Arte

Opinión | Cómo atrapar el universo en una telaraña


Por Rodolfo Sousa | Abril, 2017

La exhibición Cómo atrapar el universo en una telaraña, de Tomás Saraceno, se presenta actualmente en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Dos salas en los extremos del museo, el subsuelo y el último piso, fueron selladas durante varios meses para colocarles a cada una un dispositivo en el que colonias de arañas fueron aisladas y alimentadas.

El espectador baja al subsuelo del museo, en donde hay una proyección con registros de las investigaciones del equipo transdisciplinar de Saraceno, una mesa de lectura y mesas de trabajo con objetos, documentos y apuntes; esta disposición figura más a la repisa de una exhibición dedicada a la ciencia y tecnología aeroespacial con facsímiles, réplicas o copias de seguridad de sus objetos lanzados al espacio, que a la mesa de trabajo del artista en la que se depositan sobre vitrinas sus bocetos y bitácoras de dibujo.

Entre estos objetos hay una caja negra abierta, que conserva un cristal de sal procedente de las salinas, en donde las condiciones atmosféricas nocturnas permiten observar las estrellas. El tetraedro de sal actúa como sinécdoque del desierto y como metáfora del infinito, quizás recordándonos el proverbio de William Blake: Al grano de arena en el mundo y a la eternidad en una hora.

Otro objeto curioso es un grabado, sin descripción alguna, que evoca aquellas placas de metal que Sara Gelliz dejó a la intemperie de climas extremos durante la primavera de 1987, para que éstas fueran marcadas por la biocorrosión e impregnación de bacterias encontradas en el ambiente y que se alimentaron de la placa produciendo ácidos y surcos en su superficie. La artista entintó dichas placas e imprimió sus huellas sobre papel, logrando hacer visible los elementos de la atmósfera, a través de sus efectos sobre una superficie. Si bien no sabemos si el grabado que presenta Saraceno replica o no el procedimiento de Gelliz, su Orquesta Arácnida sí es la búsqueda de un procedimiento en el que se intenta hacer visible aquellas pequeñas partículas en el universo, como el polvo cósmico o el sonido de una araña al tejer su tela.

Después de oír las indicaciones del guía del museo, una especie de guardia de una morada, de repartidor del programa dominical afuera de un templo o un sacerdote que le indica al adolescente los peligros en los que se encontrará durante el rito de paso en las profundidades del bosque —a pesar de que en la exhibición se respira el aire de la aplicación de modelos científicos, la asociación con los ritos de iniciación es producto de la búsqueda de una sociedad a un conocimiento trascendental del mundo, y que las imágenes artísticas proceden del culto—, el espectador ingresa a la sala entre una cortina negra a un intersticio de total oscuridad entre otra cortina. En ese intersticio hay una reminiscencia con el ingreso a un espacio sagrado, o bien, a aquellas cabinas entre dos atmósferas distintas en las que se prepara para las condiciones óptimas de ingreso (el cuarto de esterilidad entre la ciudad y el laboratorio o el hospital y la sala de operación, el cuarto de vacío entre la nave espacial y el espacio exterior). El intersticio cierra puertas y busca ofrecer cierta limpieza a la percepción visual y quizás a calibrar la sensibilidad.

Una vez que se abre la cortina, se ingresa por fin a la sala oscurecida de tal forma que es difícil ver por donde se camina e incluso reconocer los límites espaciales. Sólo se encuentra, en aquello que suponemos es el centro de la sala, una luz que apunta a una superficie cúbica en la que se encuentra una Nephila clavipes suspendida en su telaraña, al tiempo que el sonido de sus movimientos es amplificado para ser audible al oído humano. Además, el sonido de los espectadores al ingresar es traducido mediante un algoritmo, como una de las capas de la atmósfera sonora producida por la amplificación del sonido de la telaraña. Hasta aquí, el sentido que se produce en la operación es caprichoso, meramente efectista. Sin embargo, al acercarnos a la lámpara y estructura se observan, cerca del foco que ilumina a la telaraña, las partículas de polvo en el ambiente cuya trayectoria es afectada por las vibraciones del sonido que salen de uno de los parlantes colocados hacia arriba.

Para exacerbar los elementos, hay cámaras que capturan el movimiento del polvo, asediado por las reverberaciones, y que las proyecta a lo lejos, en la misma sala, recordándonos una lluvia de meteoritos. Así, el circuito cerrado producido por Saraceno manifiesta un vuelco en la producción de obra tecnológica e interactiva —más allá de la producción de un modelo endoestético— hacia la producción de un discurso complejo, en el que se pone en relieve la idea de interdependencia, punto de cruce que remarca la transdisciplina, los aparatos de medición y la reproducción de imágenes. Un laboratorio de indeterminaciones que tal vez sea más cercano a la apertura del fluxus: aleatoriedad, ruido, vibración, entropía, producidas con recursos mínimos llevados a gran escala.

Si bien Graciela Speranza en uno de sus textos sobre Saraceno advierte que los astrofísicos han encontrado un parentesco entre las gotas de lluvia suspendidas en una telaraña y el origen del universo, la interdependencia en la aparente vacuidad de la atmósfera hecha visible en la Orquesta Arácnida, tiene cierta conexión no sólo con la ciencia, sino con la metafísica del pensamiento budista. Buddha, abrevando de la cosmología hindú, usa la telaraña, red de Indra, como una metáfora, sobre un principio universal de interdependencia, vacuidad y del microcosmos y macrocosmos, que vienen a cuenta de las búsquedas del artista. En una de sus enseñanzas transcritas en el Digha Nikaya, aparece la red de Indra, una telaraña tan basta como el universo, y en cada uno de sus nudos se posa una gota de rocío que refleja en sus caras la luz de los otras gotas, cada perturbación altera la totalidad de la red. Cada gota de rocío es única y está vinculada con las otras en el espacio y tiempo, de la misma forma que los seres que viven por separado. La interdependencia de los fenómenos produce sensaciones e interpretaciones en los seres vivientes.

Hay una tendencia entre los artistas a pensar y disponer sus talleres e instalaciones como laboratorios o cubículos de investigación, quizás porque la estética y los modelos de investigación parten siempre de posicionamientos (tesis). En el caso de este laboratorio, la pregunta científica parte de una sensibilidad única y se obliga a elaborar experimentos y modelos para aislar hechos biológicos y sociales. Una red de preguntas se genera ¿Cuándo seremos flâneurs del espacio exterior? ¿Cómo representar el comportamiento que observamos e interpretamos del cosmos? La primera pregunta se responde fácilmente, calculando que en algunos años la tecnología se abaratará, mientras tanto, debemos buscar espacios y condiciones para disfrutar de las estrellas desde el planeta. La segunda pregunta hace evidente que la realidad no puede ser entendida como algo independiente de un observador, sino como explicación de la experiencia, verdad producida por la articulación de un lenguaje a través de códigos reglamentados por instituciones científicas, políticas e incluso artísticas, siempre humanas e incompletas, aquello que de otra forma, Kurt Godel aplica a un teorema: Los procesos mentales no se dejan representar completamente por un sistema formal.

La coherencia lógica queda desarticulada. Si nuestra interpretación actual sobre el comportamiento del universo es el de una interacción aleatoria producida por un conjunto de interconexiones que genera constantes rearticulaciones, Saraceno se vale de la observación de distintas construcciones de telarañas y de la disposición de elementos tecnológicos que hacen que cada movimiento arácnido o del espectador produzca consecuencias visibles, aparentemente inconexas y caprichosas, pero que es producto de un fino mecanismo de acontecimientos ¿Hasta que punto se puede separar la realidad de la ficción?

No se puede evitar la asociación siniestra entre la oscuridad y la araña. El miedo por lo desconocido, el horror al vacío, la araña como ese animal siempre monstruoso, alumbrado de tal forma que su sombra aumenta su tamaño. Nuevo recordatorio de que la interpretación está imbricada al punto de vista del observador, al teorema indemostrable que apunta al vacío.

Los elementos con los que trabaja Tomás Saraceno y sus referencias no carecen de especificidad, sus lecturas pueden reducirse a relaciones reflexivas. Sin embargo, a cada pregunta que parece contestarse, aparecen nuevas, la telaraña queda vibrando.

Foto: © Photography by Andrea Rossetti, 2017 | Ámbito