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Museo Animista del Lago de Texcoco: revertir su desecación, por Fernando Pichardo


Diciembre, 2018

En 2012 Adriana Salazar (Bogotá, 1980) vino por primera vez a México como parte de una residencia convocada por el Fonca. En aquella ocasión, desarrolló una investigación sobre los panteones de la capital y su función como espacios de transición donde la vida confluye con la muerte. Sin embargo, durante su estancia tuvo una inquietud que resulta común para muchos extranjeros: ¿qué fue del Lago de Texcoco y cómo es que su desecación fue tan normalizada por los mexicanos?

La pregunta quedó suspendida durante cuatro años hasta que Salazar regresó al país para iniciar su doctorado en la UNAM. Sabía que quería explorar las nociones de lo que se considera como vivo o como muerto y cómo ambos conceptos ocurren en espacios específicos. Rehusándose a creer que un cuerpo de agua monumental como fue el Lago de Texcoco estuviera extinto por completo, la artista consultó fuentes para conocer la fundación y expansión de la Ciudad de México sobre lo que en el pasado fue un lecho lacustre, así como la relación conflictiva que sus habitantes han mantenido con el agua a lo largo del tiempo.

A finales de 2016 contactó a Ernesto Carrillo, ingeniero de la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) a cargo del proyecto de regeneración ecológica que la institución llevaba a cabo en la zona. Gracias a él, Salazar tuvo acceso a los predios que posteriormente serían ocupados por el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM), así como al vaso regulador conocido como Lago Nabor Carrillo. Desde su casa en Bogotá, la artista me describió lo que vio en aquella ocasión:

“El área estaba completamente tapizada de aves, había patos de diferentes especies, verdes con una cintica en el cuello que venían desde Canadá. Era muy sobrecogedor. Nabor Carrillo no es un lago técnicamente, sino un vaso regulador. Pero se convierte en lago al tener el comportamiento ecosistémico de uno. Estas formas de intercambio entre peces, aves, plantas y agua lo hacen un lago en el sentido más literal de la palabra”.

Desde ese momento, Salazar inició con el ingeniero Carrillo una serie de incursiones por los terrenos salitrosos que alguna vez formaron parte del cauce del Lago de Texcoco, descubriendo a su paso miles de objetos que daban testimonio de las diversas ocupaciones humanas que ese pedazo de tierra desertificada experimentó tras su declaratoria como propiedad federal en 1971.

“Lo que encontré fue una superposición de capas, una especie de rompecabezas donde las piezas no encajaban. Era un territorio que no es el mismo territorio, sino que es muchos territorios a la vez”. Los fragmentos de vidrio, cerámica, alambre, madera y otros materiales que halló durante su tránsito tenían una voz propia, capaz de narrar eventos que aún no tienen un relato dentro de la historia oficial de México. Tras intuir que era cuestión de tiempo para que esas capas de pasado fueran destruidas, pensó que alguien tenía que hacer algo para evidenciarlas: “Y pues yo estaba ahí”.

Museo Animista del Lago de Texcoco surgió ante la falta de coherencia que Adriana Salazar encontró entre lo que vio en su trabajo de campo y los discursos hegemónicos en un momento donde el devenir del lago se convertía en un asunto de dominio público por primera vez en décadas. Para el desarrollo de una narrativa museológica, la artista optó por plantearlo desde el interés particular que tiene por el archivo. El resultado fue un acervo donde las evidencias recuperadas fueron interpretadas por Carrillo y posteriormente contextualizadas con entrevistas, consultas de documentos oficiales y visitas a hemerotecas.

Redes de pesca, escombros de casas que colapsaron durante el terremoto del 85, fragmentos de cercos para ganado, expedientes, tarjetas de presentación, cucharones… la selección de artefactos apela por el posicionamiento del Lago de Texcoco como sujeto etnográfico que rebasa la esfera medioambiental para generar una presencia desde otras esferas. Es un ejemplo de la perpetuidad del pensamiento colonial en el México contemporáneo y de cómo ciertas narrativas son omitidas o modificadas para favorecer políticas extraccionistas:

“Es impresionante todo lo que puede caber en ese pedazo de tierra, sea o no un lago. Más allá del hecho de que alguna vez lo hubiera sido, el hacer caber todas esas historias distintas en un mismo territorio fue una gran labor que fuimos reconstruyendo”.

Vista del vaso regulador Lago Nabor Carrillo | Cortesía: Adriana Salazar

A pesar de integrarse por más de cuatrocientos objetos, el conjunto que Salazar presenta es solo una muestra del universo al que se enfrentó. Uno de los aspectos más complicados del proceso fue determinar qué objetos eran pertinentes para generar un vínculo entre el pasado y el presente de la zona sin sentirse rebasada: “Fue un problema porque hubo que dejar muchas cosas que eran demasiado grandes o complejas de levantar. Cuando empecé el proyecto lo hice con dinero de mi bolsillo. Una amiga que tenía carro me asistió y el bodegaje fue todo en mi casa. Había una consideración sobre lo que me podía llevar sin estar sepultada por los objetos”.

En una sección de la muestra —actualmente expuesta en muca-Roma— se proyecta el conversatorio entre Salazar y los antropólogos sociales Ariadna Ramonetti y Emiliano Zolla. La conferencia pone en evidencia que tanto las crónicas contemporáneas como los medios de comunicación oficiales, e incluso la tradición oral, se empeñan en construir al lago como el escenario de un mito fundacional que por desgracia tuvo que ceder ante las presiones de la modernidad.

Con la explotación demográfica que la Ciudad de México experimentó a partir de los años cincuenta, el Lago de Texcoco funcionó como traspatio donde se asentaron grupos de personas que emigraron desde el interior del país. Así, se procedió a la ocupación de tierras propiedad de personas a las que el proyecto nacional ha comprendido como un residuo indigenista que alguna vez habitó el centro de México.

Tras los disturbios de San Salvador Atenco en 2006 los habitantes fueron contrariados con la civilidad de los capitalinos, generando una polarización de los entornos rural y urbano que persiste hasta ahora. Bajo esta lógica, la desecación intencionada del lago durante el siglo XX fue un mal necesario que dio como resultado el desabasto de agua y la necesidad de transportarla desde lugares cada vez más lejanos, pero también la habilitación de un terreno listo para ser capitalizado.

Ramonetti señaló además que a diferencia de lo que afirman los relatos hegemónicos, los habitantes del lago no se oponen al progreso, sino a la voracidad con la que se promueve. La infertilidad absoluta de la tierra es falsa, hasta 2006 parte de estos terrenos eran utilizados como ejidos: “¿Cuántos pobladores de Atenco van a poder tomar un avión en su vida? Con este tipo de iniciativas las personas están destinadas a trabajar en un OXXO o en un Starbucks. Citando a uno de los entrevistados, me pregunto por qué quieren quitarles sus herramientas de trabajo para darles escobas y limpiar baños”.

La exposición, por tanto, atiende tanto las acciones de despojo sobre los habitantes del antiguo lago como la perpetuación de los ciclos de muerte que conlleva la extracción de agua de lugares cada vez más lejanos. Más allá de la riqueza antropológica que los terrenos ocupados por el NAICM puedan contener, con Museo Animista del Lago de Texcoco Salazar muestra cómo parte de la problemática radica en la propia relación de la Ciudad de México con su periferia.

La capital continúa con una dinámica de tipo imperial donde la periferia es usada para extraer materias primas y recursos, ya sea agua, alimentos o mano de obra. Pero por otro lado, el proyecto también es optimista en tanto sugiere que una restauración parcial del entorno original es posible.

Desde mi punto de vista, otra aportación valiosa de Museo Animista del Lago de Texcoco es ser una herramienta cognitiva para aquellos que no estamos involucrados en esta problemática de manera directa, pero que paradójicamente influimos en ella desde nuestro poder de decisión y consumo como clase media. ¿Por qué alguien de perfil artístico habría de involucrarse en este tema?

“Una de las cosas que admiro de las luchas sociales en la región aledaña al aeropuerto es que han comprendido la unión con académicos y personas que tienen herramientas de diagnóstico científico, mismas que pueden ser útiles como armas de lucha, más que los machetes. Son los informes, los documentos, las conferencias y los foros universitarios los que han ocupado las primeras planas de este nuevo capítulo de la lucha contra el aeropuerto”.¹

Museo Animista del Lago de Texcoco invita a evaluar todo lo dicho y difundido sobre el abastecimiento de agua en la ciudad, a cuestionar además nuestra postura en torno a megaproyectos de infraestructura que en teoría traen consigo un bienestar social. Quizá esta iniciativa muestra que a pesar de la destrucción intencionada por generaciones, del NAICM y de la expansión de la mancha urbana, el Lago de Texcoco sigue vivo. Acercarse a esa vida es una experiencia de la que es imposible permanecer indiferente, como cuando Ramonetti sumergió los pies por primera vez sobre sus ciénagas.

Adriana Salazar confía en la diversidad de lecturas que su proyecto puede tener más allá del Valle de México. De hecho, antes de exhibirse en el muca-Roma fue llevado a Morelia, donde el caso fue trasladado al estado actual de la región de Cuitzeo. Un ejercicio que muestra a la ciudadanía la posibilidad de revertir parte del daño si la información es utilizada para exigir respeto a las garantías y derechos ciudadanos.

La urgencia de difundir la supervivencia del lago es un argumento recurrente en el discurso de Museo Animista. Destruir este vestigio es condenar el devenir del Valle de México para las décadas posteriores. Casi al final de nuestra plática cuando le pregunté a Salazar qué le diría a las personas que aún interceden por el NAICM, me dijo:

“Que sepan que todavía hay gente que vive de la tierra. El Nabor Carillo existe y fácilmente se puede revertir su desecación. Hay vida”.

Foto: muca-Roma.

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¹ Adriana Salazar en videollamada.

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Fernando Pichardo Ríos es historiador de arte por la Universidad Iberoamericana. Ha trabajado como asistente de galería para The Peggy Guggenheim Collection en Venecia, Italia y en el Departamento de Artes Visuales de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Actualmente redacta contenidos sobre patrimonio material e inmaterial para la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.