Arte

Opinión | El negro sol de la melancolía


Por Rodrigo Castillo | Febrero, 2020

Je suis le ténébreux, – le veuf, – l’inconsolé
Le prince d’Aquitaine à la tour abolie:
Ma seule étoile est morte, – et mon luth constellé
Porte le soleil noir de la Mélancolie.

“El desdichado”, Gérard de Nerval

La racionalidad del siglo XXI terminará por sepultarnos bajo cielos de tierra negra en el desierto. Podríamos resolverlo de manera llana y llamarlo asfixia posmoderna. Si deseamos buscar la coexistencia de objetos estéticos ligados a su contexto es porque en el giro de las interpretaciones de los discursos constantemente observamos a partir de la simultaneidad histórica.

Nos acostumbramos cada vez más a quitar capas a las coordenadas tiempo-espacio, lo que hace posible proponer lecturas que si no son nuevas sí resultan significativas. En todo caso lo “novedoso” se sujeta precisamente a las interpretaciones de los discursos, que cierta especialización, sobre todo en el campo académico, reajustará de acuerdo a sus políticas económicas y, desde luego, a su casi inapelable buen o mal gusto. Nos debe dar igual.

De lo anterior la valía del primer cuarteto del soneto “El desdichado” de Gérard de Nerval con el que abrimos el texto. Tantas versiones al español como interpretaciones del soneto ha habido que me limito a llevar la que considero cercana a la lectura que haremos sobre El negro sol de la melancolía, muestra curada por el poeta Luis Felipe Fabre (Ciudad de México, 1974) en colaboración con el curador Mauricio Marcín (Tapachula, 1980), en el Museo de Arte Carrillo Gil. En versión de Gerardo Deniz leemos: “Yo soy el desdichado, el triste, sin consuelo, príncipe de Aquitania en la torre abolida, mi única estrella ha muerto, mi laúd constelado ostenta el negro sol de la melancolía”.1

El último verso del primer cuarteto de “El desdichado”, da nombre a la muestra y origina en su recorrido un ciclo astrológico referido a Saturno lanzado a partir del arcano XVI del tarot, el cual, visto desde diferentes lecturas, posiblemente para Nerval marcó una correspondencia con el Príncipe de Aquitania en una recreación simbolista propia de la poesía del siglo XIX.

La carta de la catástrofe llamada también la Casa de Dios sostiene en la muestra una relación fecunda con la colección fundacional del Museo de Arte Carrillo Gil, bien conocida por tener obras de José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, y que Fabre cuestiona a partir de los referentes emotivos y afectivos intelectuales vinculados a las sensaciones de la destrucción, del torrente de lo positivo o lo nefasto, incluso la muerte, dejando de lado su condición histórica discursiva en el terreno de la historia del arte o de la crítica del arte moderno y contemporáneo.

Esta postura abierta a lecturas permite que Saturno —más que un astro de energías oscuras— habilite la presencia de imágenes y textos transitorios —más que de piezas-objetos per se— divergentes y en ocasiones yuxtapuestos a los significados de las obras. No resultaría anómalo percibir en el público espectador cierta insatisfacción derivada de las múltiples constelaciones que la exposición le ofrece al encontrar sobre los muros fotocopias en blanco y negro de los libros de la biblioteca de Fabre y de Alvar Carrillo Gil, poemas, portadas de discos, fotografías pop o la última portada de la revista de arte noventera Poliéster, con el número llamado “The end”, un convivio —y pienso una provocación intelectual— que se manifiesta en la atmósfera oscura de su museografía en perfecta apertura con los carbones de Beatriz Zamora (El Negro o 1671) de 1999.

El acercamiento al pensamiento simbólico o mítico logra ampliar las estructuras de las piezas presentadas, y revitaliza de un modo u otro el carácter histórico del acervo del museo, pues en el contexto en el que las obras se han interpelado a lo largo de casi ochenta años por especialistas en arte —contando a partir de que hay un cuadro de la etapa cubista de Diego Rivera—, las lecturas de Fabre sobre la construcción ideológica de, por ejemplo, alguna de las obras de Siqueiros, expande su revisión hacia las materialidades de las pinturas.

Cómo éstas son observadas y resignificadas en el espacio museal por el espectador permite contemplar una tensión volumétrica entre las esculturas, las pinturas, las fotocopias y los muros negros en sintonía con Construcción, de Chico Buarque.

Las interpelaciones orgánicas a la colección del museo también reconocen cuerpos, cadáveres, paisajes, visiones cinéfilas y apocalípticas, explosiones volcánicas, piedras, bombas, poemas clave de largo aliento en la tradición poética mexicana, como Muerte sin fin, de José Gorostiza, el cuadro La noche (Vidrio roto no. 7) (1957), del Alvar Carrillo Gil, la litografía Linchamiento (1930), de José Clemente Orozco y la belleza abrumadora de la instalación del colectivo SEMEFO Lavatio corporis (1994) —pieza que no había sido exhibida en tres décadas— en comunión con el cuadro siqueiriano Muerte y funerales de Caín (1947). En suma treinta y nueve obras orbitan alrededor de Saturno en conjunción con Plutón, para dar paso al fin de una era astrológica y el comienzo de otra en Capricornio.

En el soneto “El desdichado”, con el que Nerval explora un simbolismo terrenal y celestial, en diálogo con Melancolía I, de Durero, y del que Fabre y Marcin hacen gozne para partir de una premisa visual y textual, el poema, es decir el verso que da nombre a la exposición además de aludir a las sensaciones y estados anímicos que la muestra busca transmitir al espectador, anuda sus relaciones iconotextuales con las raíces del lenguaje poético.

Para ello Fabre, en el inicio-fin-inicio de la exposición escribe ex profeso: “En una noche oscura, a la más secreta hora, en el minuto más quieto, cuando ni los astros giran en el cielo y la nube que los cubre no da un paso, y en el fondo del pozo extingue su luz la luna, cuando enmudece el grillo, cuando ni las maderas crujen, ni crepita el fuego ya sosegado sus carbones, […] cuando el tiempo es pausa y en el reloj las manecillas demoran un minuto el segundo, y tarda un codo la pulgada, en sigilo y en silencio, hacia otra noche más oscura”, con lo que nos introduce —o nos expulsa— al enrarecido corpus de la muestra, de entrada nos hace desdichados, nuestras únicas estrellas han muerto, se ostenta el negro sol de la melancolía en una nueva noche constelada.

Luis Felipe Fabre ha mantenido una relación cercana con las artes visuales, fue editor de la revista Galleta china y curador invitado de la exposición Todos los originales serán destruidos en Galería House of Gaga, 2014, que buscó cuestionar el mercado del arte a contrapelo del micromercado de la poesía. El negro sol de la melancolía nos acerca a una polisemia y a una semántica limpias, y a través de su atmósfera fúnebre pero no por ello negada a la luz “provoca una sensación y un estado anímico” más que un concepto, como anota Mauricio Marcin sobre la muestra.

La irracionalidad a la que apelan sus curadores nos habla de un ejercicio de emergencia —podría ser de urgencia— iconotextual para replantear las colaboraciones entre escritores y artistas visuales a partir de formulaciones que parten del presente.

El negro sol de la melancolía se presenta hasta noviembre de 2020 en MACG.

Foto: El Negro, de Breatriz Zamora | MXCity.

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1 “‘El desdichado de Nerval (traducción monstruosa)”, Fernando Fernández en entrevista con Gerardo Deniz, en Siglo en la Brisa, viernes 19 de julio de 2019. Desde luego la versión monstruosa de Deniz es un “extraño experimento” como señala Fernández. Disponible aquí.