Arte

Opinión | Impermanencia, de Mauro Giaconi


Por Aline Hernández / @AlineHnndz | Febrero, 2016

Georges Didi Huberman dice que siempre ante la imagen estamos ante el tiempo en Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes. Tanto el presente como el pasado no dejan de reconfigurarse en ellas, de ocurrir e implicarlas, por tanto nos implica, nosotros, aquellos destinados a la construcción de memorias en torno a ellas. Al inicio de ese mismo texto, Huberman menciona que: “[…] Ante una imagen, tenemos humildemente que reconocer lo siguiente: que probablemente ella nos sobrevivirá, que ante ella somos el elemento frágil, el elemento de paso, y que ante nosotros ella es el elemento del futuro, el elemento de la duración. La imagen a menudo tiene más de memoria y más de porvenir que el ser que la mira” [1].

Las imágenes condensan así el tiempo y condensan, por tanto, a la historia de la humanidad y a la historia escrita por esa humanidad. Pero ellas tampoco pueden rehuir ni negar el paso del tiempo y el deterioro que éste implica. El tiempo afecta lo mismo a la construcción de la imagen, que a las construcciones en torno a la imagen —cabría decir—, así como a la imagen misma o al soporte material que alberga a la imagen, que le da vida. Así, no dejamos ir a las imágenes, las tomamos, las guardamos, archivamos y estudiamos; buscamos tenerlas más cerca porque éstas son la historia de nuestra historia, a través de ellas podemos narrarnos y por eso decidimos hacer todo lo posible para conservarlas, para salvaguardarlas del deterioro de estar sujetas a una temporalidad y espacialidad. Quizá por eso es que las volvemos a reproducir, las plasmamos en los libros, en archivos digitales que no puedan ser afectados por el contacto de las manos con éstas.

Huberman menciona en otro de sus textos, que: “Es absurdo, desde un punto de vista antropológico, oponer las imágenes y las palabras, los libros de imágenes y los libros a secas. Todos se juntan y forman, para cada uno, un tesoro o una tumba de la memoria, ya sea ese tesoro un simple copo de nieve o esa memoria esté trazada sobre la arena antes de que una ola la disuelva. Sabemos que cada memoria está siempre amenazada por el olvido, cada tesoro amenazado por el pillaje, cada tumba amenazada por la profanación”. [2]

Es por este constante estado de amenaza que quizá aparece esa compulsión, ciertamente moderna, de resguardar las imágenes del paso del tiempo; preocupación que conlleva un olvido o desatención sobre las condiciones que han logrado que esa imagen pueda estar frente a nosotros, pueda hablarnos e implicarnos, de que podamos hablarle e implicarla. Hay tantos obstáculos, nos dice Huberman: “Se han quemado tantos libros y tantas bibliotecas [que] cada vez que posamos nuestra mirada sobre una imagen, deberíamos pensar en las condiciones que han impedido su destrucción, su desaparición. Es tan fácil, ha sido siempre tan habitual el destruir imágenes” [3].

Ese tan aparente y simple gesto por preguntarse sobre las condiciones de posibilidad de la existencia de las imágenes, de su preservación que acaso se disuelve en nuestra compulsión por conservarlas, es el que quisiera abordar. En 2012, el artista argentino Mauro Giaconi, presentó en la Galería Arroniz Temporada de plomo. La exhibición consistía en la realización de un mural efímero a base de grafito intervenido mediante goma de borrar, lijadora y productos de limpieza. Una vez concluida la muestra, el mural en vez de ser conservado, fue cubierto por capas de pintura para exhibir  las siguientes muestras que tuvieron lugar desde aquel momento, quedando atrapado por la sucesión de capas de pintura.

El pasado 2 de febrero, Giaconi inauguró la exposición Impermanencia en la misma galería. La exposición muestra una serie de segmentos recuperados de aquel mural que, a partir de diversos procesos de restauración aplicados, el artista tuvo el propósito de “liberar algunos trazos del dibujo que quedaron aprisionados en las paredes”. El proyecto de restauración fue llevado a cabo por un equipo de seis integrantes, entre los que se encontraba el artista, quien ha antes trabajado en procesos de restauración, mismos que se montaron temporalmente en la galería un laboratorio de restauración improvisado. Al inicio, se centraron en el trabajo de fragmentación de los muros para la recuperación de los fragmentos y más adelante, durante una segunda etapa, iniciaron los procesos de restauración donde mediante productos como etanol y acetona, lograron disolver las diversas capas de pintura que cubrían los fragmentos hasta hallar la imagen desaparecida hasta hacerla aparecer.

El título de la muestra ‘impermanencia’ está vinculado con las enseñanzas centrales del budismo y hace alusión al estado de simplemente estar, de dejar ir pero sobre todo, de comprender lo transitorio de nuestra existencia.

No obstante, quisiera llevar la interpretación a uno de los aspectos aludidos previamente. Se trata precisamente de explorar las condiciones que han impedido la destrucción o desaparición de las imágenes.  No es un mero acto arqueológico mediante el cual recuperar algo que, debido a condiciones diversas, había quedado vedado, sino se trató de lo contrario, de enterrar el mural, de voluntariamente ocultarlo, abandonarlo, y por tanto, perder control sobre su deterioro. Lo que en este acto se deja ver es precisamente una reflexión sobre la desaparición de las imágenes, de los vestigios pero también una reflexión sobre lo que regresa después de ese ocultamiento deliberado.

Durante una charla que tuve con el artista en torno a la exposición, Giaconi precisamente me explicaba que para él la experiencia de “sacar a luz” fue uno de los aspectos más importantes, ya que no sabía si acaso el mural se había conservado tras todas las capas de pintura que habían sido aplicadas. El ejercicio de hacer aparecer dichos fragmentos fue una experiencia llena de incertidumbre, a la vez que estuvo mediada por  improvisación, y en este sentido, detona una discusión o reflexión en torno a lo que permite que tengamos en nuestras manos las imágenes, en torno al hecho de que podamos aún acceder a ellas. No sólo esto, sino también en torno al estado en el que éstas vuelven a nosotros, después de haber sido afectadas y modificadas por diversos condicionantes, inevitablemente se genera una discusión sobre el origen de estos documentos o restos y la posibilidad de tenerlos en nuestras manos.

Mientras los fragmentos fueron tomados o recuperados, los espacios que estos ocupaban en los muros quedaron vacíos o abiertos a la mirada de cualquier espectador que quiera constatarlo. Normalmente, cuando se trata de vestigios arqueológicos o por ejemplo de fotografías, lo que vemos, lo que podemos constatar es simplemente el documento final, es decir, el objeto presentado y permeado comúnmente por toda una carga discursiva que lo “historiza”. Ni dicho discurso y mucho menos el objeto mismo nos invita a preguntarnos cuáles son las condiciones de posibilidad de que esté ahí, frente a nosotros, de que podamos acceder a él. Mostrar esto, equivaldría a su vez, a mostrar la historia misma de la recuperación del objeto, y por tanto evidenciar otra parte de la historia que cruza al objeto.

En este gesto hay por tanto una reflexión que lo trasciende, digamos que trasciende al proyecto. En el texto antes citado de Huberman, el autor menciona que “aunque ardiente, la cuestión necesita una paciencia —por fuerza dolorosa—, para que unas imágenes sean miradas, interrogadas en nuestro presente, para que la historia y memoria sean entendidas, interrogadas en imágenes” [4]. Es esta condicionante, que permite que la imagen sea mirada e interrogada, la que considero, está precisamente abriendo Giaconi y es, en este sentido, que entiendo que el gesto o reflexión trasciende al proyecto en sí.

La reflexión que el artista argentino abre prácticamente un síntoma de nuestra época. Estamos constantemente implicados por imágenes y objetos que han sido modificados, unas veces deliberadamente desaparecidos y después vueltos a aparecer; por imágenes y objetos que han sido intervenidos en la tarea de la escritura de su historia, por  imágenes y objetos que en el proceso de ser recuperados han sido modificados y llegado a nosotros como ‘un algo más’. Así, somos constantemente implicados por imágenes y objetos que son síntomas, cenizas, señales y por tanto, creaciones.

Giaconi está arrancando el gesto de tenerlas en nuestras manos, de poderlas presenciar de su aparente normalidad, de su estado dado e inscribiendo así, la extrañeza necesaria para abrir otros interrogantes que resultan necesarios. En una época donde las imágenes y su producción está implicando superviviencia, resulta fundamental preguntarnos por el hecho que logra que las imágenes puedan estar ahí, puedan ser accesibles para nosotros y los procesos necesarios para que esto ocurra pero también los procesos mediante los cuales estas también se ocultan, se destruyen o modifican. Pasar de la imagen dada, de la imagen simplemente ahí a la imagen creada, pasar de la imagen perdida o desaparecida, a la imagen aparecida es hacerla hablar y permitir que nos hable, es ir  de la ceniza que poco o nada nos dice a la reconstrucción, es pasar del silencio a la palabra.

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Foto: Arróniz Arte Contemporáneo.

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1. Georges Didi-Huberman, “Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes”, Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 2011. Disponible en línea en: http://www.slideshare.net/emersonbalderas/libro-did-hubermananteeltiempo

2. Georges Didi-Huberman, “Cuando las imágenes tocan lo real”. Disponible en linea en: http://www.macba.cat/uploads/20080408/Georges_Didi_Huberman_Cuando_las_imagenes_tocan_lo_real.pdf

3. Ibíd.

4. Ibíd

Foto: Arróniz Arte Contemporáneo.