Arte

Lost Highway de David Lynch


Por Abel Cervantes

 

 

David Lynch es un cineasta extraordinario: ha creado un mundo propio valiéndose de imágenes aterradoras. El director estadounidense, que cumplió el lunes pasado 68 años, además ha dialogado con otras disciplinas artísticas, como el diseño, la moda y la música. Para conmemorar su aniversario me gustaría detenerme en una de sus películas más emblemáticas, Lost Highway (1997), que, junto a Mulholland Drive (2001) e Inland Empire (2006), forma la trilogía de lugares de Los Ángeles.

Protagonizada por Bill Pullman (Fred) y Patricia Arquette (Renee), la película cuenta la historia de un hombre que vive dos realidades. Fred es un jazzista que luego de asesinar a Renee, su esposa, se convierte en un joven confundido (Pete) que deambula por la ciudad. Como si su destino fuera amar a la misma mujer, aunque en una realidad alterna, conoce a Alice (interpretada igualmente por Patrica Arquette). Sin embargo, al final de la cinta recobra su forma original y se convierte nuevamente en Fred. La película exhibe una estructura parecida a una cinta de Möbius: cuando está a punto de finalizar da un salto y se integra de nuevo al principio. ¿De qué manera lo hace? Al inicio Fred se encuentra dentro de su casa, alguien llama por el interfón y le comenta: Dick Laurent está muerto. En el desenlace Fred huye de la policía luego de asesinar a un hombre. De pronto se detiene en su casa y llama al interfón para repetir las mismas palabras. Pero esta paradoja espaciotemporal no es la única. En una fiesta, Fred conoce a un hombre extraño que se acerca a saludarlo. Luego de un primer acercamiento le comenta que ya se conocían. Fred le pregunta: “¿en dónde?”. Y el hombre le responde: “En su casa, ¿no recuerda?, ahora mismo estoy ahí”. Para cerciorarse Fred llama por teléfono y la persona que contesta es el mismo con el que habla en la fiesta en ese momento.

David Lynch consigue en Lost Highway proyectar una atmósfera pesadillesca. Sin embargo, con Inland Empire, grabada en formato digital, alcanza mejores resultados. La textura del digital, convertida luego a 35 mm, produce que las imágenes parezcan desaliñadas y hasta cierto punto ásperas, como si formaran parte de una terrible alucinación onírica. Esta estética es uno de los rasgos distintivos de uno de los autores más trascendentes de las décadas recientes.