Otras disciplinas

Maximiliano de Habsburgo y las fiestas de Palacio


En el México de 1866, los bailes reales eran momento para el cortejo y donde se tomaban decisiones sobre el gobierno o acciones militares. Tan importantes eran los bailes para Maximiliano que les dedicó dos secciones en el Reglamento de la corte.

 

Por Silverio Orduña

 

“La jovenzuela más novicia no tiene más que adelantar por vez primera en la alfombra del baile su zapatilla de satín, para que por instinto se sienta en un campo de batalla, armada para el combate”, así reporta desde México la publicación francesa L’Estafette des deux mondes, en una crónica de 1863 durante el imperio de Maximiliano de Habsburgo.

Recogido por la historiadora Clementina Díaz y de Ovando en su libro Invitación al baile (1825-1910), este documento periodístico abunda en detalles pícaros que sucedían en las fiestas imperiales:

“El preludio ha comenzado y la ingenua ha concebido todo un plan de campaña. Allí está aquel que a la primera cadencia tendrá la gran impertinencia de apretarle la punta de los dedos, que en la contradanza habanera cambiará de posición al apoyarse demasiado sobre la cintura, el que al tercer vals le susurrará tres palabras en la oreja y que imprudentemente será tan audaz para pedirle el clavel más bello de su bouquet, o la rosa más fresca de su peinado.”

Pero no hay que tomar a la ligera estos bailes, pues era ahí donde además del cortejo se tomaban decisiones sobre el gobierno y las acciones militares. Tan importantes eran los bailes para Maximiliano que les dedicó dos secciones en el Reglamento para los servicios de honor y ceremonial de la corte (1866).

En la Sección Segunda del Capítulo VIII, referida a los Grandes Bailes de Corte, se especifican los procedimientos desde que el Emperador determinaba la pertinencia del baile hasta las formas de invitación, las maneras de recibimiento en el Castillo de Chapultepec, los lugares que ocuparían “el Cuerpo Diplomático, las personas de la tercera categoría y la Corte”, además de las etapas de la festividad y las maneras de comportamiento y vestimenta:

“El traje de los concurrentes será: las personas que tengan uso de uniforme, de gran gala, cordón y condecoraciones; los que no lo lleven, de frac, corbata blanca y condecoraciones. Las Señoras de vestido escotado, alhajas y condecoraciones. La servidumbre de Palacio estará de gran librea.”

Señalar todas estas indicaciones permite vislumbrar la cultura del cuerpo que prevalecía en la época, específicamente en la comunidad conservadora mexicana y la comitiva imperial francesa. Existía el ejercicio del poder a través del cuerpo y su parafernalia, poder que se legitimaba en los bailes y las fiestas: “Cuando la Emperatriz quiera bailar dará sus órdenes a la Dama Mayor, sobre las personas a quienes dispense la honra de bailar con Ella, que serán invitados por la Dama de Palacio de Servicio”.

En la Sección Primera del Capítulo VIII del Reglamento…, dedicada a Las Tertulias de la Emperatriz, la idea de dominio corporal relacionada con el poder político se reafirma: “Cada vez que los Emperadores bailen, la concurrencia permanecerá de pie”.