Arte

La vida de Adèle, una película sobrevalorada


Por Abel Cervantes 

 

 

La Muestra Internacional de la Cineteca es irregular. Por un lado proyecta filmes experimentales y arriesgados; por el otro, ofrece cintas monótonas o tradicionales. Este año presenta a la ganadora de Cannes: La vida de Adèle, de Abdellatif Kechiche, una película sobrevalorada y tediosa.

Adèle (Adèle Exarchopoulos) es una adolescente que está explorando su sexualidad. Y en esta búsqueda sostiene relaciones con hombres y mujeres. Sin embargo, decide afianzarse con Emma (Léa Seydoux), una joven de principios firmes y personalidad desafiante. La película se concentra en retratar los encuentros de ambas chicas a través de una plasticidad deslumbrante y un ritmo de montaje espléndido. No obstante, carece de criterio narrativo. En lugar de preferir las elipsis,  excede en las dilaciones. De esta forma, algunos pasajes se convierten en largos planos que se regodean en una supuesta búsqueda lírica con pocas o nulas consecuencias en la historia. De tal forma que, en los primeros encuentros amorosos de Adèle y Emma, la película ocupa una parte importante en registrar el arrebato y la fascinación de los movimientos de sus cuerpos. Pero unos instantes más tarde repite el recurso sin ninguna justificación. (Hasta ese momento La vida de Adèle podría pensarse más en una cinta porno para lesbianas que en una exploración estética de las emociones.)

A pesar de lo anterior, la producción, las actuaciones y la fotografía son magníficas. La cinta también acierta en enlazar los intereses artísticos de los personajes —Emma es una pintora provocativa que realiza sus obras a contracorriente de las presiones del mercado— con los escenarios.

La razón por la que La vida de Adèle —cuyo nombre completo está acompañado por un subtítulo: Capítulo 1 y 2, la belleza, el dolor y la pasión— ganó la Palma de Oro es sencilla. Steven Spielberg, conocido por impregnar al cine de cursilería y sentimentalismo (basta recordar el final remilgado de Inteligencia Artificial), fue el presidente del jurado. Por lo demás, a esta cinta le hubiera beneficiado acortar su título. Quizás si se hubiera llamado La vida de Adéle. Medio capítulo de  pasión sería suficiente. Y claro, ser consecuente con ello en la puesta en imágenes.