Arte

Opinión | Graciela Iturbide, naturaleza ambigua


Por Elena Piedra | Marzo, 2019

Es un día seco. Una mujer de rostro impasible se para sobre las puntas de sus pies para tender al sol lo que parece ser una prenda interior. El pastoso olor a tierra húmeda de sangre viaja con las pocas ráfagas de viento que cruzan la hacienda El Rosario. Lo que la mujer sostiene en sus manos como ofrenda al cielo no es una camiseta ni el calzoncillo de ella o de alguno de sus hijos; es un trozo de cabra, son las tripas de una de las 140 que han muerto en la matanza anual de Santa María Xochixtlapilco. Es un día seco, uno de los quince en que los ríos se tiñen de rojo y la gente amamanta, duerme y ríe, echada en el petate, junto a los cuerpos de los animales muertos.

A partir de En el nombre del padre, 1992

Graciela Iturbide (México, 1942) se acerca a las cosas y a las personas desvistiéndose de significados y preconcepciones. Su mirada no juzga, pero imprime en la imagen una sombra de emoción interna que, al tiempo que permite al ojo espectador sorprenderse con lo conocido, lo nubla con sus propias inquietudes y obsesiones.

Desde el pasado noviembre, el Palacio de Iturbide presenta Cuando habla la luz, exposición que reúne 270 piezas de la fotógrafa mexicana, quien lleva más de 50 años haciendo espejo en los rostros, rituales y paisajes en México y el mundo.

Entre lo artístico y lo documental

De familia conservadora y formación católica, Iturbide ingresó a los 27 años al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. Ahí conoció al fotógrafo Manuel Álvarez Bravo y se acercó al trabajo de W. Eugene Smith, Josef Koudelka, Henri Cartier Bresson e Hiroshi Hamaya. Durante los años 70, comisionada por el Instituto Nacional Indigenista, viajó por el país retratando poblaciones y documentando las costumbres y paisajes de diversas comunidades indígenas.

Fue esa tarea etnográfica la que la llevó a su gran tema y le tendió puentes hacia el otro, hacia las expresiones y tradiciones al margen de la cultura hegemónica; la misma que, además, alentó su soltura para entrar en sintonía con las personas a quienes fotografía, cualidad que brilla en la complicidad y fuerza lograda en sus retratos.

Al margen del registro y el testimonio, Iturbide experimentó con la cámara y la composición de sus fotografías alcanzando un estilo que puede reconocerse lo mismo en vistas desoladas de Baja California, Tennessee o Japón.

Las imágenes abren la puerta a sus cavilaciones y deslizan la mirada del público observador hacia su interior. Es la impresión de su esencia —o autoría— la que cubre de belleza el cuerpo de un hombre en vestido de flores (Magnolia, Juchitán, 1986), la que lava de violencia la escena de un niño dormido junto a una cabra desangrada (El sueño, La Mixteca, 1992), la que ante una joven se pregunta sobre la vejez y la feminidad (Quince años, Juchitán, 1986) y en una feria enfatiza el tránsito de la vida hacia la muerte (En casa de la muerte, 1990).

Graciela Iturbide permanece en sus fotografías, en el marco de situaciones tan reales que lindan con el terror y la fantasía; en la captura de símbolos o alegorías tan cotidianos que han dejado de ser visibles; en el revelado de rostros francos que dan cuenta de otras formas de ser. Ahí está ella, siempre, con su voz reptante, susurrando emociones al oído del espectador y obligándolo a mirar lo que no sabía que estaba allí.

De lo exótico al orgullo

Muchos han dicho que, en la fotografía, uno busca fuera lo que lleva dentro, y puede ser la sinceridad de Iturbide la que encuentra motivos en desenvoltura y libertad. Lejos de la visión exótica del mundo indígena y de la representación estereotípica de las tradiciones, sus protagonistas y escenas han creado un imaginario particular de las costumbres e identidades culturales.

Algo en su trayectoria y formación conservadora le forjó una fascinación horizontal que mira las esencias y la ha dejado conocer la cultura y las tradiciones, desde sí misma y no desde las visiones preconcebidas de la historia nacional, el cempasúchil y los atados de alcatraces. Así, también, su participación en la realidad que transmite le ha conferido la potestad de crear simbolismos íntimos —pájaros, angelitos, lagartos y serpientes—, y su vivencia en carne propia de los lugares y las personas un entendimiento particular de cada grupo: los seris, evanescentes nómadas del norte; y las mujeres juchitecas, leyendas rotundas del sur.

La muerte, la desnudez femenina, la homosexualidad, la identidad indígena; en las poses y las miradas de quienes Graciela Iturbide retrata no existe la vergüenza ni la modestia. Siempre la actitud orgullosa que amenaza la concepción del mundo de la mayoría —un mundo de culpas, tabúes y jerarquías—, siempre en complicidad con la sombra de ella misma en el cuadro.

La belleza de sus fotografías, en la fuerza de los lugares y las personas mismas no busca la aceptación de nadie, no busca acatar las convenciones. Sin embargo, por inquietante o terrorífica que puedan resultar, en todas es innegable la calidad del trabajo técnico de la artista.

Entre la tradición y la modernidad

Otro de los valores de la obra de Iturbide surge de su obsesión por los ritos y las tradiciones. Desde la venta en el mercado hasta la noche posterior al rapto de una joven, sus fotografías reparan en la vitalidad de las costumbres y su voz reza la tergiversación del sincretismo original.

En Los que viven en la arena, colección sobre los seris, su lente revela un grupo indígena que, en sus últimos tiempos de nomadismo, recorre el desierto de Sonora, llevando consigo una pluralidad de influencias que hace pensar en las antiguas culturas del norte pero también en una condición fronteriza reciente.

La mezcla de las creencias originarias con la adopción de figuras modernas da lugar a fotografías que, además de resultar casi fantásticas, quitan la máscara al mundo real y lo muestran en su eterna ambigüedad: la vida y la muerte (Novia muerte, Chalma, 1990), la belleza del dolor (Duelo, Chiapas, 1975), lo aterrador de la inocencia (Primera comunión, Chalma, 1984), el acuerdo sobre la violencia (La felicidad, La Mixteca, 1992) y sobre la sensualidad (Rosa, Juchitán, 1979).

Graciela Iturbide hace espejo en imágenes de vírgenes vampiresas, ángeles enterrados o santos lagartos y da luz a la teatralidad de los ritos que, de una u otra manera, forman parte de la cultura y vida cotidiana de la población. No tiene pudor en mostrar la matanza de cabras de la Mixteca ni la carne de una mujer bañándose a jicarazos. No hay drama, ni tragedia, solo es. Un mundo real, crudo pero maravilloso, que se contrapone cada tanto a la idea de civilización que abandera el discurso dominante.

Su fotografía provoca, da vértigo y despierta una lujuria que amenaza desde adentro. Uno mira lo que no sabía que estaba y reconoce en sí mismo la ambigüedad y el sincretismo —medio idólatra, medio religioso; medio racional, medio animal; medio vivo y medio muerto—.

La obra de Iturbide es huella de su deambular por la alteridad. Conducida por sus obsesiones ha andado entre las creencias, las fiestas, la maternidad y la matanza. Su quehacer recuerda constantemente que los rituales son alegorías de la vida, que la concepción del mundo se sostiene en redes de significados y representaciones que no son más que eso.

A través de sus fotos el público espectador entiende que lo otro también lo integra; que el cuerpo es barro y la negrura del vello negro, un túnel de deseo; que cualquiera puede reconocerse en la cotidianidad de un día, en el acto mínimo de las risas, de la violencia y la muerte; que como las raíces de un árbol constriñen la casa, la naturaleza aplasta cualquier intento de irle en contra y que eso, es lo que único que rige la realidad.

Cuando habla la luz hasta el 12 de abril de 2019.

Foto: En el nombre del padre, Graciela Iturbide | Hydra + Fotografía.