Arte

Opinión | La imagen ausente


Por Gustavo Cruz / @piriarte | Octubre, 2014

El trabajo del documentalista camboyano Rithy Pahn se ha centrado en uno de los experimentos sociales más radicales y sangrientos de la historia. Una época trágica de la que Pahn fue testigo corpóreo. En nombre de la revolución marxista, él y su familia fueron expulsados de Phnom Pehn, capital de Camboya. En nombre del colectivismo, se les despojó de toda posesión, separados los unos de los otros. En nombre de la autosuficiencia nacional, sufrieron la escasez de comida y medicinas.

En La imagen ausente, Pahn buscaba recuperar la narración que hizo el régimen de la organización guerrillera camboyana Jemeres Rojos de sí mismos. Pero el archivo estaba perdido. La primera secuencia del documental muestra las condiciones del material. Este obstáculo físico es sorteado por Pahn con maestría, llevando su reflexión sobre el acontecimiento a una tensión extrema entre ficción y verdad. Los hechos son reconstruidos con figurillas de madera, pintadas de alegres colores, que terminan jugando el papel de referente a la infancia, periodo de la biografía del autor que fue interrumpido de golpe por la revolución. Así, a la representación que el régimen hacía de sí, una ficción absurda, se le contraponen imágenes cuyo referente es una representación de artificialidad explícita, pero que por la voz en off que narra desde la perspectiva de quien estuvo ahí, se reviste de la crudeza de los hechos. La mentira de la propaganda es anulada por la veracidad de una puesta en escena que prescinde incluso de actores para cobrar forma.

“No hay verdad. Sólo hay cine. El cine es la revolución,” dice el narrador de la cinta. Y entonces la lucha que fue con los cuerpos, que cobró su cuota en sangre y sufrimiento, se vuelve una lucha por el relato, por la representación. No se termina con el horror cuando sus ejecutores dejan de estar en el poder o en este mundo, no puede esperarse justicia sí no es contado lo sucedido.

En uno de los momentos más duros de la película, las figurillas representan la muerte del padre, y cómo los soldados llevaron su cadáver a una fosa común. Después, la madre cuenta a sus hijos como debió haber sido el funeral, con familiares y amigos. La voz en off concluye: “ese entierro en palabras fue un acto de resistencia.” Walter Benjamin ya había sugerido alguna vez, que no habrá justicia hasta que todos los muertos de la historia tengan sepultura, y que la lucha por el futuro no es un lucha que tenga en mente a los hijos, sino a los abuelos.