Arte

Opinión | ¿El affaire Zapata?


Por Rodrigo Castillo | Diciembre, 2019

Hasta ahora a los líderes1 agrarios y compinches que tomaron el Palacio de Bellas Artes en contra de la exhibición de un óleo de formato pequeño del artista Fabián Cháirez titulado La revolución, no les ha caído el veinte que la muestra Emiliano. Zapata después de Zapata no solo se integra de una pieza distrupiva en torno al imaginario que esboza al líder varonil revolucionario, sino que hay, por lo menos, veinticinco obras más que reubican los signos alrededor de la figura del caudillo.

Al parecer tampoco leyeron el título de la exposición. El después es un portento contrarrevolucionario, ni se afirma ni se niega, busca a partir de la estetización ser una carga positiva en el vaivén transitorio histórico zapatista y que, para colmo de males institucionales, viró en una negatividad cargada de intolerancia y, hasta donde se puede leer, en fuertes rasgos de homofobia.

Ya en diciembre de 1979, el Museo del Palacio de Bellas Artes había montado en sus salas Emiliano Zapata, a cargo de Jorge Bribriesca, de la que Raquel Tibol pasó revista a las obras mostradas, explorando, por supuesto, los Zapatas que Diego Rivera hiciera en 1928 para la Liga de Comunidades Agrarias, y que diez años más adelante se agruparan en Los Zapatas, de Diego Rivera 1989. En este libro Alberto Híjar atiende los signos riverianos, y anota que se concretan en cuatro símbolos: “Zapata-historia; Zapata-tierra, Zapata santo y Zapata campesino indígena. Pero los signos no valen por ellos mismos, sino en relación con otros, con los discursos en los que se insertan y con el sentido histórico y social que los incorpora”.

Nada está escrito sobre piedra, y la empresa compleja de llevar a cabo una lectura que establezca otras relaciones entre Zapata y el arte se ve instrumentalizada, precisamente, porque los signos con los que buscan validar diversos movimientos sociales se han quedado aparentemente estáticos. El Zapata que se revisa hoy frente a su historicidad es mediado por una institución que desea revelarlo universal, y que marca dentro de su discurso estético el infortunio de cabalgar entre una memoria revolucionaria trasnochada y la asimilación de un personaje ultramasculinizado por el constructo social. Las reglas de operación son convencionales y su intención disruptiva, sí, pero desatiende las relaciones de poder que el estereotipo del héroe (re)afirma más allá de las iconografías literarias y curatoriales laxas.

Que los líderes de los grupos agrarios instrumentalizados por una política anacrónica pisen el lobby del Palacio de Bellas Artes para exigir una muestra de “respeto” a su icono señorial, pinta y revela un espíritu de la época poco alentador, porque ya no se trata de un habla popular ni de una lucha antiimperialista, por ejemplo, acentuada por Rivera en los murales de la Secretaría de Educación Pública, sino de una encomienda agitada sin razón por los signos puestos en suspenso, o es blanco o es negro. Los mártires mártires son, pero Emiliano Zapata envuelve lo que el sarape hizo con el cubismo riveriano en 1915 en su Paisaje zapatista, que también se exhibe en estos días en Bellas Artes, y del que Cardoza y Aragón se encargó, en su momento, de poner en su sitio.

¿Es este acaso un “debate” en torno a la apropiación iconográfica de un personaje neofolclorizado? El presidente López Obrador pidió se dialogue con la familia del general, llevando el agua de su molino al amor que él percibe por la libertad; cree en la conciliación a pesar de haber admitido no conocer la obra de Cháirez. Seguramente tampoco conoce la de Felipe Ehrenberg y Arnold Belkin expuestas en aquel año de 1979 y que hoy expanden las lecturas sobre la imagen del caudillo suriano en otros juegos semánticos difíciles de hacer visibles a líderes agrarios, familiares de Zapata y políticos poco enterados, lejanos a los discursos estéticos.2

Y lo que es inconcebible hoy formula los entramados de la política cultural presidencialsita para los próximos cinco años: una cédula acompañará la postura de los familiares de Zapata sobre la obra de Cháirez, que por donde se quiera ver resume el odio a la libertad que tanto dice amar López Obrador. (Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris./ Nescio, sed fieri sentio et excrucior…).

Braceando en aguas turbulentas Emiliano Zapata no es signo fijo, ni territorio reapropiado por la institución, ni soliloquio político, quizá una aproximación a diversas formas de entender su motilidad para conectarlo con su historicidad, aunque ello resulte en alto riesgo para quien medie entre bigotes masculinizados y zapatillas de tacón con forma de pistola.

Foto: Detalle La revolución (2013), de Fabián Cháirez | La voz de Michoacán.

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1 Campesinos de la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas (UNTA). Federico Ovalle, dirigente de la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos, señaló: “Denigra la personalidad y trayectoria del general y nos parece que presentar esta figura es grotesco, de desprecio y menosprecio a los campesinos del país”.

2 Nótese el trabalenguas de la secretaria de Turismo de Morelos Margarita González para evitar a toda costa decir que ese Zapata es gay: “[…] porque Zapata representa, para la mayoría de los mexicanos, un héroe nacional muy respetado, querido, que tiene una imagen, una trayectoria y una imagen que no es esa imagen [de la pintura]”. Vía Milenio, artículo disponible aquí.