Arte

Opinión | Aires aristocráticos


Por Gustavo Cruz / @piriarte | Agosto, 2014 

El tan festejado director danés Lars von Trier no se llama así. Su nombre original es Lars Trier, más pedestre. Si agregó a su nombre la preposición alemana von fue para darse un aire más aristocrático, menos terrenal. Es como si quien aquí escribe (Gustavo Cruz) hiciera cambios análogos para dar más autoridad a sus opiniones sobre cine y las firmara como Gustavo de la Cruz. La táctica es pedante, como el mismo von Trier, pero tiene su justificación en la historia del cine. A principios del siglo XX aparece en el círculo cinematográfico norteamericano un personaje peculiar, un inmigrante alemán salido de la nada que se hace llamar Erich von Stroheim y se empieza a hacer el cine más radical del momento. Su actitud violenta de autor, con la soberbia del aristócrata, hace que después de un tiempo, a mediados de la década de 1920, tras haber realizado largometrajes revolucionarios pero extremadamente ambiciosos, fuera vetado de dirigir películas y relegado al simple papel de actor.  Sólo que el aristocrático von Stroheim no tenía nada de aristócrata, en Alemania era simplemente Erich Stroheim, un ciudadano más.

La adición de la preposición es la más notoria de una seria de falsedades que von Stroheim dijo sobre sí mismo para generar mito. Por ejemplo, gustaba de enumerar las más variadas actividades al momento de contestar sobre qué hacía antes de dirigir películas, agente de seguros y vendedor de papel matamoscas eran dos de sus favoritas. Su signo es el cinismo que desnuda la hipocresía. Si cambia su nombre es porque sabe que el burgués siempre ha envidiado la delicadeza del aristócrata al que derrocó, los norteamericanos mueren por ser príncipes y reyes. Harán lo imposible por codearse con esa clase en extinción. Incluso dejarlo hacer películas en las que se burlé de esta actitud. Von Stroheim, que protagoniza sus cintas, siempre asume el papel de conde o barón decadente cazando inocentes magnates norteamericanos para quedarse con su dinero y sus mujeres. El díptico Foolish wives (1922) y Blind husbands (1919) son el mejor ejemplo. Burlándose siempre de la fascinación del nuevo rico por la podredumbre de las cortes europeas. Innovador como pocos, la calidad de sus películas le permitió varios caprichos, como la ausencia de maquillaje en los actores o la filmación en locación. Pero sus ambiciones pronto lo llevarían al desastre. Tal es el caso de Foolish wives, que estaba proyectada para durar ocho horas y terminar con el protagonista —él mismo— devorado por una ballena. No hay príncipe al que la industria le cumpla tales caprichos.

Pero su obra dejó una huella profunda, no sólo en von Trier, cuyo cinismo puede rastrearse al del Stroheim. Jean Renoir, hijo del pintor impresionista y favorito de Godard y compañía en la Cahiers du Cinema, dijo que cuando vio el cine de von Stroheim supo que todo lo que había hecho hasta entonces estaba mal y comenzó de cero. Años más tarde, en 1937, Renoir dirigía al propio von Stroheim en su obra maestra La gran ilusión. La Cineteca Nacional hizo un retrospectiva en sus salas de la obra del cínico “aristócrata” que termina el último día de agosto.