Arte

Opinión | El ejercicio de las buenas voluntades


Por Pamela Ballesteros | Octubre, 2017

La producción artística de Néstor Jiménez (México, 1988) señala negligencias en la participación del Estado mexicano como agente activo de gestión en los procesos de crecimiento y desarrollo nacional. El artista es crítico ante la intervención estatal y sus discursos grandilocuentes que lo refuerzan como proveedor del bienestar social.

A través del soporte pictórico, el conjunto de piezas que integra la muestra El ejercicio de las buenas voluntades, presente en NIXON, recorre escenarios específicos de la historia mexicana de finales de los ochenta y década de los noventa, ideologías estatales vigentes en tal período y su repercusión social. Así, el fraude de la empresa Conasupo y la evasión del programa Piso Firme son muestra de proyectos paraestatales irresueltos cuya gestión revela la absurda cantidad de desvíos presupuestales durante su ejecución.

En la instalación Pudimos ser grandes pero nacimos gente pequeña, Jiménez toma a la arquitectura como figura ideológica para referirse a organizaciones sociales de ocupación territorial, como el Frente Popular Francisco Villa y su escisión el Frente Popular Independiente. Causa que parte de la defensa por el derecho de vivienda, a través del reclutamiento de familias para instalar campamentos de autoconstrucción en resistencia. La pieza es una maqueta a escala de una de estas casas semiconstruidas por frentes de izquierda, activos en un marco capitalista en tensión que los relega como agentes improductivos, estériles y atemporales, cooptados por políticas electorales o negaciones gubernamentales. ¿Libramos la lucha de intereses ajenos?, ¿para el beneficio de quién resistimos?

La irregularidad territorial se toca también en el díptico El desastre nos iguala a 0. Una de las imágenes deriva de los asentamientos en la zona conocida como “El Hoyo”, en la delegación Iztapalapa. Estratificación social que devino, hasta ahora, en uno de los sectores más violentos de la Ciudad de México, asumido y defendido por los mismos habitantes.

Estas condiciones de marginación superan los bordes teóricos del arte y las nociones de clase media. Son comunidades en hacinamiento como modus vivendi que subvierte la ideología aspiracional o de progreso para cubrir necesidades de subsistencia; no resisten para alcanzar igualdad, resisten para vivir mejor.

Ambos casos de “urbanización” desde el radicalismo son entendidos por Néstor Jiménez como reacción ante el perjuicio —por acción u omisión— de la autoridad. Tomas civiles de poder minoritarias enmarcadas en ilegalidad y delito, pero cuyos procesos de destrucción / reconstrucción fracturan la estructura sistémica. Prácticas complejas de dominio ciudadano ante las que no hay capacidad de plantear un modelo funcional.

Esta misma pieza tiene otra lectura: el desastre como posibilidad de igualitarismo social. El dibujo de Iztapalapa se contrapone con otro de Santa Fe, ambos casos ante el desgajamiento de cerros. Dos colonias geográfica y económicamente opuestas pero que son equiparables ante un hecho que supera márgenes de privilegio e idealización.

La idea es pertinente en relación a nuestro contexto, en el que la vulnerabilidad nos cruza por igual ante la catástrofe. Estamos situados en una reconfiguración ciudadana que requiere de voluntad gubernamental resuelta en acciones concretas encaminadas a normas y planes de construcción. La voluntad no puede refutarse, pero sí las intenciones disfrazadas de connotación benéfica o bien común, interrumpidas por corrupción, centralismo, déficit e impunidad. Esa voluntad podrá ser efectiva a partir de nuestra acción colectiva e involucramiento constante a través de la exigencia.

“El problema real de la oposición se vuelve algo puramente simbólico” opina Néstor, y yo me quedó con la inquietud por ver si nuestra cohesión ciudadana será capaz de trascender el nivel mediático del conjunto de las buenas voluntades.

Imagen: El desastre nos iguala a 0 | Cortesía del artista.