Arte

Opinión | Africamericanos, la diáspora oculta


Por Fernando Pichardo | Septiembre, 2018

Uno de los momentos más significativos de mi vida universitaria ocurrió hace cuatro años, cuando en clase de arte virreinal la maestra comentó que cerca del 60% de la población de la Ciudad de México en el siglo XVIII descendía de esclavos. La información me tomó por sorpresa, hasta ese momento daba por hecho que formaba parte de una sociedad eminentemente mestiza. Lo anterior confirmó una sospecha que tenía desde hace algunos años: mi cabello chino, mi nariz pequeña y labios prominentes se debían a que yo tenía sangre negra.

Tras indagar sobre el asunto y ante la perplejidad de por qué nadie en familia tenía una idea clara del tema, tuve la sensación de que a las generaciones que me antecedieron les fue arrebatada una parte de nuestro origen que por derecho nos pertenece. Era como si tuviera que reconstruir una parte de mi pasado desde su ausencia. Ante este contexto me surgió una serie de preguntas: ¿Cómo fue posible que pasaran tantos años para que me percatara de una parte tan fundamental de mi propia humanidad? ¿Por qué nadie en mi contexto cercano me había contado sobre este capítulo de la identidad mexicana? Si en verdad tenía ancestros que vinieron de África, ¿quiénes fueron y a qué se dedicaron en vida? ¿Cuándo y por qué dejaron de asumirse como negros?

De manera paralela a esta búsqueda he tenido la oportunidad de conocer cómo estas dinámicas de ocultación se asimilaron en otras regiones de América Latina. Recuerdo que durante mi estancia en Lima noté cómo la pigmentocracia ha alcanzado dimensiones urbanas, al comparar la precariedad y mala reputación de zonas afro como Rímac y el puerto del Callao, con el lujo y comodidad de barrios como Barranco y Miraflores, donde la mayoría de sus habitantes son de origen europeo. Hace unos meses en La Habana, Luis Manuel Otero y Yanelys Núñez me mostraron la vigencia de los sistemas coloniales en el pensamiento cubano contemporáneo, a pesar de los decretos contra el racismo que el régimen instauró tras el triunfo de la Revolución. Me enseñaron cómo los negros con estabilidad económica suelen casarse con mujeres blancas como símbolo de estatus que “limpia” el color de su descendencia, o que los mulatos con cabello rizado son menos atractivos por nacer con “pelo malo”.

La diáspora africana se ha convertido en un asunto tan próximo para mí que me emocioné cuando supe que el Centro de la Imagen inauguraría Africamericanos, la exposición más extensa de su año. Pero también, tuve reservas al leer que la curaduría estaba a cargo de un equipo curatorial no afrodescendiente. Temía que se tratara de un intento por emancipar a la otredad desde una postura privilegiada.

Fui a la visita guiada por el curador Claudi Carreras, y aunque en principio tenía mucho escepticismo, sus propuestas me parecieron pertinentes y llenas de sensibilidad. Carreras ha estudiado la afrodescendencia en América desde hace más de quince años, cuando desde su residencia en Río de Janeiro descubrió por casualidad el proyecto fotográfico de Maya Goded en la Costa Chica oaxaqueña entre 1992 y 1993, como un homenaje a su tío Antolín, exiliado español que se enamoró de la región y falleció en un accidente aéreo cerca del pueblo de Juxtlahuaca. Tras viajar por países con una presencia fuerte de la diáspora como Perú, Venezuela, Guadalupe y Colombia, Carreras se percató que existían correspondencias entre las culturas afrodescendientes de Sudamérica y las de nuestro país. Entendió que todas responden a un antecedente en común.

Carreras trabajó durante dos años en conjunto con artistas visuales, investigadores y fotógrafos para integrar un proyecto que abordara el presente de la afrodescendencia, sus ideales y las problemáticas que enfrenta, más allá de los usuales acercamientos antropológicos. La exposición es una consecuencia del deseo de justicia histórica que en los últimos años se ha fortalecido en varias comunidades del continente, en sus palabras, “culturalmente hay una potencia. Se trata de una riqueza en América Latina que se ha intentado ocultar pero que ya no se puede. Está explotando por sí misma”.

La exhibición se articula a manera de atlas, en donde cada sala presenta obra de un país específico. El recorrido inicia por México, pasando por el Caribe y los Andes hasta culminar en Argentina. Uno de los hilos conductores de la muestra es el mar y sus puertos, siendo el primer contacto con el Nuevo Mundo para millones de africanos desde el siglo XVI hasta finales del XIX. El mar ha formado parte del imaginario colectivo afrodescendiente, manifestándose en latitudes tan diversas como Kingston, Salvador o Puerto Príncipe a través de deidades superiores, externando la necesidad de ir a un más allá fuera de nuestro alcance. Además de las fotografías inéditas de Maya Goded, uno de los trabajos que mejor capturan esta esencia es Portobelo, diario íntimo realizado por Sandra Eleta en los años setenta donde capturó la ternura y dignidad que se desprende de los habitantes de ese rincón del Caribe panameño.

Las sierras también son un eje medular. Durante siglos su orografía y vegetación impenetrables acogieron a miles de esclavos fugitivos —conocidos como cimarrones—, permitiéndoles vivir una vida alejada de la explotación e incluso fundar poblaciones no alienadas a los órdenes imperiales, conocidas como quilombos. Sin embargo, con el paso de los siglos el aislamiento fue contraproducente al convertir a estas comunidades en focos de pobreza dentro de América Latina, susceptibles a la producción y distribución de drogas.

Una instalación del fotógrafo Hugo Arellanes resume de manera excelente lo que trato de decir. En ella recreó el universo que compone la costa sur de México a través de objetos de valor práctico o sentimental entre sus habitantes, como machetes para cortar la maleza o resorteras para cazar lagartijas. Durante la visita uno de los asistentes preguntó por qué incluyó una pistola, Arellanes respondió:

“Hay algo que ha pasado desde hace diez o doce años que es la violencia. En la Costa Chica ha llegado a tal grado que, por ejemplo, en Facebook me di cuenta de la cantidad de amigos que ya no viven ahí. ¿Qué hago en esos casos? ¿Los elimino? Lo hago también para recordar a mi hermano, quien murió asesinado por el narco. Es la forma que encontré de alertar a la gente sobre cómo las zonas afrodescendientes han sido tradicionalmente las más marginadas. Casi no llega la infraestructura, no hay agua potable, ni luz, por eso es tan fácil que grupos delictivos se apropien de ellas. Es difícil hablar de estos temas, pero si no se nombran es como si no existieran”.

Africamericanos es acertada al exponer cómo la cultura de resistencia afrodescendiente se ha desdoblado en años recientes hacia nuevas causas. En una época donde hasta hace relativamente poco se creía que la lucha contra el racismo era obsoleta, la exhibición de archivos impresos y digitales no sólo devela la ubicuidad de la colonialidad en los territorios que examina, sino que también es validada por instituciones que en teoría luchan por erradicarla.

Uno de los casos más significativos son las fotografías solarizadas del Fondo Documental Afro-Andino, integrado por el fotógrafo afrodescendiente Juan García Salazar durante los años setenta y que hoy forma parte del acervo de la Universidad Andina Simón Bolívar. Los documentos fueron originalmente escaneados por una empleada de la biblioteca de 75 años que no conocía nada de fotografía, pero que por intuición sabía que valía la pena rescatar más de tres mil quinientos negativos del olvido. Carreras conservó las sobrexposiciones y fallas como símbolo de un patrimonio que durante siglos se ha intentado blanquear y diluir, pero que siempre ha encontrado aliados dispuestos a recuperarlo.

Salí del espacio con una sensación de tristeza e impotencia, pero también de mucha esperanza. Lloré un momento en la sala dedicada a la obra de Angélica Dass, tanto en esa propuesta como en otras se removieron muchas vivencias. Siendo alguien con piel morena, tus experiencias afianzan la certeza de que existe un problema de rechazo que en ocasiones es fortalecido por quienes lo padecen. Al igual que la historia de mis ancestros, nadie nunca me platicó de los eventos de la historia latinoamericana que tienen que ver con las violaciones sistemáticas a negras en Argentina, con las negras que amamantaron a los hijos de la burguesía peruana —niños programados a odiar a las mujeres que los criaron una vez que crecían— o con los tweets donde se confiesa que el único defecto de Brasil, nación bendecida por Dios, “es tener demasiados negros”.

Por otro lado, me causa un poco de ruido que la mayoría de los fotógrafos convocados provengan de contextos criollos. A pesar de que Carreras asegure que algunos de ellos fueron negros por elección —como el caso del fotógrafo Pierre Verger, nombrado sacerdote en la religión del Candomblé de Brasil y rebautizado en Benín bajo el nombre de Fátúmbí— la realidad es que ninguno de ellos sabrá a fondo las dificultades y cicatrices de ser oscuro en una región donde el cuerpo determina la primera impresión sobre las personas, y en ocasiones la última. Quizás esto se deba a que durante generaciones ser negro no fue motivo de orgullo, sino de vergüenza. Si las políticas de subrogación en este país fueron tan efectivas, fue porque nos fue enseñado que nuestra historia no era lo suficientemente valiosa para ser compartida.

A lo largo de la exposición hay proyectos que fallan en dar voz propia a las comunidades que retratan, sin embargo, en conjunto los módulos logran el objetivo de fortalecer el lugar de quienes tenemos a África como abuela espiritual. Muestran los horrores que cinco siglos de sometimiento causaron, pero también, la belleza que desde esas heridas somos capaces de crear.

Así, Centro de la Imagen demuestra que en un presente saturado de estímulos visuales, una selección premeditada y bien dirigida le devuelve a las imágenes su potencia como herramientas de cambio social. Tal vez sea momento de desempolvar la figura del cimarrón y darnos cuenta que la lucha por su emancipación nunca cesó, evidencia de que el sueño por el reconocimiento de Africamérica continúa. Puede que los afrodescendientes ya no seamos vendidos o encadenados, pero somos discriminados, asesinados e invisibilizados. Muchos de nosotros aprendimos a detestar lo que somos.

Me quedo con estas palabras de Gustavo Esquina, autor de La unión de las costas, uno de los murales presentes en la exposición: “Hoy en día me siento bien dentro de mi propia piel. El recuerdo de mis antepasados se ha diluido en las aguas atlánticas que nos separaron de nuestras raíces para lograr una nueva consciencia, la que hace repicar el tambor no como un lamento, sino como un homenaje a todo aquel que esté dispuesto a celebrar la conquista de su libertad”.

Foto: Catalina, de Sandra Eleta | MAC Panamá.

— —

Fernando Pichardo Ríos es historiador de arte por la Universidad Iberoamericana. Ha trabajado como asistente de galería para The Peggy Guggenheim Collection en Venecia, Italia y en el Departamento de Artes Visuales de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Actualmente redacta contenidos sobre patrimonio material e inmaterial para la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.