Arte

Opinión | Casa XII, de Ana Bidart


Por Isabel Sonderéguer | Noviembre, 2020

La exposición Casa XII es una experiencia distinta desde que llegamos a la puerta del nuevo espacio de Proyecto Paralelo. Antes de entrar a la galería, tenemos que atravesar un vestíbulo que parece tomado de una película de David Lynch. Una vez en el interior, nos encontramos en un departamento de techos altos, grandes ventanales y pisos de madera, como aquellos que ya no se hacen. La muestra integra proyectos de Ana Bidart (Uruguay, 1985) producidos ex profeso para dar la bienvenida a esta nueva etapa de la galería, tomando como punto de partida la particularidad del espacio en el que se sitúa. Las intervenciones —dispuestas a lo largo de la sala— parten de los cruces entre cuerpo, dibujo y espacio.

El título juega con la casa como espacio doméstico y las casas del zodiaco, que son escenarios determinados por los movimientos terrestres que crean marcos de experiencia, desde los cuales nos relacionamos con el mundo exterior y con los otros. Así, la exposición parte de la relación que creamos con nuestros espacios íntimos y se expande hasta aquella que mantenemos con los astros. Esta intención se replica en el ejercicio que Bidart realizó en Yucatán a partir del meteorito que cayó sobre la península, en el cual construyó unas esferas enormes de yeso y utilizando todo su cuerpo dibujó líneas en el piso. De aquí surge también una idea del pizarrón, que se repite en varios momentos de la exposición.

En la planta baja, vemos una serie de obras que toman como punto de partida la condición de casa-habitación de la galería, estableciendo un diálogo con la arquitectura y creando una serie de obras en las cuales se deconstruye y reconstruye, tanto en un sentido material como conceptual.

La serie de las casas-cajas retoma la planta arquitectónica del departamento y la modifica para crear una serie de espacios alternos. Los trozos de yeso que las acompañan —algunos son restos del ejercicio de meteoritos que realizó Bidart en Yucatán— dejan un rastro sobre el fondo de pizarrón, asemejando los pasos de los visitantes por la exposición.

Además de las realidades matéricas del espacio, Bidart retoma sus rasgos simbólicos. Las tazas de té distribuidas en el piso parecen ser la huella de la reunión de un grupo de amigos, recordándonos que nos encontramos habitando un espacio hogareño. El trapo que cuelga sobre un hilo nos remite también al acto cotidiano de lavar y secar la ropa, a las acciones que componen el habitar la casa.

De esta manera, las obras se relacionan también con la práctica del confinamiento, reflexionando la relación que mantenemos con el cuerpo y espacio propios, las negociaciones que se crean cuando lo habitamos y las modificaciones que provocan el uno sobre el otro. El cuerpo y su movimiento en permanente diálogo con el entorno, se redefinen el uno al otro de forma constante. Esto es lo que Bidart vuelve visible con sus obras.

Aunque vivimos en el espacio, pocas veces nos detenemos a reflexionar qué es el espacio o cómo habitamos y circulamos en su interior. Más allá de ser el medio en el cual disponemos los objetos, el espacio es en realidad aquello que posibilita conexiones, interacciones y relaciones entre las cosas y personas. No se trata, tampoco, de una unidad estable, estática e inmutable. Se traduce más bien como una pregunta, una duda, algo que nunca está del todo incorporado y es, por lo tanto, necesario explorarlo.

Un espacio está integrado por fragmentos de otros espacios, en su interior, existe siempre una multiplicidad de espacios, e infinitas maneras de habitarlos. «En resumidas cuentas, los espacios se han multiplicado, fragmentado y diversificado. Los hay de todos los tamaños y especies, para todos los usos y para todas las funciones. Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse».1 Es justamente esta cualidad de habitar los espacios aquello que los multiplica y mantiene en constante mutación, y es en estas líneas donde se mueven las intervenciones de Ana Bidart en esta exposición.

Al mismo tiempo, las obras crean relaciones con aquellos elementos que rodean el edificio. El plástico que cubre la ventana crea un efecto pecera, alterando el paisaje exterior que podemos contemplar —o lo que pueden ver los oficinistas al voltear a vernos. La taza que se encuentra afuera, en el balcón, rompe el espacio expositivo, tejiendo un puente con el mundo exterior y volviendo visible el paso del tiempo: en algunas horas del día podemos ver cómo se desplaza el sol sobre ella.

Al subir las escaleras, atravesamos las oficinas y salimos a la terraza. Ahí, Bidart retoma el ejercicio realizado en Yucatán para crear una serie de asteroides más pequeños. Para activarlos, el espectador debe tomarlos con la mano o empujarlos con el pie —o con la parte del cuerpo que desee— y así dibujar sobre el piso, que sirve a la vez de pizarrón.

Las intervenciones dejan claro lo efímero del espacio expositivo, que va cambiando con el paso del tiempo y con los visitantes. Dependiendo de a qué hora lleguemos, veremos ciertas obras siendo activadas (o no) por el sol; los rayos de luz que entran por la ventana activan de otro modo las piezas y las líneas dibujadas con los meteoritos en la terraza desaparecen con la lluvia. Además de hacer evidente que nos encontramos fuera del cubo blanco y al interior de un espacio doméstico, nos hace pensar sobre el tiempo que transcurre al interior de la muestra, que es en sí misma un evento efímero. Bidart se adentra así en un ejercicio que explora la relación que mantiene nuestro cuerpo con el paso del tiempo.

En la obra de Ana Bidart el proceso de gestación de la pieza es casi tan importante como el resultado, siempre resaltando la importancia del papel del cuerpo en ambos. El cuerpo es, finalmente, nuestro punto de vista del mundo, el horizonte latente de nuestra experiencia, la piel con la que construimos conocimiento. Los asteroides solo pueden ser activados con el cuerpo de los espectadores, las casas-caja hacen referencia al desplazamiento de los cuerpos en el espacio, en los lienzos se pueden ver las marcas que la artista plasmó con su dedo y las gotas para las cuales utiliza el dripping, técnica que involucra todo el cuerpo.

Percibir un objeto es al mismo tiempo percibir el espacio en el que se encuentra, estos procesos son inseparables y se desarrollan de manera simultánea. Al igual que los espacios, los objetos son habitables, y para capturarlos en su totalidad es necesario recorrerlos con el cuerpo. Es en realidad imposible percibir de forma aislada, las cualidades de los objetos solo aparecen a partir de las relaciones del cuerpo con el espacio y el movimiento.

Nuestro cuerpo, al caminar, transforma el espacio y son esos puntos de inflexión dentro de los cuales se desarrolla Bidart. Así, Casa XII detona reflexiones que se encuentran en ese cruce entre el dibujo, el espacio arquitectónico y el cuerpo. Al mismo tiempo, realiza una auto-reflexión del espacio expositivo. Las marcas que dejamos al navegar la exposición, la relación que mantenemos con obras que solo se activan con nuestros cuerpos o en ciertos momentos del día.

Las salas de exhibición del museo se basan en general en el modelo del cubo blanco, dentro del cual el espectador es tratado casi como un intruso. El cuerpo del visitante parece irrumpir sin permiso en el espacio, convirtiéndolo en un invitado indeseable y, por tanto, eliminado. Los únicos que pueden acceder con tranquilidad al cubo blanco son los ojos. En esta ocasión, el cuerpo es el que tiene el papel protagonista.

Después de muchos meses de encierro, me encontré con Ana Bidart en la puerta de un edificio en la Juárez, para conocer el nuevo espacio de Proyecto Paralelo y hablar de las ideas que rodean sus piezas. Recorrimos la exposición de una manera más cercana a una plática de amigas en una casa, en lugar de una visita guiada en una galería. Tanto la exposición como el lugar en el que nos encontrábamos, activan este tipo de interacciones más cercanas y afectivas, alejadas de los espacios expositivos convencionales. Siguiendo esta intención, este texto fue construido también a partir del diálogo continuo entre nosotras, buscando borrar esas líneas tan definidas entre quién crea y quién mira, quién escribe y quién lee.

Fotos: Proyecto Paralelo.

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1 Georges Perec, Especies de espacios, Editorial Montesinos, España: Barcelona, 2001 p. 25