Arte

La historia de WikiLeaks


Por Abel Cervantes 

 

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En los últimos años el género documental ha ganado relevancia. Pero un espectador poco crítico podría ver estas películas como investigaciones profundas, donde se recopilan datos, entrevistas, estadísticas, etc., para abordar informativamente un tema. Nada más alejado de ello. Aunque muestre una gran indagación, un documental no necesariamente estructura un mensaje coherente ni imparcial. Y ejemplos desafortunados brotan por millares. La mayoría de los trabajos de Michael Moore —Farenheit 9/11 (2004), Sicko (2007) o Capitalismo: una historia de amor (2009)— son tendenciosos. Otros exhiben además poca habilidad cinematográfica, como Mi vida dentro (2007) de Lucía Gajá, El general (2010) de Natalia Almada o ¡De Panzazo! (2012) de Juan Carlos Rulfo. Por fortuna existen casos distintos. Robamos secretos: la historia de WikiLeaks presenta uno de los acontecimientos más importantes recientes. Con un ritmo dinámico y a través de una perspectiva crítica, la cinta proyecta los sucesos más destacados alrededor de Julian Assange, desde sus primeros logros como hacker hasta el momento en que difundió un video estremecedor donde se ve un helicóptero militar estadounidense dispararle a un grupo de personas en Irak (entre los que se encontraban periodistas, hombres desarmados y niños), como si se tratara de un videojuego, o el escándalo amarillista desatado por dos de sus seguidoras al denunciarlo por supuestos ataques sexuales.

El documental toma lo mejor de la investigación y la ética periodísticas, entre ellas la exposición de los hechos desde distintas perspectivas o la confrontación de opiniones para no privilegiar solamente a una de las voces involucradas en los acaecimientos. Alex Gibney, responsable de otros filmes destacados como Enron: los tipos que estafaron a América (2005), Taxi al lado oscuro (2007) o Mea máxima culpa: el silencio en la casa de Dios (2012), exhibe un complejo mosaico que el auditorio debe ordenar. En ese sentido La historia de WikiLeaks carece de tonos didácticos, apelando a la inteligencia del espectador que, después de observar las imágenes probablemente llegue a una conclusión: las democracias son sistemas políticos poco eficaces que sin embargo han logrado engañar a sus ciudadanos echando mano de los medios de comunicación. Una pregunta queda por contestar: ¿cuándo despertaremos?