Arte

Naturaleza de imitación


Por Sandra Reyes

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No es nuevo que los creadores contemporáneos se inserten en los grupos sociales menos privilegiados o aquellos más vulnerables en determinados aspectos para producir obra. Desde mi posición como espectadora, es inevitable preguntar desde esta empresa, si pretenden ser más activistas que artistas o más artistas que activistas, si se desplazan de un lugar a otro, o si acaso ambos emplazamientos en su hacer y su re-presentar pueden combinarse. Sobre esta ruta, cabe pensar si hablamos de poéticas, estéticas o políticas. Pregunta y reflexión que dejo abierta a la muestra Obliteraciones (1939-2014) de la artista mexicana Fritzia Irizar que se presenta en la Sala de Arte Público Siqueiros hasta el 20 de abril.

La muestra está conformada por siete piezas que la artista realizó entre 2002 y 2012. En el marco de la curaduría de Tatiana Cuevas se encuentra la pieza Naturaleza de imitación. Este proyecto comenzó cuando Irizar se acercó a una comunidad tarahumara en Chihuahua, con el fin de que este grupo de personas le dieran cabello, mismo que por sus cualidades biológicas, devela su alarmante estado de salud por una alimentación deficiente que responde a su situación de extrema pobreza. A partir de esta donación, Irizar creó un diamante artificial que, a través de moléculas de carbono en el cabello, ponen en evidencia, el planteamiento anterior. Entre otras cosas, la intención de esta pieza recurre a la demostración de la carencia, de la pobreza y del rezago social; trae a colación las políticas publicas deterioradas del Estado fáctico, el olvido tácito de los pueblos indígenas y problemáticas de antaño en México.

Naturaleza de imitación combina lo natural, puesto en el cabello humano; y lo artificial, un elemento necesario que Irizar encontró en el proceso para la realización del diamante. Este trabajo, potencializa la pieza a nuevas lecturas como el intercambio simbólico del valor conceptual. Por un lado, el diamante que representa, en sí y fuera de sí, uno de los lujos más exorbitantes y asequible a pocos, y por otro, el cabello de los tarahumaras que se opone sustancialmente a aquella representación simbólica del poder vuelto objeto de pretensión o capricho. Irizar hace converger y discrepar en esta pieza, ideas opuestas pero que si se mira con cuidado, más que alejar, acerca para confrontar a dos grupos antagónicos.

El proyecto es una metáfora clara: un desplazamiento de significados. No hace mal esta reflexión más que obligada en el contexto actual de un país coptado por la corrupción, la incongruencia y el cinismo. Nunca está demás un recordatorio que dé cara a una realidad cruel, desigual y despiadada —sin hablar aquí de democracias obsoletas—.