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Las publicaciones culturales: esa crisis también es nuestra, por Christian Gómez


Por Christian Gómez / @_christiangv | Junio, 2016 

Aunque por momentos no lo parezca, este texto está motivado por una pregunta acerca del estado de las publicaciones artísticas y culturales: el punto de partida, que me gustaría desbordar, es la preocupación acerca de la posible crisis de las revistas impresas ante el avance de las digitales. No tengo una respuesta para ello, desde luego, pero sí la urgencia de señalar que la crisis no es privativa de este ámbito y que reconocerse en la histeria colectiva acerca del estado de los medios de comunicación podría ser, de hecho, provechoso en algún sentido.

Hace una década, como estudiante de comunicación con una orientación en periodismo, empecé a notar una serie de preguntas binarias. Más que para entender procesos o problemáticas de manera integral, los cuestionamientos parecían formulados para buscar respuestas reconfortantes ante la ansiedad de los cambios (“sí” o “no”): ¿acabará Internet con los periódicos impresos?, ¿el libro digital terminará con la cultura del impreso?, ¿nos hace Internet más democráticos? Algunos más osados planteaban las preguntas en términos adivinatorios: ¿cuál será el futuro de los suplementos culturales?, ¿qué competencias debe tener el periodista del futuro?

Los hechos han exigido replantear varias de ellas en términos más complejos y específicos. En un momento donde ambas posibilidades coexisten, la digital y la impresa (en una crisis económica sin distinciones), al tiempo que los periódicos y revistas recortan pulgadas, páginas y ejemplares a sus tirajes, hay materiales concebidos para Internet que se están imprimiendo en antologías. Mientras el espacio de libertad que suponía Internet está siendo cada vez más controlado por las corporaciones y los gobiernos (incluidos, desde luego, los medios), hay publicaciones independientes que ven en volver a modestos impresos una posibilidad de encuentro. En otro proceso, por ejemplo, Amazon está abriendo librerías (con libros impresos). Lo que pretendo plantear con esto es que la reconfiguración del sistema de medios no tiene una ruta desde el presente hacia un idílico futuro por un sendero digital. Ya podemos vislumbrar que las transformaciones no se dan per se con los medios sino que hay personas detrás de ellos con muchas preguntas; personas inmersas en este modelo económico y que son quienes están asumiendo los costos (no los dueños, obviamente).

Los más grandes trabajos periodísticos recientes están dando cuenta de que no serían posibles sin la colaboración ni los recursos digitales o la gran investigación (que cuesta y mucho), pero lo que los hace posibles no es un asunto técnico solamente sino de una agenda de incidencia en la vida pública. Una vez que reconozcamos eso, podemos empezar a repensar el entusiasmo o el alarmismo mediático para ocuparnos de los procesos y sus detalles. De los cómos. Por ejemplo, que el entusiasmo que está echando a miles de periodistas “del pasado” a la calle para contratar a “periodistas multimedia del futuro” (con teléfonos inteligentes, como decían algunos de mis maestros) es sobre todo una maravilla en términos empresariales: hacer, por el mismo y siempre miserable sueldo, un trabajo para la versión impresa, Internet, televisión y hasta radio, como los actuales conglomerados mediáticos exigen. Por otra parte, la tiranía de los clicks está convirtiendo a la mayoría de los medios en espacios triviales donde lo que importa no es la investigación, los contenidos o la reflexión, sino el tráfico de visitas que atrae también a la publicidad. En otras instancias como la editorial, hay a quien entusiasma que los libros se puedan escribir con base en exigencias del mercado.

Así, aunque se asuman con un pedigrí intelectual distinto, las publicaciones y escrituras sobre arte y cultura en los medios de comunicación (el periodismo, la crítica y otros géneros intermedios) forman parte de ese entramado. Ya se trate de los suplementos sobrevivientes y las acechadas secciones de cultura en los periódicos –siempre en las últimas páginas y a disposición de los departamentos comerciales para quitar un texto y poner un anuncio a última hora–, de las revistas –que pagadas por una institución pública o un privado, se pueden cerrar sin más una semana antes de la quincena– o publicaciones digitales especializadas, comparten con los otros medios la tarea de disputar que siga existiendo una vida pública en la que las agendas de los medios no se vean determinadas por el gobierno, la iniciativa privada o los clicks. Es una cuestión democrática. La aceleración nos ha nublado la vista acerca de ese gran asunto.

Hay que decirlo: en las publicaciones que se ocupan del arte y la cultura también puede verse la cultura de la lista, el aquí te decimos cómo, el minuto a minuto, el click necesario. Y, más allá de lo digital y lo impreso, quienes sostienen la aceleración, la producción constante de contenidos (La Turbina Informativa, para citar a un directivo de un importante periódico nacional) son los colaboradores. Si famosos periodistas abren medios digitales en los que pagan $400 pesos mensuales a estudiantes por 6 horas diarias de entusiasmo (un asunto global, sí), o los periódicos líderes de México inventan plazas de “medio tiempo” (de 7 horas) con medios sueldos para egresados que dan combustible a la turbina, en las publicaciones culturales se paga con afecto y con el prestigio de ver el nombre propio bajo su sello.

La historia del periodista mendigo es también la de quien escribe sobre cultura. Son familiares los: Fundé mi medio, te invité a escribir porque empezamos con amigos, por ahora no estamos pagando, pero bueno, estamos levantando la revista, esperamos que pronto salga el dinero, estamos viendo lo de los anunciantes, mándame tu texto ya luego vemos lo de la factura, mañana te deposito. Los editores y contadores, que reciben virulentos correos de parte de los colaboradores, están en la misma balsa: haciendo malabares con presupuestos nimios y, literalmente, cada día con menos personal. ¿Es que debemos aceptar esto?

No. Empecemos por reconocer que, de papel o digitales, las publicaciones de arte y cultura se encuentran también en el horizonte de la crisis mediática actual. Que ninguna discusión sobre las escrituras sobre arte (por más desdén que muchos agentes del sistema artístico sientan por el periodismo) puede eludir esta dimensión pragmática.

¿Por qué? Porque mirar hacia esa discusión que no es ajena nos hará volver con otros ojos a las preguntas. Porque los medios que están haciendo el trabajo más interesante están descubriendo o construyendo las condiciones para pensar en otras formas de financiamiento (y sus diferentes implicaciones) para asegurar la independencia editorial, de concebir los contenidos, de pensar su rol en lo público.

De no superar la negación a priori acerca del dinero público y las fundaciones, en Colombia, por ejemplo, no existiría Errata; de no negociar con los grandes medios, en España no existiría Jot Down Magazine. Hay que explorar modelos. No me parece osado pensar en que el lector pueda pagar algunos contenidos porque se trata de bienes (la suscripción en línea de Reforma cuesta para que no sean los papás de los recién egresados de periodismo quienes financien los periódicos que presumen tener la mayor cantidad de visitas), etcétera. Los colaboradores no tendríamos que pagar por que existan las revistas. La discusión pública no debería estar únicamente patrocinada por la buena onda, por los afectos, por la promesa del prestigio. No mientras los proveedores de Internet, electricidad, de computadoras, cigarros y café, que hacen posible éste y cada texto que se publica, no los reciban como pago.

La discusión sobre las publicaciones culturales, en los medios que las alojen, no debería perder de vista esto. Tampoco que la última década, o más, hemos perdido el tiempo con la prisa. Sólo la pausa, dice Gustavo Buntinx, será revolucionaria. Menos click y más clock, sugieren ya algunos: consigamos calma para pensar y discutir. Que publicaciones como Arquine, La Tempestad, GASTV, Horizontal, y algunas más próximamente, abran también otros espacios de pensamiento (y financiamiento) más allá de sus páginas, es algo que tenemos que celebrar y apoyar. Lo que está detrás de todas estas preguntas es la discusión acerca de la esfera pública o su control por el pasmo, por la publicidad, por el gobierno, por las relaciones públicas. Tenemos que actuar, como lectores y participantes, en consecuencia.

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Christian Gómez es comunicólogo y estudiante de la maestría en Historia del Arte en la UNAM. Fue editor de arte de La Ciudad de Frente. Ha participado en proyectos de mediación educativa. Es escritor e investigador independiente. Forma parte del Taller de Anacronismos.

*El contenido publicado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.