Arte

Opinión | Le Gran Luxe


Por Fernando Pichardo | Agosto, 2017

La elección del Centro de la Juventud, Arte y Cultura Futurama para el montaje del más reciente proyecto curatorial de Daniel Garza-Usabiaga no es fortuita. El contexto bajo el que el recinto fue construido originalmente —una sala de cine que acabaría siendo la última de su tipo en ser construida en el país—, aludía a una visión optimista del porvenir donde se esperaba que las sociedades de los suburbios derivados de la expansión de la Ciudad de México disfrutaran de los beneficios de la automatización.

En Le Gran Luxe, el curador tomó como punto de partida al contraste que existe entre este ideal y el estado que el mundo experimenta en la actualidad, basándose en la novela The Wild Boys, publicada en 1971 por William S. Burroughs para generar un paraje distópico, donde se evidencia el fracaso al que conducen los modelos económicos y medios de producción que determinan a las sociedades contemporáneas. Por tanto, el montaje que se muestra en la sala está inspirado en un escrito que de acuerdo con Garza-Usabiaga puede percibirse como tóxico y con imaginación desbordada, en un intento por extender esta narrativa hacia un lenguaje plástico como lo hizo David Cronenberg con The Naked Lunch en los años noventa.

La muestra toma su nombre del capítulo homónimo donde el autor describió un Marrakesh sobrepoblado en el que sus habitantes deambulan entre la riqueza y pobreza extremas. Le Gran Luxe es un texto que se burla de la falsa benevolencia de los ricos en un futuro que ya nos alcanzó, en el caso de la exposición es una referencia que denuncia las estrategias de capitalismo rosa o pinkwashing, empleadas para insertar a las minorías al sistema global de consumo, bajo falsas premisas de inclusión y progresividad.

Más allá de ser un homenaje al legado escrito de Burroughs, la muestra extrapola la novela al presente artístico de la Ciudad de México, equiparando a los protagonistas con los participantes del proyecto expositivo. Bajo esta premisa, Garza-Usabiaga y la asociación civil Local 21 invitaron a siete creadores menores de treinta años a generar una expresión visual sobre temas como la cultura de la mercancía y la objetivización del cuerpo a través de la imagen. Previamente, el curador tuvo acercamiento al trabajo de Aleph Escobedo, Alfonso Santiago, Berke Gold, Enrique Lanz, Hernán Cortés, Laos Salazar y Romeo Gómez a través de montajes independientes o en sus cuentas de redes sociales.

El proyecto requería jóvenes cuya obra arrojara reflexiones sobre la identidad gay sin que por ello se limitaran a ser interpretadas sólo desde esta perspectiva, en un intento por combatir el creciente fenómeno de espectacularización que dicha comunidad ha recibido con fines comerciales en años recientes:

“Siempre hay un escándalo, por ejemplo, cuando se representa de una manera incorrecta la homosexualidad en los medios, pero a pocos escandaliza el número de homosexuales que, como muchas otras personas, viven en la pobreza, no gozan de servicios médicos o una buena alimentación. No hay activismo ni movilización para ellos, muy probablemente porque escapan del régimen de representación y autorepresentación con el que generalmente se identifica a los hombres homosexuales hoy en día: ellos son pobres, indígenas, no van al gimnasio, no se sacan fotos atractivas o kinky en Instagram.”[1] 

El aspecto industrial y la amplitud de los espacios que albergan las instalaciones de Futurama fueron empleados para fabricar un ambiente similar a un set de grabación, a fin de materializar la intención que existe desde los años setenta por hacer una adaptación de la novela al cine. La sala de exhibición contiene una selección de piezas que resulta difícil de asimilar a primera instancia, entre las que se encuentran un conjunto de objetos freídos de la misma manera en que se haría con un trozo de pollo, un mural con consignas sobre la distopía en que nos desenvolvemos y dildos de plástico mutilados que se sitúan sobre muebles clausurados.

Las características de las obras resultan agresivas para quien las examina, y es por ello que cumplen con el propósito que les fue concedido. Le Gran Luxe no busca deleitar al visitante, ello significaría adaptarse a los modelos de asimilación que el heteropatriarcado ha instaurado para las comunidades homosexuales alrededor del mundo. Se trata más bien de un ejercicio que se opone a los patrones de sexualidad que se dictan hoy en día; que “[…] propone un ejercicio de desidentificación. Abiertamente dice no a lo que comúnmente se asocia con “arte gay.” Sin tener imágenes afirmativas o poco críticas con arcoíris, suspensorios y cuerpos de hombres atractivos.” [2] 

Si bien la homosexualidad constituye el ámbito medular de la exposición, sus autores coinciden en que para generar un cambio de paradigma en la sociedad es necesario evidenciar su papel como territorio político. En Le Gran Luxe la sexualidad se vuelve disidente para liberarnos no sólo de la manera en que las esferas de poder nos han señalado cómo vivirla, sino también de las aspiraciones de fama, riqueza y belleza que erosionan a las estructuras de nuestro tiempo. Este proyecto es una rebelión contra el hedonismo que se ha venido instalando sobre los movimientos que lo cuestionan. Si las obras incomodan o perturban a quién las observa, habrán logrado su objetivo.

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Fotos: Cortesía Local 21.

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[1] Daniel Garza-Usabiaga en conversación vía mail.

[2] Ibídem