archivo

El fantasma del resentimiento, por Aline Hernández


Por Aline Hernández / @AlineHnndz | Febrero, 2015

La crítica de arte, Blanca González, publicó, recientemente, la primera crítica  en torno a la muestra de grado El Fuego y el Borrego del programa educativo SOMA donde a través de lecturas un tanto escépticas y simplistas, aborda lo que considera son, una serie de problemas de los que da cuenta el proyecto y  de la cual  vale la pena rescatar algunos puntos.

De acuerdo con ella, la exposición “sintetiza, sin proponérselo, las principales características del sistema institucional del arte contemporáneo en México: El poder de los patronatos artísticos; el conservadurismo de la creatividad emergente; y la sumisión, deslumbramiento y discrecionalidad de los funcionarios museísticos ante el poder económico» . Un primer punto por el cual vale la pena empezar. Es cierto, y tal vez en cierta forma lamentable, que los patronatos efectivamente representen un poder en el medio artístico institucional en México (y vale la pena recalcar que no sólo en nuestro país) pero esta no es una característica solamente del llamado arte contemporáneo. La relación entre patronos o mecenas y el mundo del arte data de la antigüedad y si se tomará el tiempo de revisar la historia del arte lo podría constatar. Dicha relación en ocasiones, da resultados que resultan positivos para el arte y en otras, ha sido una relación  algo atropellada. Es cierto también que el hecho de que el capital privado esté vinculado con la producción artística, ha permitido a los patronos usar el arte como medio para alimentar sus ambiciones políticas, sociales y de prestigio. Y al igual que ocurre con las empresas y el Estado, ni Ex-Teresa ni SOMA se escapan a esta relación. SOMA recibe apoyo económico de algunos de los patronos que forman parte a su vez de las mesas de muchos otros Museo y los cuales son a su vez dueños de grandes monopolios, es cierto, pero también es cierto que nos encontramos ante una encrucijada. Se torna complicado concebir un espacio como completamente autónomo y autogestivo. Las grandes instituciones requieren de presupuestos para llevar a cabo dichos proyectos y es ahí donde la relación no podría ser otra. Por otro lado, desde que Peña Nieto llegó al poder, los recortes presupuestales para cultura, cine y arte no han dejado de ocurrir, en este sentido, los Museos e instituciones se ven en la necesidad de impulsar y fortalecer este tipo de alianzas ante la situación frente a la cual les deja el Estado y la falta de apoyo. Esto no quiere decir por el contrario, que dicha relación implique que necesariamente los funcionarios museísticos tengan que mostrarse “sumisos” ante el poder económico. El sistema del arte está efectivamente envuelto en la estructura económica lo que genera a su vez que los directores de los recintos así como los curadores en jefe, tengan que desarrollar estrategias para conseguir los apoyos que necesitan. Más que una relación de sumisión sería una suerte de juego de serpientes y escaleras en los que unos, algunas veces salen beneficiados y otros, salen perjudicados y viceversa. El problema real es que se enfrentan con los empresarios (al igual que ocurre con los políticos) esque muchas veces no tienen la más mínima idea de lo que está ocurriendo en el arte además de que tener que lidiar con sus caprichos y en ocasiones, falta de sensibilidad artística a efecto de lograr que den los apoyos necesarios.

Todo esto para decir que si bien, el director de Ex Teresa está efectivamente implicado en este entramado, ello no quiere necesariamente decir que esté siendo sumiso ante la voluntad de dicho poder, lo cual se presenta como una lectura ciertamente simplista. En muchos otros países, es completamente normal que las muestras de grado tengan lugar en recintos institucionales y si a esas instancias se refiere, más bien creo que tendríamos que aplaudir el que estos espacios se abran para albergar este tipo de muestras, logrando por tanto que lleguen a un mayor público. Uno de los grandes problemas pedagógicos con los que nos enfrentamos en el sistema educativo del arte en México, es que precisamente existe esta falta de vinculación entre artistas emergentes e instituciones y curadores. El que SOMA haga posible no sólo generar estos espacios de visibilidad y vinculación sino además, dar apoyo económico a los proyectos a la par de organizar sesiones de estudio abierto y revisiones periódicas de portafolios, me parece un modo de fomentar el desarrollo individual de los artistas, y  si además, el Museo decide exponer los proyectos resultados de sus años de formación, se presenta, a tono general, como  bastante significativo.

Ahora bien, en cuanto a una de las categorías que asigna a la muestra, “conservadurismo” pareciera dar cuenta que, de algún modo,  González estaba esperando que las obras ¿la deslumbraran por su novedad? Valdría la pena reflexionar, en este sentido,  de un modo bastante más profundo cada una de ellas a saber, las referencias y cruces que marcan y guían las operaciones que cada uno de los artistas está poniendo en marcha además de plantearnos reflexivamente, si dichas operaciones están bien logradas. Por el contrario, González apela a simplemente anular todas ellas para tacharlas de conservadoras, delimitando la capacidad de dar prioridad a una lectura crítica. No estoy diciendo que todos los proyectos que presentaron hayan logrado lo que buscaban, pero al ser una muestra de grado, valdría por lo menos darles el beneficio de la duda. Se trata de alumnos que están graduándose, no de artistas con una larga trayectoria y en ocasiones, ni siquiera una línea puntual de desarrollo. Muchos de ellos están aún enfrentándose a lo que implica la necesidad de reinventarse en el sistema del arte. En el caso por ejemplo de la artista Manuela García, la obra es resultado de una investigación que trasciende los recintos del Museo y de esa obra en concreto. Fueron muchos los ensayos en los que la artista ha estado pensando la relación entre espacio y materia así como la experiencia fenomenológica de la obra y del espacio, en este sentido, el proyecto que presentó es una acertada resolución de las relaciones y condiciones con las que ha estado trabajando. El calificativo de conservador que utiliza González me parece entonces erróneo por no decir contradictorio. No veo de qué modo los artistas que participaron estén tratando de conservar un estilo impuesto, más bien están buscando dialogar y comprender a través de las prácticas, las relaciones que establecen con su entorno y con sus intereses y pareciera, en este sentido, ser más bien González la conservadora por no decir militante de la vieja guardia.

Un tercer punto donde se hace manifiesto el evidente cliché que permea los juicios de algunos críticos es  pensar que los artistas buscan a priori o incluso sobre la obra misma, introducirse en lo que ella denomina el “mainstream”. Seamos claros, sí, SOMA es un proyecto educativo privado con capital cuya procedencia podríamos incluso discutir pero lo cierto es que es una de las pocas iniciativas en México que están buscando alentar una educación multidisciplinaria, integrando talleres y cursos donde se cruzan una serie de campos diversos. Frente a la evidente crisis que hay en las escuelas de arte   no sólo en la Esmeralda o en la ENAP sino peor aún, en San Carlos -que pareciera cada vez más claro estarse volviendo en un recinto de momias-, SOMA se ha tornado en un esfuerzo constante por ofrecer alternativas a esta evidente carencia y ello puede constatarse en muchos de los proyectos (más bien cabría revalorar porque es un proyecto privado el que ha sido capaz de impulsar estas iniciativas). Difícilmente creo que el proyecto de los artistas al ingresar sea únicamente introducirse el ese “mainstream”. Por otro lado, con respecto a lo del cánon de bienales, no veo de qué modo una obra puede manifestar aspiraciones para saciar las expectativas de dicho modelo. ¿A qué bienal se refiere González? Si hacemos un recorrido de los proyectos que han participado en la Bienal de Venecia veríamos cómo cada uno está ligado a intereses concretos tanto del curador como del artista en cuestión, es decir, cada proyecto es singular y no veo por ningún lado un modelo que asegure poder participar o incertarse en dichos circuitos en caso de seguirse al pie de la letra. En este caso, si tratamos las obras bajo estos parámetros, me pregunto si no tendríamos entonces que antes, desarrollar una propuesta de dicho modelo para entonces sí, analizar si las obras cumplen o no con los requisitos o invitar en su defecto a González a que lo haga.

Finalmente, en lo que concierne a que de acuerdo con González, “el programa educativo se manifiesta más como un deseo de éxito y relaciones públicas que como una formación dedicada al desarrollo individual de conciencias artísticas”. Aquí el problema que plantea es más bien un problema de confusión. No veo porqué los artistas no tendrían que buscar vivir de lo que producen. Al contrario, esto se ha vuelto una situación bastante seria que tendríamos que atender y no comprendo en qué momento alcanzar cierto grado de éxito se ha vuelto una condena. Paralelo a esto y poniendo atención al perfil de muchos de los egresados de licenciatura y maestría, González podría constatar que son más bien pocos los que han logrado generar ingresos suficientes de lo que producen para vivir, lo cual pone en entredicho este deseo del que habla. Y en cuanto a las relaciones públicas, me parece que lo que SOMA más bien está buscando, al igual que otros proyectos como lo fue la iniciativa del MUAC cuando convocaron a la revisión de portafolios, es generar cruces con distintos operadores culturales para que de ellos, puedan surgir alianzas e iniciativas. Así, este criterio que aplica que consiste en “la bienalización de las obras”  resulta por demás, bastante sospechoso si bien es cierto que no podemos negar que existe un circuito de validación institucional, lo cual no es novedad, y  opera desde finales del siglo XVII, pero ello no quiere decir que esto sea lo único que ocurre en el marco de las muestras.

Finalmente, valdría la pena por último mencionar la escasa relación que tiene el texto curatorial con muchos de los procesos. Pareciera que mientras los artistas trabajaban en sus proyectos, Abaroa escribía el suyo. Es evidente que no era una curaduría sin embargo,  las obras y la relación entre sí y con el contexto que las alberga, posibilitaban realizar una lectura mucho menos forzada de la que llevó a cabo Abaroa. Y para terminar, valdría la pena rescatar una de las opiniones frente al quehacer crítico de González que expresó Miriam Mabel Martínez en su texto La crítica de arte en México. Cuando el futuro nos alcance donde menciona que “la columna de arte de Blanca González, en el semanario Proceso, resulta anticuada y resentida. Pudiendo tener razón en algunos cuestionamientos, su planteamiento es tan visceral, tan desde el enojo, que debilita su posición; más que el desarrollo de un argumento es la imposición de una mirada criticona de los efectos “políticos” de una propuesta, una exhibición o un artista. Se puede consultar el artículo aquí.