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No Chucha, no, por Diego del Valle Ríos


Junio, 2019

El Fonca no debe ni puede desaparecer. A lo largo de los últimos 30 años, desde su creación en 1989, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, único en su tipo en el mundo, se ha convertido en importante cimiento del ecosistema cultural del país, tanto por los estímulos y apoyos económicos que brinda al quehacer y a la investigación artística fuera del campo comercial, como por los diálogos y reuniones que suscita para un rico intercambio que teje comunidad crítica transdisciplinaria.

Su desaparición significaría el inicio del colapso del aparato cultural y artístico del país —lo que agudizaría la ya existente precarización de su gremio—, sin mencionar que debilitaría a la Secretaría de Cultura en cuanto a su misión de garantizar el derecho a la cultura. Sin embargo, las declaraciones que han surgido en contra de dicho programa a lo largo de los cortos meses de esta nueva administración parecen evidenciar, paulatinamente, los conflictos al interior de la 4T en el campo cultural.

Por un lado, y actualizado recientemente por la diputada-arlequín Jesusa Rodríguez, tenemos el argumento moralista, rancio y micro-fascista del “artista fifí” que pretende homogeneizar a toda persona que recibe apoyo a través del Fonca como “privilegiada”. Bajo la lógica de la austeridad, este argumento busca desprestigiar al Fonca para implementar lo que parece ser un modelo neoliberal que desterritorialice al subsidio público, para que arte y cultura, como mencionó Cuauhtémoc Medina, sean esclavos de la taquilla o la iniciativa privada, ésta última, reducida y en su gran mayoría ignorante, agregaría yo.

El peligro de todo esto yace en la imposibilidad de reconocer las asimetrías sociales y los mecanismos de desigualdad y exclusión social que condicionan las prácticas artísticas de una muy diversa comunidad creativa a lo largo del país.

Por otro lado, encontramos el argumento que suele responder al anterior —ya sea a la defensiva o condescendientemente— lo que hace preguntarme, ¿por qué nuestro gremio sigue sumiso a declaraciones sensacionalistas y no hemos logrado una organización con injerencia en el debate público fuera de lo reaccionario?

Esta semana, quien de cierta manera respondió a Jesusa fue la Secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, quien tibiamente se limitó a señalar que una gran cantidad de creadores que hoy activan la vida cultural del país ha sido beneficiaria alguna vez del Fonca para después añadir que dicho fondo: “sigue fuerte, adelante, hay convocatorias abiertas, se suman, hay nuevas y pasa por un buen momento”.

Detengámonos en esta última parte de la ambigua y muy superficial declaración que no refleja la defensa que la comunidad artística hace del programa y que necesita ser enunciada con mayor convicción por las funcionarias que nos representan en el ámbito cultural. Hay que reconocer que si el Fonca continua es por el trabajo hasta ahora hecho por Marina Núñez, quien después del vergonzoso desempeño de Mario Bellatín, se quedó como encargada de la Secretaría Ejecutiva de dicha instancia. Aquí vale la pena preguntar, ¿cómo puede Frausto decir que el Fonca “sigue fuerte” si su elemento más importante, la dirección ejecutiva, no ha sido ratificada oficialmente más allá de un encargo?

A pesar de ello, desde su nombramiento, Núñez y su equipo han realizado encuentros con la comunidad artística, primero en Ciudad de México, Monterrey y Mérida para después continuar en Tijuana, Guanajuato y Chiapas con el fin de levantar un diagnóstico de las opiniones alrededor del Fonca, mismo que se presentará a finales de este mes. Después de los primeros encuentros, el equipo del Fonca ha comenzado a trabajar 3 puntos que constantemente fueron mencionados por la comunidad artística: la necesidad de seguridad social para las personas beneficiarias, la creación de un protocolo para la violencia de género y el replanteamiento del programa de retribución social.

En una reunión que sostuvimos a finales del mes de abril un grupo organizado de representantes del gremio artístico relacionado a diferentes disciplinas, tanto Núñez como Ivone Pérez y Reynaldo Maldonado mostraron ser aliados de la comunidad artística. Núñez —quien antes de ser funcionaria hay que recordar que es parte de nuestra comunidad desde el campo literario— hizo hincapié en lo importante que es trabajar en conjunto con el gremio organizado para que el Fonca se reestructure de acuerdo a nuestras necesidades y observaciones críticas e informadas.

De dicha reunión personalmente destaco la urgente necesidad de reforzar al Fonca para garantizar su continuidad y procurar su autonomía, pues actualmente, éste es solamente un frágil instrumento financiero cuya normatividad se reduce a la administración y control del fondo sin tener injerencia en su propia estructura. Dicha falta de autonomía, entorpece todo proceso de reforma.

Esa disposición a la escucha y al trabajo en conjunto de parte del Fonca es algo que tenemos que aprovechar como comunidad artística si queremos defender nuestro derecho al ejercicio artístico y cultural. Sumarse a la urgente organización pone a prueba nuestra pretensión comunitaria y “revolucionaria” y obliga, además, a que nuestros discursos devengan en políticas culturales propias que potencialicen el pensamiento artístico como herramienta para la reconstrucción del tejido social lejos de lógicas tecnocráticas, neoliberales o cristianas moralinas. Solamente organizándonos es posible ser contrapeso de esta administración, ya sea, en este caso, para desmentir argumentos fachos o para sumar esfuerzos que refuercen las estructuras que ya nos benefician.

El Fonca no es un privilegio, es un instrumento que garantiza el derecho a la cultura. Si bien la Constitución Política mexicana garantiza ese derecho que fue reactificado en la Ley General de Cultura y Derechos Culturales que fundó la nueva Secretaría de Cultura durante la administración de Peña Nieto, habría que redimensionar dicho derecho, primero, para que reconozca la pluralidad que no se atisba al enunciar “la cultura”, y segundo, para que incluya una reflexión de cultura y arte generados lejos de lógicas capitalistas que inevitablemente generan precarización, abuso, explotación y la erosión de la libertad creadora a partir del pensamiento crítico.

Foto: La tinta.

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En los términos de los artículos 4o. y 73, fracción XXIX-Ñ de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

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Diego del Valle Ríos (Ciudad de México, 1990) es gestor cultural y escritor independiente. Actualmente se desempeña como Editor en Jefe de la revista Terremoto. Vive y trabaja en la Ciudad de México.