Arte

Opinión | La teoría del todo


Por Gustavo Ambrosio /@guskubrick | Enero, 2015

La fórmula hollywoodense para obtener una película correcta se basa en que ésta “toque sentimientos”. Y para que la misma gane premios debe tener como ingredientes esenciales dos cosas, una, que el personaje tenga una vida compleja y que luche contra las adversidades, sobre todo si es una enfermedad incurable; la otra,  que este personaje haya vivido —o viva—, y que sea famoso y/o admirado.

Esta receta ha funcionado desde siempre. Incluso de ella han salido grandes películas. Sin embargo, parece que la película sobre la vida del famoso astrofísico Stephen Hawking fue sometida a un tratamiento de caramelo y lugares comunes para hacerla “accesible” y “ligera”.

Basada en las memorias de la esposa de Hawking, el guión resulta ser un tortuoso y licuado camino de estampas de una vida que se va agotando y que trata de abarcar dos puntos de vista, el de Hawking y el de su esposa. Nunca profundiza.

¿A quién rayos le importa ver casi 5 minutos de vistas a la playa en un estilo de encuadres disueltos? Nos venden una historia de amor pero jamás se desarrolla lo suficiente. Las escenas con fuerza dramática son atrapadas en encuadres académicos, y casi fijos, que no cuentan con lo suficiente para hacer eco en las emociones.

Los diálogos cuentan con chispazos divertidos, pero flotan en el aire luego de transiciones cada vez más pesadas sobre una enfermedad que no sólo destruye la movilidad, sino una vida en pareja. El gran error de la narrativa: su punto de vista. Jamás nos acercamos lo suficiente a los personajes.

Además de la dirección plana de James Marsh —que debería regresar a hacer documentales—, la fotografía excesivamente luminosa y la música de serie de la BBC, son elementos que combinados no hacen más que aumentar el tedio provocado a la media hora del metraje por la vacua línea de acción.

¿Qué la actuación de Eddie Redmayne es la mejor de su carrera? Pero si lleva apenas unas pocas películas. Pero sí, hay que decirlo, lo hace bien. Aunque, a mi juicio, pasar postrado en una silla con elementos prostéticos y maquillaje tampoco es un logro demasiado relevante. Por otro lado, Felicity Jones da una actuación bastante correcta, que es desperdiciada por un guión que la somete a una parte de la historia. Da lo mejor de sí.

En resumen, La teoría del todo es un biopic con momentos gráciles, y un par de actuaciones bien ejecutadas que se disuelve en una línea narrativa tan aburrida que, el mejor aliado a la hora de verla, definitivamente es el reloj o, de perdida, una cantidad interminable de palomitas para espantar el sueño.