Arte

Nikola Tesla y el cine


Por Abel Cervantes 

 

 

El martes pasado Nikola Tesla cumplió 70 años de haber desaparecido. Así, vale la pena recordar el magnífico homenaje que Christopher Nolan le hace en El gran truco, de 2006. Ambientada a finales del siglo XIX, precisamente cuando los hermanos Lumière efectuaron la primera proyección cinematográfica, la película relata la historia de un par de magos —interpretados magníficamente por Christian Bale y Huge Jackman— empecinados con demostrar su superioridad prestidigitadora. David Bowie, quien ayer cumplió 67 años, encarna a Nikola Tesla, científico obsesionado con la electricidad, que en el filme inventa una máquina capaz de replicar objetos y seres vivos. El artefacto —acaso una metáfora del cinematógrafo (recordemos a Tesla como uno de los enemigos declarados de Thomas Alva Edison, personaje que junto a los hermanos Lumière, y luego de Eadweard Muybridge y Étienne-Jules Marey, efectuaron las diligencias que dieron como resultado el cine)—, que produce fascinación y terror simultáneos,  proyecta preguntas inquietantes: cuando Robert Angier (Jackman) clona reiteradamente su cuerpo, ¿también logra duplicar los recuerdos y los sentimientos del original?

Que Christopher Nolan seleccionara a David Bowie como el personaje que da vida a Tesla no es accidental. La capacidad histriónica de Bowie se reveló con anterioridad a su primera incursión cinematográfica, en El hombre que cayó a la Tierra (1976), de Nicolas Roeg. Su rostro, al igual que su nombre, ha servido de molde a múltiples personalidades. Todas ellas complejas y a la vez fascinantes. Su figura, espigada como la de un Quijote triste, se confunde lo mismo con un vampiro cuya vida se desvanece en menos de 24 horas —como John en El ansia, de Tony Scott— que con un prisionero de guerra muerto por insolación —como el mayor Jack Celliers en Feliz Navidad señor Lawrence (1983), de Nagisa Oshima— o con Poncio Pilatos, en La última tentación de Cristo (1988), de Martin Scorsese.

En Una juguetería filosófica, David Oubiña confirma el valor de la electricidad en la creación cinematográfica: “La electricidad es el epítome de lo moderno porque significa inmediatez, movimiento, velocidad, energía y poder”. Tesla, ese genio con una dosis de locura espléndidamente delineado por la habilidad literaria de Jean Echenoz en Relámpagos, es un personaje destacado de la historia reciente de la humanidad no sólo por sus aportaciones científicas y sus ideas desbordadas, sino también por estar estrechamente ligado con los intereses imaginativos del cine.