjetividad particular, poniendo en tensión su propia artificialidad. Tanta repetición en la obra del artista me conducía al fordismo, a métodos de producción en serie; también a la neurosis y a la imposibilidad de escapar de un significante, que insiste, estrechando más y más los márgenes de libertad. LeWitt era consciente de que su trabajo se podía asociar a los estratos mencionados, ante ello escribe: “la filosofía del trabajo está implícita en el trabajo mismo y no es una ilustración de sistema filosófico alguno” (p. 31). Su arte no replica un sistema social o filosófico dado, más bien crea una maquinaria propia.

No sé en la vida real, pero en mi imaginación me gusta pensarme más esquiza y órfica2 que reticular, por lo que LeWitt no entra en mi diagrama. Aún así, seguía dispuesta a dejarme sorprender (mucho de la disposición era producto de la bella edición; su espaciado, su tipografía…) y sí sucedió. La obra sigue sin pulsar en mi sangre, pero ¡cómo me hubiera gustado conocer a ese hombre! ¿Tengo un crush con Sol LeWitt? Sí, claro. La infatuación me obliga a no mentir y a confesarle que el artista vivió en un momento histórico en el que era necesario distanciarse del expresionismo abstracto y también del formalismo.

LeWitt explica que el enfoque formalista consiste en “observar el resultado de la cosa y quedarse con lo que parece ser visualmente, en lugar de observar el contenido de la cosa” (p.107). Él estaba preocupado por el contenido, pero no por aquel que emana del yo; el arte tiene que ser “emocionalmente seco y tiene que evitar la subjetividad”. El contenido de la obra es su método, uno sin elecciones:

La cosa es hacer una elección inicial de, digamos, un sistema, y dejar que el sistema haga el trabajo. Solo cuando hay una contradicción o un punto muerto de algún tipo tengo que decidir una cosa u otra. Por ejemplo, tengo que tomar una decisión sobre el color. Bueno, pues decidí que blanco porque era el menos color que se me ocurría. La otra posibilidad habría sido negro. Pero el negro es demasiado impositivo y tiene otros significados. El blanco también tiene connotaciones negativas. La gente piensa en la pureza. Pero funcionó, creo, mejor que el negro. Sólo intento, siempre lo he intentado, dejar que el contenido de la pieza decida la forma de la pieza. (p.107).

Hay tres textos en el libro que explican ampliamente las ideas de LeWitt respecto a su trabajo: Los “Párrafos sobre arte conceptual”, de 1967 y dos entrevistas, la primera con Patricia Norvell en 1969 y la segunda con Lucy R. Lippard, circa 1972. Los textos, acomodados cronológicamente, nos dejan ver cómo no cambió sus ideas, sino que las problematizó y las ensanchó hasta agotarlas, cada vez, lo más posible.

En la entrevista con LeWitt, Lippard le dice, “eres el padre del arte Conceptual con c mayúscula, te guste o no. Están los ‘Párrafos’ y los ‘Enunciados sobre arte conceptual’ en Artforum y Art-Language” (p. 131). Sin embargo, el arte conceptual no es el término que más aparece en el libro; una de las constantes es la idea, no hay método ni sistema sin ella. En el punto siete de los enunciados, escribe: “La voluntad del artista es secundaria al proceso, iniciado por él, que va de la idea al final de la producción. Su voluntariedad no es sino ego”. Luego, prosigue en el once: “Las ideas no necesariamente siguen un orden lógico. Pueden dispararse en direcciones inesperadas, pero una idea tiene que completarse en la mente antes de que pueda formarse la siguiente” (p.44).

La idea es lo que le permite a LeWitt transitar a un arte conceptual, no porque los conceptos estén hechos de ideas, sino porque la idea implica una estrategia, en la que “la planeación y las decisiones se establecen de antemano y la ejecución se convierte en un asunto mecánico. La idea se convierte en una máquina que hace el arte” (p. 29). Esto lo escribió en 1967; en 1979 añade que las ideas no son intelectuales, son ideas irracionales: “el tipo de arte que estoy haciendo, no creo que sea para nada racional. Pienso que es más bien irracional. El arte formalista donde el artista toma decisiones de principio a fin es una manera muy racional de entender el arte. Pero no creo que el mío sea para nada así. Y tampoco creo que sea intelectual. No creo que sea matemático, no creo que sea científico. Es sólo un método” (p. 119).

Las ideas irracionales de LeWitt me conquistaron. Me parece interesantísimo que un artista genere un método inútil solo para hacerlo funcionar y agotarlo, como en su Serie de dibujos I, II, 1969-1970 o en Cuatro tipos básicos de líneas rectas y todas sus combinaciones en quince partes, de 1969; me atrevo a decir que el método es constante en su trabajo —como una línea invisible, pero menciono estos dos ejemplos porque aparecen en el libro. Sí, el libro tiene bastantes imágenes, incluso fotografías de los cuadernos del artista. ¡Un agasajo!

LeWitt busca que el sistema se exprese, desplaza su yo a ese sistema y sigue sus reglas. Claro que aquí hay un truco porque es él quien pone las reglas mismas. La estrategia no desacredita su propuesta ni su uso, al contrario, muestra la paradoja de cualquier productor: la intensidad que hay de su pathos en la obra, que deja de ser su pathos, pero que también deja impreso en la obra; sin un divorcio 100% exitoso entre las dos partes.

El respeto que el artista tiene por su propio trabajo, por su propuesta y su proceso de experimentación es admirable. Desde 1967, por lo menos, él sabe que su método no tiene una pretensión universal y verdadera, no camina por los senderos del absolutismo; más bien, es bien consciente de que “la lógica de una pieza o una serie de piezas es un dispositivo que se utiliza algunas veces, sólo para que después no funcione. La lógica puede usarse para camuflar la verdadera intención del artista, almibarar (bellísima palabra escogida por la traductora) al espectador y que así crea que entiende la obra o para indicar una situación paradójica (como podría ser lo lógico contra lo ilógico)” (pp-20-30).

Al leer la cita, comprendí que LeWitt no era un obsesivo compulsivo que amaba trazar rayitas para que las cosas se vieran ordenadas y bonitas (una lectura). LeWitt estaba intentando modificar, con su método, una manera de aproximarse a la producción. Tanto a la del arte, como a la producción en general: sus ideas están respondiendo a un modo económico y a una forma de hacer muy particular, ante ese panorama él genera un sistema para llegar a lo que “no funciona”, al absurdo.

(Leía el texto al tiempo que asistía a una clase de ritornello que imparte Sonia Torres Ornelas (FFyL). Ella decía que con las máquinas Deleuze y Guattari estaban alejándose del yo. Me parece imprescindible una crítica y una genealogía del yo, para desempolvar su artificialidad, para generar otro margen de movilidad. Buena parte de la línea 3 del metro pensé en qué tan cercano estaba el método de LeWitt del Anti-Edipo de Deleuze y Guattari; la pregunta sigue pendiente).

Addenda

En una nota de la traductora, en “Carta a Eva Hesse” 14 de abril de 1965, se lee: “A la muerte de Hesse, en 1970, LeWitt realizó uno de sus dibujos de pared más enigmáticos, Wall Drawing #46 [Dibujo de pared #46], en el cual una serie de ‘líneas verticales, no rectas, no tocándose, cubren el muro por entero’, casi como si fueran gotas de lluvia cayendo. Con éste, el más orgánico de sus dibujos, LeWitt decidió homenajear a su querida amiga, muerta completamente a destiempo”.

Foto: Wall Drawing #46, de Sol LeWitt |

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1 En el libro está escrito: “Alias es un proyecto editorial de Damián Ortega, cuyo propósito es la difusión de la obra y el pensamiento de autores particularmente significativos para el arte contemporáneo. Creaciones que, por razones y circunstancias difíciles de enumerar en este espacio, no han sido traducidas, impresas y difundidas en habla hispana; o bien, cuyas ediciones anteriores están descontinuadas o nunca han sido distribuidas en México”. Vale la pena revisar el catálogo de esta editorial-proyecto artístico. Es importante mencionar que los libros tienen un precio accesible, lo cual cumple su oferta de difusión.

2 Pienso en la Oriana, de Gonzalo Rojas.