Arte

Opinión | ¿Conoces a Eduardo López?


Por Sandra Sánchez | Marzo, 2020

¿Conoces a Eduardo López? es un performance que la artista Issa Téllez (México, 1995) realizó en 2017 después de una denuncia de delito sexual fallida. Ante el fracaso de la ley, Téllez salió a las calles en busca de su agresor. Repartió hojas blancas con la pregunta de un lado y la siguiente información del otro: «Cometió un delito sexual en contra de mí y no lo encuentro. Un rasgo característico es que portaba una playera de rayados. Si conoces a un Eduardo López que ha cometido delitos sexuales o crees que podría cumplir con el perfil, por favor contáctate conmigo».

Téllez se aproximó (frente a frente) a las personas afuera del estadio BBVA y durante la celebración posterior en la Macroplaza de Monterrey. El performance se llevó a cabo el día del clásico regio y final de la liguilla Trigres vs. Monterrey. Una amiga suya, que caminaba detrás de ella, hizo un registro visual de los rostros y las reacciones de cada persona que recibió el papel.

Pandeo

A finales de 2019 Issa me escribió por Instagram para invitarme a ver su exposición en Pandeo, espacio autogestivo en la colonia Nápoles, Ciudad de México. Pandeo es conocido por recibir eventos feministas, por servir como espacio de exhibición y por funcionar como estudio de artistas y escritoras. El voto de confianza e interés por el espacio hizo que aceptara sin dudarlo.

En el lugar, la luz del sol golpea un montón de papelitos blancos regados por la banqueta. Me acerco y leo en una de las caras de la hoja: ¿Conoces a Eduardo López? Hasta aquí no siento que la pregunta me apele directamente.

Issa me recibe en la puerta. Entramos y me pide esperar porque en el cuarto de exhibición está una colega suya viendo la pieza. Va a la cocina y me ofrece una caguama helada, yo la acepto más por cortesía que por ganas. En ese momento Issa ya estaba echando a andar la pieza sin que me diera cuenta, (hospitalidad). Luego me dice que va a calentar un poco de chicharrón de la Ramos, corre el rumor de que es el mejor de Monterrey.

Estamos en la cocina, la espectadora sale del cuarto de exhibición y se amplifica el sonido de un partido de fútbol. Entro sola. Issa cierra la puerta. Dentro, la luz está apagada, el cuarto se ilumina con la tele. Mi caguama está en una hielera grande, de metal, que sirve como frontera entre dos sillas blancas de plástico. Me siento. Al frente, la tele despliega lentamente, una tras otra, fotografías: documentación del performace en donde vemos a la artista repartiendo los papeles. El audio, fuertísimo, reproduce la narración del partido, el clásico regio.

La (invitación) es clara: siéntate, mira, toma tu caguama, escucha el partido. Issa entra con un plato de plástico rebosante de chicharrón, me lo entrega y sale de escena. Huele delicioso. Mastico los trozos mientras veo las distintas reacciones de la gente al mirar el papelito. En un punto, la situación me rebasa. No puedo comer más. Dejo el plato en la otra silla y doy un trago grande a la caguama.

Issa me cuenta cosas que no están en la pieza. Me dice que cuando preguntó a sus amigos por su agresor, no quisieron ni pudieron darle un nombre propio: decirle quién era. La pregunta era justa porque la fiesta era íntima, con amigos cercanos. El único dato a la mano fue la playera de fútbol. Alguien, al ser confrontado, vocifero «Eduardo López»; Issa supo que esa persona habló más por decir algo que por decir la verdad.

Mil vueltas

Le he dado mil vueltas al modo en que debo escribir sobre esta historia, sobre este arte, sobre este performance, porque esta escritura, la que usted lee, reescribe sobre otra: la que hizo la artista, Issa Téllez. Al contar su agresión de una manera tan determinada, Téllez operó una sutura (una escritura) en la que la agresión transitó de lo privado a lo público: el agresor es un sujeto particular (de imputación moral), pero el problema es social.

La historia de Téllez condensa muchas otras más, la experiencia singular se desborda al ágora pública. Bajo esta lógica, la artista encara uno a uno a los asistentes en el estadio y en la plaza, tomando como punto de partida el equipo de fútbol, el cual funciona como metonimia de la playera. El modo en que escribe su experiencia, a partir de un performance y, posteriormente, de una exhibición, abre la posibilidad de hablar, narrar y mirar lo que hasta hace muy poco era inefable.

La performance parte de la pregunta antes que de la condena. Toda pregunta es un llamado a estar ante alguien, a ofrecer una respuesta, como cuando se pregunta por una calle o por la hora. Solo que a estas personas se les pregunta por el paradero de alguien que la artista sabe, de antemano, que es un fantasma (el nombre del agresor lo inventó alguien que quiso cubrir el verdadero nombre) ¿Por qué si Téllez es consciente de que el nombre propio “Eduardo López” no es el nombre de su agresor, pregunta por él?

Por otro lado, la pieza de Téllez pone un punto sobre la i en la discusión sobre la relación entre arte y vida. En este caso, el arte permite dar una vuelta de tuerca a la vida. Mediante el performance, Issa se permite realizar una acción que desde los parámetros cotidianos podría resultar absurda, innecesaria o desquiciada: contar a extraños, frente a frente, el agravio del delito sexual.

Desde el #MeToo me he preguntado, en soledad y en colectivo, cómo abrir la conversación no solo con la amiga, sino con quienes no quiero ver ni en pintura. La performance de Téllez logra abrir esa conversación y apelar directamente al inocente, al agresor, al cómplice y a quienes, al menos por un momento, no pueden escapar a su propia posición, a sus acciones y a su respuesta ante esta historia (que son muchas más).

La artista comienza la acción con la mirada, haciendo uso de ella posibilita algo que el lenguaje no siempre logra, o no de todo. La mirada pone en marcha una relación con el otro antes de que el otro sepa de qué va el asunto. Los ojos de la artista, frente al otro, abren la puerta para interpelar sobre un problema que nos atañe a todos. Lo mismo sucede al estar delante de la pieza, en un marco de hospitalidad: uno toma postura frente al suceso que se ha efectuado ya. La denegación es imposible.

Foto: www.issatellez.com

— —

Sandra Sánchez escribe sobre arte contemporáneo, actualmente encuentran sus textos enConfabularioLetras Libres y La Tempestad, entre otras. Forma parte del colectivo Zona de Desgaste. Este año está al frente, junto con Adriana Kong, de la instalación Café para Leer. En una relación tóxica con el psicoanálisis.