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Lorena Wolffer en el MAM, por Alejandro Gómez Escorcia y Alejandra Franco


Por Alejandra Franco/@alejan_dradra y Alejandro Gómez Escorcia / @stalkkkkker | Julio, 2015

Uno de los 13 proyectos que el Museo de Arte Moderno (MAM) presenta en la muestra Lorena Wolffer/Expuestas: registros públicos es Evidencias. Se trata de una iniciativa que comenzó en mayo de 2010 con una convocatoria lanzada a mujeres de la UNAM. La idea principal fue recibir objetos en donación que hubieran sido empleados para ejercer cualquier forma de violencia y ser exhibidos en una instalación.

Desplegada ese mismo año en Jardín de academus. Laboratorios de arte y educación en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MuAC), la obra permitió que las donadoras depositaran en materias inanimadas el trauma de algún episodio de violencia con el fin de dejar un testimonio.

Esta operación simbólica también está presente en la reciente denuncia de acoso sexual que Tania Puente —ex colaboradora del MAM— publicó en la revista Trama el mismo día que se inauguró la muestra de la también activista.

La joven de 27 años, en una carta dirigida a la artista, señala que Wolffer prefirió escuchar a través de otros la historia que quiso contarle para pedirle consejo y asesoría. En el mismo documento, acusó a Sylvia Navarrete, directora del MAM, y a otras autoridades del museo, de ignorar la denuncia que les presentó cuando sucedió el abuso.

Así como en el proyecto Evidencias, donde en una carpeta se recopilan los testimonios escritos de cada objeto exhibido, la carta de Tania Puente es el registro de su experiencia y el museo se convierte, automáticamente, en la primera evidencia material del episodio de violencia. Es decir: el museo se expone a sí mismo.

¿Qué implicaciones de sentido recobra una muestra sobre “las vivencias de las mujeres violentadas y asesinadas en nuestro país” al estar alojada en un recinto que por acción u omisión ha ejercido violencia de género? ¿Podría el caso de Tania Puente formar parte de los proyectos que Wolffer expone en el MAM como un “ejercicio ciudadano de sanación” dentro del museo donde fue violentada?

Pese a que no está planteada como una retrospectiva, la exposición de Lorena Wolffer recopila proyectos que ha realizado y presentado en distintos espacios entre 2007 y 2013.

Se distribuye por tres espacios del museo: el gabinete, la Sala Gamboa y en los postes de luz del jardín escultórico. En las primeras dos áreas, el primer golpe de vista que se tiene al entrar es la imagen de la artista como protagonista principal de un proyecto curatorial donde supuestamente se hace alusión a un cuerpo colectivo de mujeres. Es decir, en esta exposición llamada Expuestas, la figura más expuesta es Lorena Wolffer.

Muchos de los proyectos mostrados involucraron a diversos grupos de mujeres con los que la artista trabajó, sin embargo, la muestra se limita a mostrar los resultados de ese trabajo colectivo y se hace alusión de forma breve a las metodologías que implementó para llegar a ellos.

El curador invitado, Octavio Avendaño, no dispuso a los ojos los procesos de producción de Lorena Wolffer —documentos, bitácoras, memorias, etcétera—, por ende, obliga a los visitantes a firmar un contrato de confianza con lo que se presenta para aceptar como verídico lo que se tiene en frente y a recibirlo como legítimo, sólo por estar dentro de un museo.

Un espectador que no conozca previamente el trabajo de Wolffer, podría suponer en el peor de los escenarios, que se trata de una serie de construcciones ficticias de casos de violencia por no contar con las herramientas necesarias para deconstruir el anonimato de los testimonios presentes.

La exposición Lorena Wolffer/Expuestas: registros públicos ha detonado una serie de cuestionamientos acerca de la capacidad de reacción de una sociedad y su campo artístico ante la violencia de género.

Por un lado, el caso de Tania Puente ha permitido abrir un lugar distinto para volver a ver la obra de Lorena Wolffer y su “accionar social”, así como señalar la ineficacia del INBA para atender y sancionar las denuncias de violencia que se presentan en sus museos y centros de trabajo, que en su Encuesta de Clima y Cultura Organizacional 2014, detectó una debilidad en el rubro de Equidad y género.

Asimismo, la muestra ha dejado ver a una comunidad artística que se ha centrado más en la preservación del prestigio de una productora cultural, que de contribuir a resolver un asunto que socialmente le concierne. ¿Cuál habría sido la reacción de esta misma comunidad si la víctima de acoso sexual en el MAM hubiera sido la propia directora o la artista en cuestión?

Más allá de que el MAM ha quedado expuesto y vulnerable frente a la opinión pública, la institución “museo”, en abstracto, esa que ampara los comportamientos de los agentes artísticos, ha quedado como una evidencia que también forma parte de la profunda crisis de la violencia hacia las mujeres que se vive en México.

El texto que detonó la discusión se puede leer aquí.

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Foto de portada: Vimeo | Procesos participantes.

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Alejandra Franco (México, 1989) es comunicóloga y feminista. Actualmente realiza su tesis de licenciatura en la UNAM sobre travestismo humorístico en televisión.

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Alejandro Gómez Escorcia (México, 1990) es comunicólogo. Actualmente coordina el proyecto de Mediación de Casa del Lago.