Arte

Opinión | Jeremy Deller, muy cerca de la realidad


Por Alejandro Gómez Escorcia / @stalkkkkkker | Septiembre, 2015

I

El primer texto de sala con el que el visitante se encuentra en la exposición Jeremy Deller. El ideal infinitamente variable de lo popular del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MuAC), afirma lo siguiente:

“Al orientar su práctica siempre más allá de la esfera autorreferencial del arte y el circuito de exclusividad que lo habita, Deller ha escogido interactuar en una variedad de niveles y planos con la estética, los relatos y el ethos de lo popular”.

Esta descripción del quehacer del artista londinense dibuja un esquema: hay un lugar específico para el arte —con un petit comité interno—, una amplia realidad —donde están además del arte, la historia, la cultura y la sociedad— y un creador que deambula a voluntad por estos terrenos de forma anómala, donde puede entrar y salir del campo artístico generando valores.

Sabemos, gracias a los estudios de sociología de la cultura que realizó Pierre Bourdieu, que estos valores se producen bajo la dialéctica de la distinción, es decir, por otorgarle una carga de diferencia dentro del campo restringido del arte a cosas, situaciones o discursos que ya están por de facto en lo que podemos nombrar como “realidad”, así como por hacer encajar en un estilo singular la manera en que se apropian estos elementos.

En la muestra mencionada, estas dinámicas se pueden analizar en las piezas Open bedroom (1993-2012) y Beyond the white walls (2012), donde Deller, de la mano de los curadores Cuauhtémoc Medina, Amanda de la Garza y Ferran Barenblit, inserta en algunos mundos de las artes sus viejas prácticas, que no estaban precisamente etiquetadas como “artísticas”.

En el primer caso, la muestra le da lugar a una instalación que busca emular un show de Deller que realizó en casa de sus padres cuando tenía 27 años. Se pueden ver playeras de The Who, sus pensamientos en el baño, fotos con sus amigos intervenidas con texto —una especie de protomemes— y una cama individual.

¿Cómo habría sido haber visto eso en 1993? Imposible saberlo. En la réplica de la experiencia sólo se alcanza a comprender que lo que está a la vista ahora es un precedente, un germen o una falsa memoria del Deller del “mundo del arte” que nos depara en los siguientes apartados de la exposición.

En Beyond the white walls, Deller narra a modo de videoconferencia una serie de anécdotas y ejercicios que realizó en los noventa e inicios de los dos mil, como colocar letreros en la vía pública que anunciaban que Brian Epstein murió por ti, un código de señas para la clase media de una sociedad europea o del día que hizo que la gente confundiera a Karl Marx con Papá Noel. Todo eso lo realizó más allá de las paredes blancas; actualmente están engullidas por un payaso en la sala 9 del MuAC.

Al insertar este conjunto de prácticas en la exposición, uno de los espacios rituales más conservados de la vida moderna, su potencial discursivo queda muchas veces atorado en una estandarización que traza una línea genealógica entre esos ejercicios casi escolares y la producción posterior de Deller —que ha llegado a situarse en la Bienal de Venecia—. ¿Dónde quedan los valores de esas acciones “externas” en la institución arte? ¿Por qué poner en un mismo panorama lo que el artista ha hecho “fuera” del arte y lo que ha conseguido “dentro”? ¿De verdad tienen que ver?

Esta política de la inclusión, a pesar de “pasteurizar” esas iniciativas, consigue estirar el rango de lo posible en el campo artístico y provoca otras maneras de aprehender el mundo a través de una mirada que no sólo en el arte encuentra valores estéticos o detonadores para el pensamiento acerca de las cosas.

El problema de la exposición de Deller en el MuAC, más allá de sus planteamientos acerca de los tránsitos entre la esfera del arte y la realidad, está en separar ambas instancias y accionar sus obras no más allá de las delimitaciones del campo artístico. En este entendido, se pone en marcha una idea del arte que se define justo por su separación del mundo.

II

En el video documental de La batalla de Orgreave (2001), también presente en esta muestra (y en YouTube, completo), aparece por unos cuantos segundos Jeremy Deller. Trae una handycam y no sabe bien qué está sucediendo. Luce perdido.

En la locación, actores y ex mineros británicos reactúan un violento enfrentamiento que tuvieron con la policía montada en la huelga de 1984, durante el thatcherismo. Deller asegura que se trata de una autopsia adecuada de un momento histórico que él sólo pudo ver por TV. En su aparición, le preguntan qué significa para él lo que está viendo y contesta: “Es lo más cerca de la realidad que uno puede estar”.

Impermeable a la experiencia de la huelga original, el artista está anestesiado por el shock del revival: está viviendo por primera vez lo que alguien más ya vivió. ¿Cómo lo asimila? ¿Desde dónde mira lo que acontece en su propia pieza?

Con la realidad en la distancia, Deller ha conseguido, a través de este proyecto, capitalizar en el “mundo del arte” como nuevo el ícono del enfrentamiento entre huelguistas y policías —resistencias y opresiones—, propio de las sociedades posindustriales.

Al separar este fenómeno como signo e insertarlo en el campo artístico para su consumo masivo, Deller pone en marcha la tradición del arte pop en el sentido de simular la convivencia entre la alta y la baja cultura, donde las obras quedan condicionadas por sus significantes. ¿Hasta dónde puede llegar el sentido de esta pieza sin desprenderse de lo que representa?

Más allá de las críticas que ha hecho Claire Bishop sobre lo que entiende por “arte participativo” —sintagma utilizado para etiquetar a La batalla de Orgreave—, que denuncian principalmente “infiernos artificiales” en este valle de prácticas, la obra en cuestión se inscribe en una dinámica que relaciona a las personas mediante imágenes, es decir, en el espectáculo: epítome contrario de cualquier quehacer artístico “socialmente comprometido”.

Sin asumir que las labores artísticas tengan motivos para afiliarse a cualquier proyecto político, La batalla de Orgreave también es un asidero conceptual para entender de qué manera se absorbe el shock de la modernidad en términos históricos, permitiendo abrir la consciencia en el recuerdo traído al presente.

Paul Valéry dijo que recordar es un fenómeno elemental cuyo objetivo es darnos tiempo para reorganizar la recepción de un estimulo del cual carecíamos inicialmente. Así, esta obra, tal vez la más importante de Deller, le da tiempo y capacidad de reacción a una comunidad afectada por las políticas programáticas de un gobierno desde entonces afiliado a lo que hoy podemos nombrar como neoliberalismo. Les permite vivir de nuevo el siglo XX para entender su presente.

La exposición podrá visitarse hasta el 7 de febrero de 2016 en el Museo Universitario Arte Contemporáneo.

Foto: Video La batalla de Orgreave