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Manifiesto viral, por Tania Puente y Marcos Krämer


Marzo, 2020
Buenos Aires

«La fermentación es una opción al microscopio, no consiste en relacionarse con estos fenómenos a través de imágenes sino a través de su carácter».
Manifiesto ferviente, de Mercedes Villalba

No vemos nada, absolutamente nada. Y ese es el mayor problema, al menos para esta civilización que viene permitiendo el mantenimiento incólume de la visión como sentido primordial. El virus no se puede ver e identificar como sí alguna amenaza más evidente: un tigre suelto en la ciudad (?), un incendio inminente y tantos otros etcéteras. Hasta la oscuridad, que a veces se torna una amenaza, es algo visible.

Hoy a plena luz del día la amenaza sigue sin poder verse. Quizás por eso, en parte, se ha incorporado tan alegremente la denuncia: señalar con el dedo o con un teléfono a quien rompe la cuarentena o se pasea «libremente» (de golpe se tornó un adjetivo peligroso) como forma de darle cuerpo al virus, personificar la amenaza incluso cuando todavía nadie de nosotros haya visto ni de cerca a una persona infectada.

Mientras escribimos esto suena arriba nuestro el reglamentario helicóptero de la policía que en ciertas horas específicas se hace ver, paradójicamente, por su sonido. Los únicos que se dejan ver, los únicos que forman imagen tele-digital para nosotros en el encierro son los más excepcionales dentro de los exceptuados de la reclusión obligatoria: periodistas, policías y políticos. Al resto de la ciudad la oímos por sus sonidos cada vez más extra-ordinarios. A cualquiera le habrá pasado a esta altura que, tras el lento acostumbramiento al nuevo silencio de la ciudad, los sonidos de colectivos, autos, sirenas, gritos, se hacen estridentes e incluso alarmantes.

En este contexto se hace necesario fantasear sobre el futuro del arte e imaginar el «arte post-pandemia». No nos hacemos los distraídos y sabemos que es un clásico ejercicio el de preguntarse por el futuro de los objetos estéticos en pleno derrumbe, como en la ya ultra citada frase de Adorno sobre la poesía y el Holocausto. Pero la poesía se siguió escribiendo, inevitablemente, e incluso con la misma bronca y la misma urgencia que antes. Adorno no estaba equivocado: su sentencia buscaba hablar más del estado de la humanidad que del arte en sí mismo.

En estos momentos estamos confinados a un encierro obligado que nos impide nutrirnos de lo que llamábamos «vida». La cuarentena nos impide contactarnos con la gran porción de las cosas que nos daban el sustento mayor para crear. Ni las ideas abstractas del encierro ni ver pasar los controles policiales por la tele ni las chicanas políticas, si se repiten al infinito, serán nunca un material suficiente para el arte.

Aquellas cosas deben estar abrazadas por un millón de otras sensaciones como para que se acomoden a la sensibilidad colectiva que llamamos «vida». La actual repetición monolítica de ciertas imágenes nos deja en una ausencia total de toda otra imagen por fuera de este régimen de terror y en una presencia completa de sonidos como huellas. Los sonidos de la ciudad que retumban en nuestras casas son hoy los rezagos de las imágenes que vivíamos como cotidianas. El hogar se convierte en una caverna de ecos. Escucharlos y meditar sobre las imágenes vitales que perdimos puede ser una buena instancia para generar las imágenes de vida que deseamos.

Se amplifica hoy en nuestras cabezas, entonces, el sonido de uno de los grandes conceptos del arte de vanguardia del siglo XX, el de retomar el vínculo entre el arte y la vida, entre el arte y la praxis cotidiana. Cuando salgamos de este encierro quizás estemos en un momento exactamente espejado a ese: salir de la reclusión burguesa del arte (antes los salones hoy los domicilios), ver el saldo de muertos que ha dejado el desastre (antes el colonialismo del XIX y las guerras mundiales hoy el coronavirus) e intentar nuevamente forjar un vínculo sincero. Porque si la vida va a cambiar, ¿por qué no debe hacerlo el arte también?

La gran diferencia que esperamos es que al salir de esto no toleremos que los canales de circulación del arte sigan siendo los habituales, reducidos y graníticos, del mercado o de las instituciones. Si hay algo con la capacidad de modificar aquella circunstancia es el hecho de que en este tránsito de crisis económica, sanitaria y política global logremos darnos cuenta de que las comunidades son más grandes y más frágiles de lo pensado.

Principalmente como producto de lo que han hecho la tecnología y la informática en estos meses. Por un lado, permiten la conexión virtual de miles de personas a lo largo del mundo (los que tienen el privilegio de poseer internet) pero por otro lado favorecen el control poblacional y la explotación a distancia de trabajadoras y trabajadores sin recordar ya cuál fue el objetivo inicial con el que se inventaron estas tecnologías de la información. ¿El huevo o la gallina? La respuesta es el virus.

Dibujo: Leslie Cortés.

Hace unos días atrás Horacio González deslumbró con un artículo hermosamente escrito que despierta dos ideas relevantes para pensar el futuro del arte. En unas pocas líneas, quizás no tan trascendentes para la idea central del texto, Horacio escribe:

«La idea de que el capitalismo es un bólido sin control, autofágico, que no maneja nadie pero que a cada momento devora todo su exterior y lo convierte en su fuerza acéfala, lo hace parecido al virus tal como se lo presenta como una imagen de diseño en las televisiones mundiales. Parece una bomba de tiempo con muchos piquitos (“coronas”) pero su aspecto general es el de un humanoide, un ser frankensteniano que no imita a su creador, sino que replica la fantasía de una bomba de tiempo de los dibujos animados, que están en el inconsciente infantil de la humanidad».1

Por fin vemos al virus, lo reconocemos como la forma amenazante indescriptible, y es una imagen digital acomodable a cualquier segmento de entrada de programas televisivos. Es un isotipo de cualquier marca publicitaria, la imagen de una bomba de tiempo en el inconsciente infantil de la humanidad, como dice González. Ese virus es todo lo que detestamos, como el capitalismo: un organismo destructivo, un ser descontrolado y atroz, una imagen plana, un tiempo fuera del tiempo.

Pero hay un revés posible de esa imagen. La imagen digital del virus es lo único que conocemos de él, es el fantasma de algo inabordable para nuestros ojos, de algo peligroso que desconocemos. Sin embargo, en su carácter fantasmático puede vernos. Quizás de eso deba aprender el arte luego del virus: una ventaja que nos increpe y que no nos dé tregua al mirarnos, capaz de tornar a la vida que conocíamos en algo siniestro.

Otra de las cosas que nos permite pensar el texto de González es que lo que debemos aprender del virus es a ser un eslabón transmisor entre reinos, creadores de traducibilidades, de «continuidades imaginarias pero inspiradoras» que busquen con recursos anticapitalistas los puntos móviles de la sociedad. El arte debe ser contagio, peligro e incertidumbre. Es necesario imaginar cuál será el destino del arte luego de una pandemia que cambiará nuestras definiciones de muerte, vida y política, por ejemplo.2

En estos meses estamos aprendiendo que el modo de trastocar la vida tal como la conocemos es inmiscuyéndose dentro de los organismos y trayéndoles información genética que sus circuitos desconocen para que mute de forma. Las imágenes que tenemos que hacer aparecer de acá en adelante deben conocer hasta el nivel más microscópico de las sociedades que nos tocan vivir para inducirlas a una transformación.

El arte del solipsismo, el arte domesticado, el arte confinado al organismo individual plagado de descripciones individuales sobre sentimientos individuales, se acabó luego de la pandemia: ya no habrá espacio para el blindaje del afecto que caracteriza al arte actualmente donde «hablar de uno» convierte al artista en un sujeto inimputable. Sin poner de lado la sensibilidad ésta dejará de ser individual y abandonará su displicencia con los vínculos potenciales con el afuera para comenzar a ser más voluntariamente social.

Ya no se trata de que el arte «visibilice» sino de que sea un virus «invisible» que favorezca la transformación de los problemas que vemos. Tendremos que salir a estornudar con suave furia los contenidos e informaciones que tenemos dentro del cuerpo, facilitando el contagio y describiendo todas las formas en que los organismos se encadenan, mutan y finalmente mueren.

Puede sonar catastrófico, oscuro y poco feliz pero recordemos que las superficies ásperas son las que más favorecen el contagio. El arte viral post pandemia no se ve de lejos, se siente, y empieza a reconocerse estando microscópicamente cerca. El arte viral post-pandemia, que no dejará de ser bello por supuesto, debe corroer, desde afuera hasta adentro, al statu quo que nos ha llevado al lugar donde estamos hoy.

Imagen: Sandra Sánchez, dibujo parte de la convocatoria Dibujando al coronavirus, por Zona de Desgaste. Instagram: @zonadedesgaste

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1 González, Horacio, «La inmovilización», 25 de Marzo de 2020, en Lobo Suelto, disponible aquí.

2 Queda abierta la pregunta por la materialidad de este arte post pandemia. ¿Será que el arte, en este contexto de observación total de la vida a través de las plataformas digitales, deberá volcarse por completo a la virtualidad o, en forma de combate, verterse hacia el lado opuesto y corporizarse sin retroceso?

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Tania Puente es curadora, crítica de arte y traductora. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, y maestra en Curaduría en artes visuales por la UNTREF, Buenos Aires, Argentina. Escribe en diversas publicaciones nacionales e internacionales. Formó parte de la 10ª edición del Programa de Artistas de la Universidad Torcuato di Tella (2018-2019).

Marcos Krämer es poeta, ensayista y licenciado en historia del arte por la Universidad de Buenos Aires. Desde 2017 es curador en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. En 2016 publicó Un reflejo en la penumbra (Milena Caserola, 2016) y en 2018 el libro de poemas Mínimo, Vital y Móvil (Santos Locos, 2018).