Arte

Opinión | El placer después, de Miguel Calderón


Por Fernando Pichardo | Julio, 2019

Hace unas semanas el timeline de kurimanzutto mostraba fotografías de modelos portando joyas producidas con cuentas de croquetas de perro, recordando al aire tribal de los accesorios que pueden comprarse en algunos lugares New Age, como Mazunte o Tulúm. Las imágenes difunden el proyecto más reciente de Miguel Calderón (Ciudad de México, 1971) para la galería, el cual en un principio me reflejó una fatiga por generar propuestas novedosas.

Sin embargo, tras visitar la exposición, me di cuenta que se trata de un argumento que no podía resolverse con solo un par de suposiciones. En un discurso que conjuga la lucha de clases, el peligro inminente y el sentido de magia frecuentes en la Ciudad de México, El placer después exhibe un conjunto de piezas inspiradas en las reacciones alrededor del terremoto de 2017 en la capital.

Bajo este planteamiento, Calderón dio pie al proyecto a partir de una serie de filmaciones sobre siniestros que habría de presentar en el Museo Tamayo el 19 de septiembre, evento que evidentemente no se realizó. Fue una vez que la ciudad recuperó su ritmo habitual que el artista conoció a Emilio, el conserje encargado de dar mantenimiento a la Glorieta de la Cibeles en la colonia Roma y cuya historia de vida detonó la muestra:

“Un día salí a deambular y vi humo saliendo de la fuente. Me acerqué y me di cuenta que debajo de ella estaban haciendo una parrillada. Me invitaron a pasar y me dijeron que estaban celebrando que uno de ellos [Emilio] había sobrevivido, porque permaneció encerrado en el cuarto de máquinas. Que gracias a unas croquetas que uno traía en la bolsa, un perro se dio cuenta y lo rescató. Luego me contaron que en realidad las tenían porque había otro perro que odiaban y que querían envenenar”.

A partir de ese día, tanto Emilio como sus compañeros llevan consigo bolsas con croquetas, en caso de que otro sismo los sorprenda durante el trabajo. Esta medida preventiva fue la pauta para la producción de los amuletos que se exhiben en la primera sección de la galería, montadas sobre tanques de oxígeno y de gas.

Por otro lado, Calderón optó por recrear estos hechos a través del video para presentarlos en una obra que difuminara los límites entre la realidad y la ficción. El resultado es una secuencia de 30 minutos como eje medular de la exposición. Por un lado, narra los diálogos internos y la desesperación que asaltaron la mente de Emilio durante su aislamiento de tres días, y por otro las fantasías, recuerdos y apariciones que tanto él como sus compañeros han experimentado, derivados de los malos tratos recibidos por parte de las personas que frecuentan la zona.

La pieza resulta pertinente para un momento donde cada vez más individuos se reconocen como víctimas —y cómplices— de la meritocracia e impunidad sobre las que se ha erigido la sociedad mexicana contemporánea. Si bien Calderón reconoció que en un principio no planeó la muestra como una crítica social, tras finalizar el cortometraje —que prescindió de guión y ensayos previos— se dio cuenta que resultaba un comentario sobre la breve solidaridad que surgió entre los habitantes de la capital tras el terremoto.

La figura de la vecina que discute con Emilio, por ejemplo, encarna la prepotencia, la arrogancia y el aspiracionismo que las clases media y alta de este país activan al momento de dialogar con personas menos privilegiadas. Asimismo, la escena de las jóvenes estadounidenses que nadan en la fuente tras chocar el vehículo donde viajaban resume la burla a la autoridad y el derroche que las cúpulas globales pueden otorgarse al tomar como escenario a uno de los países más desiguales del hemisferio occidental.

El placer después también integra obras satélite que Calderón desarrolló durante el rodaje del documental. Una una serie de acuarelas donde es posible ver un imaginario poco frecuente dentro de la trayectoria del artista, inspirado por obras creadas bajo esta misma técnica por autores como Otto Dix, Edvard Munch, Anselm Kiefer y George Grosz. Las pinturas remiten recuerdos de la infancia, alucinaciones, personajes macabros y fantasías sexuales que surgieron de forma catártica. Por tratarse de una técnica a la que el artista no había recurrido en años y por develar elementos de su inconsciente, quizá se trate del conjunto más honesto de toda la exposición. Y en ello radica su valor:

“Realmente el único vínculo que tienen con el resto de la exposición es que surgen durante este momento de sosiego en que yo no sabía si iba a salir la película o no. Fue una especie de regreso a la adolescencia, de cuando dibujaba, y me dije, ¿por qué no? Honestamente me ponía muy nervioso mostrar algo así. Muestra mucha vulnerabilidad y al final exponer es exponerte. Es estar abierto a que digan muchas cosas de ti”.

El placer después es uno de los primeros ejercicios curatoriales que abreva de los efectos que surgieron en la pluridimensionalidad de México tras el 19S de 2017, un fenómeno que seguramente se replicará en los siguientes años. Más allá de la calidad estética que posee, la muestra detona cuestionamientos sobre las distintas formas que la sociedad tiene para vivir la ciudad. ¿Es realmente el espacio público un lugar para todos? ¿Quién puede y quién no puede decidir su devenir? ¿Qué factores motivan a un grupo determinado asumirse como dueño de un espacio que en teoría es para el beneficio de toda una comunidad?

Mientras platicaba con Miguel frente a las acuarelas, me comentó que para él la historia de Emilio era muy barroca por la conjunción de energías y emociones que acontecen en ella. En cambio, le dije que para mí era profundamente mexicana al develar las fracturas y abusos de poder que radican en nuestras cotidianeidades:

“[…] Mucho fue espontáneo, pero sí siento que mi conexión fue con Emilio y lo que le sucedió en el terremoto. Quería acercarme a lo que él sentía. Era una especie de mito de Sísifo pero con cagada: la limpian y al día siguiente se encuentran con más. Fue raro, pero mientras filmaba se acercó mucha gente a decirme que estaban en guerra con ellos porque los regañaban por lo de las cacas; que porque a veces no las limpiaban. También recuerdo que cuando llegué con una cámara al inicio de las grabaciones salieron algunos vecinos a decirme que no podía filmar. Es una meditación acerca de todo eso”.

Con esta constelación, Calderón muestra la falta de representación que existe entre personas como Emilio que, recordando a Saskia Sassen, sostienen la arquitectura de las economías mundializadas y sin embargo son desvalorizados de manera sistemática. Quizá esta lógica rebase la intencionalidad de la pieza, para permearse a otros sectores que frecuentemente son nulificados en México, como la policía de tránsito o los servidores públicos.

Quizá también me habría gustado que Emilio tuviera una participación más horizontal dentro del proceso creativo y que hubiera colaborado directamente en la producción de las piezas, por ejemplo. Habría sido muy audaz que su figura dejara de ser solo una fuente de inspiración y se transformara en la de un hacedor de visualidades.

El placer después se presenta en kurimanzutto hasta el 27 de julio de 2019.

Foto: © Ana León | Noticias 22 Digital.