Arte

Opinión | Amesha Spentas: la rata de laboratorio y la borrachera


Por Sandra Sánchez | Enero, 2020

Estoy dentro de una pieza y, sin contradicción, me encuentro en dos lugares a la vez: en el interior de Amesha Spentas y en mi propio cuerpo de una forma poco usual (siento algo parecido a haberme comido un “ajo”, sin embargo, no hay contornos ni formas conocidas (al menos no en un primer momento). Solo estoy frente a (dentro de) grandes campos de color). Mientras estoy aquí no pienso, tengo un poco de miedo y mucha curiosidad.

Me han enseñado a desconfiar de este tipo de arte porque aprendí a creer ciegamente en las palabras… estoy taaan acostumbrada a que las exposiciones incluyan textos que estar aquí es extraño: inusual. El universo simbólico cede el paso al cuerpo, aunque saliendo de la pieza se acumulen oraciones largas, cuando cada quien intenta explicar lo que le ocurrió.

Esta experiencia que siento tan personal, tan mía, fue planeada por James Turrell (artista considerado parte de Southern California Light and Space Movement), quien parte del efecto ganzfeld (que trabaja con la percepción a partir de estímulos desestructurados) para producir arte con luz. La iluminación, compuesta por distintas intensidades de color, cambia a diferentes ritmos y velocidades: parpadea para alterar la tranquilidad del espacio cartesiano y el tiempo lineal.

Kit Hammonds, curador en jefe del Museo Jumex, nos cuenta que la pieza se llama Amesha Spentas y que forma parte de un trabajo en serie que el artista tituló Ganzfeld, al igual que el efecto. Turrell hizo sus primeras piezas de arte con luz en su departamento, tapando y abriendo ventanas, usando proyectores (creo que eran análogos, con diapositivas, pero me falla la memoria), transformando su hogar en un artist-run space, una especie de espacio independiente que él coordinaba. Suena encantador, me da envidia la hospitalidad y calidez de ese espacio doméstico que el curador describe para nuestro deleite. Luego pienso que no sé si todos mis colegas de prensa entienden su inglés (yo misma me pierdo) y me parece triste que no haya traducción simultánea que nos transporte a todos a ese departamento.

Aquí, en el museo, no hay hospitalidad, más bien me siento ratón de laboratorio dentro del cuarto (no es queja: me presto con curiosidad al juego de lo nuevo). La pieza tiene un inicio y un final concreto, no hay permanencia voluntaria. Después de pasar el umbral, que separa las escaleras del espacio interior de la pieza, te sumerges en color. Ahí le sucede a cada quién algo particular que depende de su propia percepción: Hammonds, por ejemplo, vio todo negro; yo, después de la sensación causada por el miedo de tener un ataque epiléptico, comencé a ver ranitas: no las aluciné (sabía que no eran reales), más bien las vi brincar a un ritmo continuo en un campo muy específico de mi visión… ranita-espacio-ranita-espacio-ranita… La cadena significante estaba hecha de imágenes, no de palabras; recuerdo muchos colores y patrones de ritmo, pero nada tan específico como las manchas de ranitas. Mis ranitas.

Para ver la pieza hay que comprar la entradas por internet, en Boletia. Esto porque Turrell planea el número de personas que pueden estar al mismo tiempo dentro de la pieza, así como la duración y hasta el calzado (usen calcetines limpios ese día ;)). El cuidado, que raya en la neurótica obsesión, permite que cada quien tenga una experiencia única, del orden de la sensación; eso es lo que me interesa de Amesha Spentas: la forma en que tensa la rigidez del experimento con la completa “libertad” de lo que sucede en el aparato psíquico del espectador.

El juego es perverso porque rompe la ley de la estética trascendental del momento (espacio y tiempo normados por cierta cultura) y abre paso, dentro de ese cuarto, a otro modo de estar, donde predomina la psique de cada visitante antes que el margen social. La experiencia es similar a interpretar un sueño: poco importa el sentido sino la posibilidad de hacer una pausa (lógica y cronológica: el sueño es el guardián del dormir) antes de ordenar el contenido. Aquí es donde el universo simbólico de las palabras (del cual el museo es rey) cede el paso a la experiencia corporal, psíquica y particular.

De vuelta al lenguaje (después de haber salido del cuarto multicolor), la pieza nos permite notar que hasta la experiencia más “auténtica” pasa por una serie de reglas, contratos, reguladores y moduladores que guían lo que aparentemente es natural y personal. No me escandalizan los marcos, al contrario, creo que hay que conocerlos para saber por qué, por ejemplo, el glutamato de sodio hace que estas papitas sepan tan bien.

¿Hay belleza en Amesha Spentas? No la hay. Turrell despliega una lógica que no pasa por la relación sujeto-objeto, ni por la contemplación, ni por el programa político o el signo lingüístico: su arte produce experiencias difíciles de ordenar de cabo a rabo, mucho más cercanas a una borrachera que a un paisaje, a una asamblea o a una biblioteca, aunque para llegar ahí el artista haya pasado por mucha teoría (y juego también).

¡Vayan a verla! Ya sea por curiosidad o por hastío, y de paso se dan una vuelta por los otros cuartos de la exposición (Pasajes de luz), donde además se muestran las instalaciones Double Shadow y Wedgework (Spenta Mainyu), que utilizan luces y colores como medios escultóricos, grabados geométricos (realizados a partir de las Piezas de proyección), así como fotografías y documentos de un cráter, Roden Crater, que desde los años setenta el artista ha transformado en un observatorio.

Feliz viaje, ¡a perder la escala!

Pasajes de luz se presenta hasta el 29 de marzo de 2020.

Foto: Amesha Spentas de la serie Ganzfeld (2019).
Museo Jumex, 2019
© James Turrell
Foto: Florian Holzherr