Arte

Opinión | De incongruencias y otras incomodidades: Lorena Wolffer en el MAM


Por Aline Hernández / @AlineHnndz | Julio, 2015

En días pasados fue publicada una carta donde Tania Puente denunció un acto de acoso sexual ocurrido en las bodegas del Museo de Arte Moderno (MAM), donde actualmente expone la artista Lorena Wolffer. En la carta, no sólo denuncia lo ocurrido, sino también la falta de respuesta por parte de la institución que, argumentando recortes presupuestales, la despidió.

En la carta, Tania Puente explica que intentó buscar a la artista, de quien confiaba —de acuerdo a la naturaleza del trabajo de Wolffer— recibir algún tipo de respuesta, y esperando asimismo, que ella pudiera representar una forma de dar a conocer públicamente lo ocurrido, que había permanecido sin atender dentro del MAM. Wolffer, según explica Puente, no sólo no respondió, sino que se mantuvo, al igual que Octavio Avendaño, curador de la muestra, en eminente silencio. Tras la publicación de la carta, Wolffer argumentó que la persona que sirvió como “intermediaria” le aseguró que Puente había presentado formalmente la denuncia, en medida de lo cual consideró innecesario ponerse en contacto con la joven, ya que valoró que el seguimiento que debía darse al caso le correspondía a las autoridades. Octavio Avendaño  explicó en redes sociales lo mismo que Wolffer, ambos buscan que se haga justicia a la demanda impuesta por Puente.

¿Cómo entender lo ocurrido? A primera vista, uno podría pensar que precisamente, el trabajo de Wolffer ha abierto un espacio de denuncias públicas sobre diferentes abusos contra las mujeres. En numerosos textos, incluso, se ha hecho alusión a la labor activista de la artista en materia de derechos de la mujer. Entonces, ¿por qué Lorena Wolffer no fue capaz ni siquiera de responder personalmente a Puente?

Frente a todo esto no puedo evitar hacerme una pregunta bastante concreta. Si Wolffer efectivamente lleva años trabajando sobre este tema y además supuestamente lleva mucho tiempo involucrándose más allá de la mera investigación teórica, ¿no tendría que saber, a estas alturas de su carrera, que precisamente las denuncias, cuando llegan a realizarse, sirven de poco o nada?

La semana pasada en el periódico La Jornada, se publicó una nota en la que se explicaba la importancia de que finalmente la alerta de género en 11 municipios del Estado de México esté avanzando, esto cuando las autoridades correspondientes llevan años haciendo caso omiso de lo que está ocurriendo. De acuerdo con cifras publicadas en Revista Proceso, entre 2011 y 2012, un total de 258 niñas fueron reportadas como desaparecidas y sólo un 5% de los casos de feminicidio son resueltos con éxito por las autoridades, mientras que el resto permanece impune (consultar aquí). Sin dejar de lado la necesidad de revisitar las cifras de desaparecidas y asesinadas en sitios como Ciudad Juárez, además de aquellos casos de acoso, abuso sexual y/o violencia donde las denuncias raramente son atendidas.

Entonces, ¿cómo puede alguien que tendría que estar al tanto de estos números —que son alarmantes— y al pendiente de mucha más información al respecto, argumentar que dejó de lado la petición de Tania Puente porque confió en que las autoridades correspondientes iban a hacerse cargo? ¿Acaso debemos tomarlo como un acto de ingenuidad por parte de la artista? ¿Cómo es posible que alguien que efectivamente conoce la disfuncionalidad del sistema jurídico mexicano, asuma que lo que le toca es hacerse a un lado y delegar a las autoridades el seguimiento del caso, cuando ni siquiera al interior de la institución fueron capaces de hacerlo? No hablo aquí de la pobre invitación a Puente para sumarse a la muestra ya concebida, sino de que al menos Wolffer —por ética y congruencia— debió tomar una postura más enérgica, hacerla pública e involucrarse en lo que está ocurriendo.

Mi hipótesis inmediata es que el caso de Puente es un caso evidentemente incómodo. El problema aquí es que lo ocurrido tuvo lugar en el seno mismo de la institución (MAM), lo que podría haber provocado “incomodidades”, más no censuras. Entonces, bajo esta lógica me pregunto sobre la vocación y el verdadero potencial crítico de las muestras y si llevar este tipo de proyectos a recintos institucionales, no es más que una forma de cooptar las denuncias y cumplir de paso con cuotas de género impuestas desde arriba. No son ninguna sorpresa los cortes presupuestales al sector cultura durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, tampoco es ninguna sorpresa que una forma de acceder a presupuestos sea mediante dichas cuotas de género, a través de las cuales el gobierno puede después alardear sobre su apoyo a este tipo de “situaciones”. Claro que el hecho de que el acto de acoso haya tenido lugar al interior de la institución cambia radicalmente lo antes mencionado, el juego se vuelva en su contra y silenciar se vuelve primordial.

Lo cierto es que el MAM no sólo no tomó posición pública al respecto, además de mantenerse en silencio, cabe mencionar que al día de hoy el sujeto agresor de Tania Puente sigue laborando para el museo. Por otro lado, están las respuestas que Puente obtuvo, en las que Wolffer particularmente se mostró bastante insensible al contrario de la aparente naturaleza de sus proyectos, ¿o será acaso que esas mujeres de las que habla, a las que invita a “participar en las intervenciones (…) para visibilizar y “reparar” sus experiencias, y así denunciar este dramático fenómeno que nos concierne a todas y todos” son simplemente casos donde las víctimas no fueron atendidas por las autoridades? El discurso de la supuesta solidaridad para las mujeres violentadas por parte de la artista lleva cuestionar la misma lógica discursiva de la exposición, y de la misma manera, la propia curaduría.

Lo que resulta claro es que existe una abismal distancia entre teoría y práctica, donde el objeto en cuanto tal se encuentra fuera de mí, es exterior y la vía para abordarlo es meramente discursiva. También es cierto que esta actitud aparentemente crítica de Wolffer —que recae más en una suerte de asistencialismo y no en el paternalismo estatal que la artista ha asumido— sirve de maravilla al complejo de control que media todo lo que sale y llega al MAM. Si Wolffer, en cierto modo, ha asumido que tiene algo que ofrecer o hacer con estos casos, considero que en parte se debe a que conoce la falta de soluciones que se dan en el marco del sistema jurídico institucional, ahí donde esas grandes bodegas llenas de papel y de ineficiencia prefieren no atender lo que está ocurriendo.

No prentendo aquí abordar la muestra, lo que pretendo es dar cuenta de la profunda contradicción de Wolffer. Atravesamos por un momento crucial, donde no sólo es necesario hacer crítica sobre eventos como este, sino también de los recintos donde decidimos exhibir nuestro trabajo; es decir, ser críticos con respecto a las estructuras de las que participamos, lo que menos necesitamos actualmente son estos matices ingenuos de los que dio cuenta la artista. Ninguna época se ha aprovechado tanto de las prácticas seudo críticas mientras las niega de una forma tan rotunda. Ninguna época se ha aprovechado tanto de esta economía de lo radical y crítico, para satisfacer las necesidades propias del sistema, y lo mismo sucede con respecto a la de los espectadores pasivos y completamente apolitizados que las consumen en mayor medida.

Lamentablemente, este es un caso más donde vemos el abismo que separa la teoría de la práctica. En México, como en muchos otros países, lo que se encuentra en crisis no sólo son los derechos humanos, sino en general, una actividad verdaderamente crítica ejercida en el seno mismo de la práctica, o bien, una actividad “prácticamente crítica”, como afirma Bolivar Echeverría. Para ello, es necesario no sólo revaluar los modos en que logramos implicar la teoría en la práctica, tenemos que revaluar cómo lograr que no exista una teoría completamente escindida de lo que se dice.

Ocurre frecuentemente que, cuando ciertas organizaciones no gubernamentales se acercan a las comunidades para calmar los “ánimos de rebeldía” con discursos aparentemente críticos y de apoyo, lo que sucede es una situación similar. Estas organizaciones suelen posicionarse paralelo a la lucha como grupos de acompañamiento de procesos, o bien como defensa. Este acompañamiento no tiene como objetivo atender y participar activamente en lo que está ocurriendo; se olvidan, por ende, que ellos mismos deben de transformarse para tender juntos esa transformación de la realidad, por el contrario lo que suele pasar es que tienen lugar procesos que ocurren a modo de interpretación, donde nuevamente recae sobre esta dualidad: el objeto de estudio-sujeto que estudia.

Precisamente fue esta actitud asistencialista la que tomó tanto Wolffer como Avendaño, ambos dejaron de lado el aspecto de que tanto el caso como las condiciones bajo las cuales ocurrió son transformables por ellos mismos, como agentes que forman parte de este contexto. En este caso, “la esperanza de una transformación” o de ejercer justicia fue dejada en manos del Estado, la respuesta fue claramente pasiva e indolente, y por tanto, la aquiescencia al orden establecido fue una vez más reproducida. La denuncia publicada por Tania Puente logró respuestas, no a partir de un mutuo acuerdo por denunciar, sino a partir de un silencio ante los hechos, y por ello, una negada visibilidad de lo ocurrido que la llevó a recurrir a otros medios. Ambos entonces respondieron y se posicionaron, pero no debido a una reciprocidad, sino a la evidente exigencia que produjo Puente de obtener algún tipo de respuesta ante el silencio.

Foto: Conaculta.