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Me veía verme: Mi corazón, de Pola Weiss, por Aline Hernández


Por Aline Hernández / @AlineHnndz | Febrero, 2015

Existe una cita que utilizó Lacan de la Joven Parca de Paul Valery que recuerdo cada vez que trabajo en torno a la obra de Weiss: “Me veía verme”. La dinámica que expresa la frase ha sido una de las contantes con las que me he encontrado en el archivo de la teleasta, el cual fue donado al MuAC hace algunos años. Esta misma frase se encuentra casi literalizada en una invitación que Weiss distribuyó con motivo de una exposición que tuvo lugar en la entonces Galería Pecanins en la ciudad de México, en 1979. En ella, la artista aparece duplicada. Por un lado, podemos ver su imagen en el monitor de televisión donde la artista sostiene un lente que apunta directamente a los espectadores, y por otro, podemos ver el rostro de la artista al margen del cuadro de la televisión. Weiss aparece simultáneamente como el sujeto que produce imágenes así como el sujeto de la imagen.

En la invitación, Weiss convoca al público a participar en un “performance vivo de video arte”. La contradicción implícita en la invitación es innegable y las preguntas que uno puede formular al respecto tomando en cuenta que se trataba de un momento donde el medio de registro se encontraba aún sujeto a diversas discusiones y cuestionamientos, son varias: ¿De qué modo una obra de videoarte estará viva? y ¿cómo es que esta obra implicará a su vez un performance, el cual suele tomar a la cámara como un medio para documentar la acción y no como la obra en sí misma? Estas capas de contradicción aparecerán constantemente en la obra de Weiss y sintetizan de algún modo los ejes que habrán de seguir muchas de sus producciones. Sus videos, están construidos alrededor de una intricada relación que logró desestabilizar el acto de registrar, confiriendo a las acciones una importancia que se sitúa no en la acción como registro, sino en la acción misma siendo representada en el marco de la imagen, tornando complejo el interpretar muchas de sus obras a través de los discursos que hoy resultan centrales en la teoría del performance, o incluso, el llamado videoarte.

Hoy, después de haber pasado varios meses ahondando en la obra de Weiss, me he planteado si fueron esas contradicciones inherentes en muchas de sus obras que han llevado a delegar, a la considerada no sólo pionera del videoarte en México, sino una de las artistas que se dedicó a impulsar este medio a través de diversas muestras y eventos que tuvieron lugar en la década de los setenta, a un segundo plano por la historia del arte en México, logrando que la escasa atención que se le ha puesto, venga acompañada de un pequeño corpus crítico, que vagamente permite comprender la relevancia del vasto cuerpo de obra que produjo.

Es así que me atrevo a decir que sumergirse en la obra de Weiss, implica hoy un esfuerzo continuo por localizar sus videos fuera de los tropos típicos bajo los cuales se ha interpretado este medio, giro que a su vez haría posible comprender sus producciones en el marco de sus complicadas relaciones interpersonales, de las cuales dan cuenta no sólo sus diarios sino también sus videos y obra gráfica. La obra de Weiss, persistentemente, manifestó una voluntad por insertar elementos de carácter espacial y temporal que alteraran, fundamentalmente, el estatus ontológico del medio utilizado el cual solía concebirse como medio para registrar algo y no como obra en sí misma. Ella trató, en otras palabras, de dotar de vida al video siempre inscribiendo elementos propios de lo que podríamos denominar  una oscilación entre imágenes movimiento tomadas del exterior y otras producidas a partir de sensaciones y percepciones de lo íntimo.

La obra que hoy nos atañe no fue la excepción. Mi corazón fue realizada en 1986 y resulta uno de los videos fundamentales de la obra temprana de la teleasta. . Recordarán, tal vez, que la obra da inicio con una afirmación que resulta imprescindible para comprender esta oscilación que mencioné anteriormente: “Mi ojo es mi corazón” nos dice la artista y ciertamente este enunciado tiene un sentido fundamental ya que inscribe el eje que el resto de la obra habrá de seguir. Lacan menciona en alguna parte de su texto La Anamorfosis que “el privilegio del sujeto parece establecerse con esta relación reflexiva bipolar, por la cual, en la medida en que yo percibo, mis representaciones me pertenecen” y la obra de Weiss encaja perfectamente en esta cita. Sus videos advierten precisamente este estado bipolar al que alude Lacan al discutir la función de la mirada como objeto, el modo en que podemos situar sus percepciones del mundo, nos genera una certeza única de que estamos precisamente sumergiéndonos en un complejo sistema de percepciones. La interpretación generalizada que se ha dado al video nos dice que está vinculada con el temblor del 85, ¿pero será realmente ese el tema de la obra?. Las no pocas imágenes que aluden  tanto al embarazo como a la muerte, pueden entonces sugerir una correspondencia con uno de los eventos trágicos que marcó la vida de la teleasta: el aborto que sufrió en 1984. Entonces, siguiendo esa línea, la presencia de la pintura intervenida de Gustav Klimt, La Esperanza cobraría mayor sentido. Dando continuidad al eje de comprensión planteado, Mi corazón  no trataría específicamente de los catastróficos eventos ocurridos durante el 85 sino de la adversidad por la que estaba atravesando la artista tras el aborto.

Una vez habiendo planteado esto, nos damos cuenta que el video se encuentra invadido de referencias en torno a este evento, mismas que a su vez, se articulan con referencias históricas del temblor. Ambos son puntos referenciales que nos permiten esbozar una posible comprensión del modelo presente en la obra, donde encontramos, por un lado, una conciencia histórica de los eventos ocurridos en el 8, y por otro, una presencia de un cuerpo sumido en un tiempo y espacio a través del cual podemos experimentar dichos eventos. De este modo, es posible que ambas tragedias hayan sido vistas al unísono y no sería coincidencia que los puntos de referencia que ofrece, estén mediados por la experiencia del cuerpo como intermediario con el exterior. En este sentido,  la cita mencionada anteriormente de Lacan volvería a salir a colación: si en la medida en que yo me percibo, mis representaciones me pertenecen, precisamente el modo en que Weiss percibió el temblor fue a través de sus percepciones, mismas que estaban a su vez mediadas por la experiencia vital de la pérdida, evocando entonces en aquella, la tragedia; su propia tragedia por medio de una deformación de las imágenes tomadas del temblor. La autoconciencia que la llevó a ver lo que vio en el temblor nos lleva a plantearnos, si dicho video más que un modo de interpretar o trabajar con la tragedia común, fue un modo de lidiar con sus propias experiencias, fundamento que encontraría su estructura en la constante oscilación que encontramos de imágenes o episodios relativos al 85, y por otro lado, episodios relativos a la maternidad que nunca llegó, logrando una intersección de campos, que resultan indispensables para esbozar una posible comprensión de las visiones que ofrece la artista en la obra. 

Foto: polaweiss.mx.

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Aline Hernández (México, 1988), es curadora y escritora independiente. Ha publicado diversos cuentos como Demencia parafílica, Le Merlebleu Azuré y La Ventana, entre otros en medios como Revista Cartucho y el Periódico El Espectador. Asimismo ha participado en proyectos colaborativos como Pan para todos y Chicatanas. Su trabajo escrito explora temas como el neoliberalismo y el arte, crítica de arte, procesos de resistencia y comunitarios.