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La verdad más íntima de México, por Balam Bartolomé


Julio, 2019

I

—Yo, señor, pregunte usted a quien quiera, digo las cosas una sola vez.
Se recostó en la silla de playa y se puso a preparar lo que treinta segundos después fue un escupitajo de concurso contra las hojas del geranio. Cuando acabó de contemplar como la saliva descendía en turbias hebras brillantes de hoja en hoja, se volvió a mí como si nada notable hubiera sucedido.
—Usted sabe –dijo– y si no lo sabe es tiempo de que sepa, que lo más barato del mundo es el talento.
Hoy, octubre setenta y cinco. Punto.
Pensé: “Que no se me olvide esto, es magnífico”, y alcé las cejas cuanto pude.
Él gozó de mi asombro.
—Siií, el talento. Eeeso que tiene usted detrás de la frente y que lo trae tan orgulloso, es mierda. La mierda más barata que hay en el mundo…[…]
Ricardo Garibay, Diálogos Mexicanos

La relación entre arte y poder se da casi siempre en condiciones desiguales, en picada, bajo negociaciones desventajosas y displicentes. Muchas veces a partir de la coacción, perpetrando un orden estructural donde al creador se le exige mucho, recibiendo poco. Al trabajo artístico se le evalúa como un producto necesario, aunque de bajo costo. Desde la renuncia del primer director del Fonca, a solo un par de meses de iniciada la actual administración, hasta las desafortunadas declaraciones de la senadora Jesusa Rodríguez, las noticias alrededor de la política cultural del nuevo sexenio se acumulan de modo irrefrenable.

Cada nueva declaración oscurece aún más el escenario, de por sí en penumbra, evidenciando la propuesta amorfa del aparato cultural, que parece desmoronarse como un mazapán en el bolsillo. La situación es tal que al día de hoy no es posible determinar, ya no digamos estrategias, sino puntos de partida. Debajo de la lona de esta crisis se asoma el busto de la cultura nacional, enmohecido tras años de inmovilidad. El sedentarismo operativo del Fonca permitió puntos flacos desde donde era relativamente fácil vulnerarlo.

Por ello, no sorprende la hostilidad que desde el Estado se ha hecho manifiesta hacia los beneficiarios de sus programas, lo que ha llevado, incluso, a que el presidente López Obrador se permita establecer una definición de cultura “legítima”, la de los pueblos originarios, definiéndola como “la verdad más íntima de México”; la única que, en su miopía, merece ser apoyada. Esta limitada comprensión excluye la posibilidad de que otras expresiones culturales existan por méritos propios, y sí gracias al dispendio palaciego permitido por administraciones pasadas, las perversas “mafias del poder”. Esta percepción soberbia enarbola argumentos injustificables en términos históricos. Sin embargo, hay que reconocer que, más allá de los beneficios y resultados que han proporcionado los apoyos del Fonca, el organismo se volvió un proyecto que acabó gravitando de modo autorreferente.

La relación entre la comunidad artística y las instituciones encargadas de administrar los recursos culturales tiene una larga historia de codependencia, donde se comparten por igual logros, fracasos y responsabilidades. La crisis cultural que atravesamos plantea diversos cuestionamientos alrededor de la concepción que en México se tiene de la cultura y la relación entre aquellos que la producen, los que la administran y quienes la consumen.

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), ahora Secretaría de Cultura, se funda en un momento histórico particular, cuando Carlos Salinas de Gortari es investido presidente bajo la sombra de un presumible fraude electoral. El Plan Nacional de Desarrollo propuesto por su gobierno incluía al Conaculta como parte de un proyecto de modernización político y económico que entretejería una urdimbre que permitiera al nuevo gobierno proyectarse como aquel que abriría las puertas de México al palacio del primer mundo. Emulando otras políticas culturales que han utilizado el arte con fines políticos —el caso del expresionismo abstracto durante la Guerra Fría, o la realización de la Bienal de la Habana, por citar ejemplos opuestos— la política cultural del salinato fue consciente del papel que el arte representa en la proyección del Estado.

Ejemplo de esto fue, en 1990, la exposición México: Esplendores de 30 siglos, muestra itinerante por varios museos de Estados Unidos, incluido el Museo Metropolitano de Nueva York, donde se exhibió el amplio espectro artístico de nuestro país, desde la época mesoamericana hasta el siglo XX. La exposición hizo las veces de alfombra cultural del Estado mexicano, una estrategia diplomática que bosquejaría una imagen de respetabilidad y admiración, al tiempo que abonaría el terreno con miras a la firma del Tratado de Libre Comercio, la corona del sexenio salinista, en 1994.

Bajo ese mismo discernimiento, aunque con una prospectiva interior, se crea el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), con la intención de estimular la producción artística nacional más destacada y, de paso, edificar la imagen de un Estado espléndido con sus creadores. Este modelo generoso, aunque imperfecto, ha estado en funciones durante treinta años. Dentro de sus beneficiarios se encuentran artistas de múltiples generaciones, entre los que me incluyo. No caeré en el dicho compasivo que argumenta que sin estos subsidios la producción artística “no hubiera sido posible”, pues estoy convencido de que la obra se hace y trasciende independientemente del apoyo institucional, aunque tampoco hay duda de que, gracias a su existencia, muchos proyectos significativos pudieron llevarse a cabo.

Tanto comunidad creadora como institucional han sido beneficiadas de ello, en términos en económicos y simbólicos. Sin embargo, evaluar lo último a partir de la estadística y exponer públicamente a los creadores como se ha venido haciendo es un error y un acto de intimidación que deriva en un tramposo juicio moral. Bajo este criterio chato, el capital simbólico contenido en el arte resulta ser moneda de baja denominación. Más allá de evaluaciones superficiales, no deja de sorprender el desdén gubernamental hacia la posición de contención política que juega la cultura dentro de la construcción del país, lo que viene sucediendo, para bien y para mal, desde hace más de un siglo.

Pensando en estos términos, ¿no sería más conveniente, para los fines del aparato político, mantener vivo el deseo del apoyo desde la incertidumbre casi religiosa, de la esperanza? Aún intentando ver el panorama desde el catalejo político más arcaico, desconcierta tal ignorancia histórica. El flujo de recursos destinados a la cultura, de por sí mínimos, no se compara con la recuperación de la inversión en términos simbólicos. Tal desaire solo podría justificarse desde la lógica de lo que podría llamarse una egocéntrica política influencer, que es la que parece predominar, donde la conciencia histórica comienza a partir de lo que yo conozco o, para estar a tono con los tiempos, a partir de “mis propios datos”.

Así pues, que el Estado destine recursos al desarrollo y promoción de las distintas manifestaciones artísticas no está a discusión. No es un regalo, ni una dádiva, ni un rescate, ni un sacrificio. Es una obligación, pues el Estado no “regala”, sino que administra recursos comunes. De esta relación se obtendrán beneficios sustantivos. Lo imperativo es precisar las condiciones bajo las cuales se dará ese intercambio.

II

[…] —Usted se ríe, pero sabe que es cierto. Nosotros estamos hablando aquí ¡y yo estoy perdiendo el tiempo con usté! Porque le voy a comprar a precio ridículo cuanta idea pueda ocurrírsele o cuanta cosa le vaya yo descubriendo detrás de los cabellos. ¿No me cree?
—Por supuesto, don Fernando, le creo.
—Ah bueno, ya va siendo tiempo que vaya sabiendo a qué atenerse. Porque usté quiere ser escritor ¿no es así? Eso me han dicho, que usted ya quiere ser escritor.
Pensé: “Calma, calma”. Me oí decir “sí”. Él quería oír: sí.
Su voz se hizo suave. Su mirada, interminable, paternal. […]
Ricardo Garibay, Diálogos Mexicanos

¿Cuál es entonces el papel que debemos asumir ante este panorama hostil? En primer lugar, correspondería hacer una evaluación interna, una lista negra sobre las circunstancias que originaron esta crisis y reflexionar sobre las dinámicas involucradas en la producción, distribución y consumo de bienes culturales.

El problema no estriba a estas alturas solamente en el sistema de subsidios, sino en la depreciación social del conocimiento. La estigmatización de la comunidad artística y la crisis de credibilidad que la acompaña atañe a los artistas con o sin beca, y está determinada por un perfil donde lo cosmético se impone sobre lo reflexivo. La responsabilidad, como ya he dicho, es compartida.

En el caso de las artes visuales, involucra al sistema de museos y las distintas plataformas que existen para mostrar el trabajo de quienes se dedican a la práctica artística. Tal relación parece inexistente o se da en forma insular. Esta falta de comunicación da pie a una percepción de dispendio, pues son pocas las posibilidades de hacer pública la obra, lo que conduce a la invisibilidad de los proyectos y su evaluación negativa en términos sociales. Si no se hizo público, no existió; ergo, el recurso se fue a la basura.

Toca pensar sobre cómo resolver esta incomunicación, procurándola de forma horizontal, sin pensar que la existencia del artista se da únicamente partir de la institución o del subsidio, un condicionamiento propio del razonamiento capitalista, donde la competitividad sirve al mercado y su lógica antropofágica, donde uno solo existe cuando es reconocido y consumido por un tercero, ya sea el público, la institución, el curador, el galero, el coleccionista, etc. Una solución de muchas podría ser el destinar un porcentaje de las exposiciones de los museos a exposiciones resueltas por convocatoria pública, ajustándose al perfil de la institución y evaluada por un grupo de especialistas ajenos a la misma.

No se trata de que la institución cultural “rescate” al arte, enarbolando un estandarte salvador (una maniobra más parecida a la del autosecuestro). Se trata de reconocer en la cultura una herramienta fundamental para la recuperación del país, una que permite hacer frente a la indefensión de un territorio herido, el cual quedaría todavía más vulnerado ante la imposibilidad de empatía, reflexión y contrapuntos que permite el arte. No se puede consentir que se deje a la intemperie a la comunidad artística, mientras se beneficia a cúpulas culturales con megaproyectos narcisistas o cuando se destinan recursos a capricho, como la promoción del deporte favorito del presidente.

La verdad verdadera más íntima de México es que seguimos operando y produciendo cultura bajo una estructura piramidal, donde empezamos como jóvenes becarios y vamos perdiendo perspectiva de nuestra propia búsqueda al tiempo que nos vemos obligados a depender y formar parte de esa construcción, donde ascender se vuelve cada vez más complicado. Este problema es de fondo, la imposibilidad de funcionar de manera horizontal.

Aunque el arte está ligado directamente a patrones de consumo, quiero pensar que todavía puede generarse de manera independiente, sin llegar a ser periférico ni alienado, sino al contrario, en concordancia justa con las instituciones, lo que permitirá que el pensamiento artístico pueda estar en correspondencia con un público reflexivo, que no se conforme con placebos estéticos ni estímulos inmediatos y que no demuestre su interés a base de selfies, exposiciones blockbuster o best-sellers.

Nada de esto es tarea fácil. Para que suceda tienen que compartirse responsabilidades entre institución, artistas y público. Solo así se podrá reajustar el papel del arte y reconocer su aporte al imaginario crítico del país. Si hay algo rescatable de todo esto es la forma en que personajes e instituciones han evidenciado sus fobias, intereses y carencias, lo que permite combatirlas con estrategias y planteamientos inteligentes; también, la existencia de una comunidad cultural consciente, activa y combativa, con capacidad de organización para exigir y defender condiciones justas para desarrollar su trabajo, sin ánimo de reorientar el discurso hacia el abrevadero indigno de la lisonja, la alocución legitimadora y la ilustración institucional.

El escenario invita a reflexionar sobre lo que se exige, lo que se recibe y lo que se da, considerando por principio que la cultura no se construye de manera unívoca, sino a partir de una estructura compleja, una hoguera cuyo humo es producto de la combustión de muchas leñas. La nuestra tiene la virtud particular de absorber y transformar las múltiples intervenciones políticas y culturales que se han ejercido sobre su territorio, violentado durante siglos. Es momento de que los artistas ejerzamos este poder transformador. Ello hará posible una producción cultural sólida y solidaria que, parafraseando La suave Patria de Ramón López Velarde, “inaccesible al deshonor, florezca”.

Imagen: El Purgatorio artístico en el que yacen las calaveras de artistas y artesanos, de José Guadalupe Posada. Hoja volante, s.f. impresión tipográfica directa. Museo Nacional de Arte, INBA.

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Balam Bartolomé (Ocosingo, Chiapas) estudió Artes Visuales en la ENAP-UNAM. Beneficiario de la beca Jóvenes Creadores, de México y The Pollock-Krasner Foundation, de EUA. Su trabajo reflexiona sobre cómo las culturas contemporáneas se relacionan con su pasado. Actualmente coordina, en conjunto con el artista Antonio Monroy, el proyecto de residencias e investigación artística Tlatelolco Central-Bienal Tlatelolca.