Arte

Opinión | Güeros


Por Gustavo Cruz / @piriarte | Noviembre, 2014

Güeros es una oda a la juventud. Intencionalmente o no, tanto en la trama como en la forma, la juventud dicta las reglas y motivos. La ciudad de México es el escenario geográfico y la condición de clase media determina los afectos.

Tomás vive con su madre en Veracruz. Una travesura adolescente hace que sea enviado a vivir una temporada con su hermano que estudia en el Distrito Federal. Federico (o “Sombra”), el hermano, vive en un ambiente de desfachatez y desidia. El departamento no tiene luz eléctrica, se infiere la falta de pago. La Universidad Nacional Autónoma de México está en huelga y “Sombra” no es activo en las movilizaciones argumentando una huelga de la huelga. Risas del público. Este humor irónico, que satura el sentimiento generalizado de una clase cómodamente ofendida por las injusticias y de individualidad exacerbada, es una constante en la cinta. Probablemente sea su mayor fuerte. La ironía de los comentarios extrae de todo acontecimiento la posibilidad de convertirse en preocupación real, o vital. Excepto, claro, la pulsión erótica hacia una mujer. O, en lo que podría ser una paradoja, el asumir como mayor meta encontrar a un rockstar olvidado que parece estar a unos pasos de la tumba.

Podemos prestar oídos a Freud e iniciar un ejercicio de (sobre)interpretación. Se busca al rockstar porque lo escuchaba el padre, quién inscribe al sujeto en la ley del mundo. Tal vez la búsqueda de un ídolo de la figura paterna pueda ser la búsqueda de una generación unida por un lazo afectivo, y le dicte rumbo en un ambiente de incertidumbre ontológica. O tal vez no. Tal vez la búsqueda es absurda porque así es la vida, pero vale la pena vivirla y extraer de ella una experiencia como esta cinta, que dejó a una sala repleta con una sonrisa en el rostro, que da rastros de un goce incluso en el rodaje. Al final del filme, no hay verdad revelada, no hay Epifanía alguna, sólo buena onda. Juventud. El poeta chileno Enrique Lihn ya dijo de ella y sus paradojas:

No hay alegría que te alegre tanto

Como caer de golpe en la tristeza

Ni dolor que te duela tan a fondo

Como el placer de vivir sin objeto.

En lo formal, la juventud también es evidente. La película, premiada en Berlín, está repleta de artificios cinematográficos que demuestran habilidad técnica en la realización. Pero son demasiados. Alonso Ruiz Palacios es un niño y la técnica cinematográfica es su juguete nuevo. Lo sabe usar con destreza, pero la novedad lo impulsa a hacer un uso desesperado de todas sus herramientas. Se utilizan insistentemente recursos estéticos que no necesariamente abonan a la construcción del relato. Están ahí porque sí, como caprichos. Las referencias poéticas comparten este estatuto, no imprimen en la imagen o las acciones en pantalla ningún nuevo matiz, no sirven más que para dar fe de que “Sombra” estudió Letras Hispánicas. Esto es un fallo sólo para el snob, acostumbrado a la sutileza y precisión de los maestros. El público, ese espectro, parece gozarlo. Por otro lado, que tanta parafernalia se utilice para narrar una historia orgullosa de su banalidad genera una preocupación. No se sabe si se pueda llevar a esta actitud con éxito sin apelar a la inocencia del primerizo. Güeros es una cinta que ya se inscribió en el cine nacional como un gran logro, pero que depende demasiado de la juventud para sostenerse. Las expectativas generadas en la carrera y la maduración de Ruiz Palacios estarán ahora en un nivel poco saludable.