Arte

Los colores del destino


Por Abel Cervantes 

 

 

Los colores del destino (Upstream Color), segundo largometraje de Shane Carruth, relata la vida de Kris (Ami Seimetz), una mujer inoculada por un bicho. El resultado de este acontecimiento: alucinaciones, desconciertos y, finalmente, zombificación. La protagonista es despojada de su dinero y sus pertenencias. Y nunca logra recuperarse mentalmente del ataque. Posteriormente, encuentra a un hombre (el propio Shane Carruth) que ha sufrido algo parecido. Desde entonces se empeña en desenmascarar al culpable y hacerlo pagar. Sin embargo, el segundo largometraje del director estadounidense recurre a una estructura radical para contar estos acontecimientos. Las imágenes se yuxtaponen sin obedecer a una lógica narrativa. Actúan, en cambio, en concordancia con los sentimientos de la protagonista. De esta manera, el espectador experimenta sensaciones parecidas a las de ella, pero a través del montaje de las imágenes. Me explico. Durante los primeros 20 minutos la cámara se mueve agitadamente, los cuadros proyectan colores brillantes y los diálogos son escasos. Igualmente, al final, la mujer superpone las siluetas de los personajes pero en escenarios distintos a los que se encontraban originalmente. Junto con un estimulante trabajo sonoro (que acaso se vincula con los movimientos del culpable de los ataques, interpretado por Andrew Sensenig), la yuxtaposición de las imágenes funciona para que el espectador sienta la misma confusión mental de Kris. Esta estructura narrativa, arriesgada, esconde debajo al menos un par de historias interesantes: una relación amorosa entre ambos protagonistas y los excesos del capitalismo. Shane Carruth es responsable de la dirección, la música, la edición, el guión y la fotografía de una de las propuestas audiovisuales más temerarias y estimulantes de los tiempos recientes.