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La deficcionalización de la cultura libre Parte I, por Alonso Cedillo


Diciembre, 2019

El presente texto reúne las ideas que he venido trabajando desde hace 5 años en torno a cómo el internet transforma nuestra realidad económica, así como la necesidad urgente de encontrar una solución a la crisis del modelo económico que ha impuesto el maoísmo digital.

El antecedente base para entender nuestra realidad en la era informática parte de aceptar que el origen y la causa de su desarrollo son la industria bélica y la exploración petrolera. El internet, junto con las computadoras, llegaron a la vida civil rodeados de una niebla de guerra terriblemente espesa e invisible a la vez. Ésta ilustra lo contradictoria que es su existencia, misma que por comodidad preferimos mantener bajo la alfombra.

Todas nuestras tecnologías actuales como el Wi-Fi, el internet, telefonía satelital, el GPS y los radares, se relacionan directa o indirectamente con la invasión de Kuwait a manos de Iraq, y la guerra contra Saddam Hussein que desató la misma en 1990. El que muchos consideran el navegador rebelde por excelencia, Tor, fue hecho por el US Naval Research Lab para desatar la Primavera Árabe; Boston Dynamics es una filial de Google, e incluso podemos considerar a ENIAC como la madre de Silicon Valley.

Quema de los pozos petroleros de Kuwait, 7 de abril de 1991. Imagen: National Aeronautics & Space Administration

De las 194 naciones reconocidas por la ONU, 96 son petroleras, y de estas últimas, las únicas que se han visto beneficiadas son aquellas que han podido desarrollar una industria de guerra. En el caso específico de México, en 2007 agotamos el pozo Cantarell, considerado el segundo campo petrolero más grande del mundo. Hoy, cerca del 40% de nuestras reservas están en el pozo Chicontepec, mismas que no pueden extraerse pues no contamos con la tecnología suficiente, y por lo mismo, se ofreció como la joya nacional a las petroleras extranjeras a través de la fallida reforma energética.

Por ello, es imposible dejar de lado la relación entre el crecimiento económico mundial y el internet. Y aunque en apariencia podríamos llegar a creer que podemos prescindir de los cables, la realidad que estamos viviendo es otra, pues desde hace años estamos creando la red subterránea y submarina más grande que jamás se haya concebido gracias a la fibra óptica, el plástico y el cobre. Por otra parte, el internet no son más que computadoras hechas con materiales derivados del petróleo, en combinación con metales preciosos y semipreciosos.

Al tomar en cuenta que el internet depende de los recursos no renovables más preciados que tenemos, la gratuidad del mismo se torna incoherente, abriendo paso a la pregunta incómoda: ¿Quién está pagando por nuestra conexión?, y mucho más importante, ¿por qué alguien gasta dinero para que podamos estar en línea? La respuesta es porque el internet genera ganancias inimaginables, y por supuesto, porque necesita de millones de personas para funcionar.

El problema de amar a Mao

En 2006, Jaron Lanier acuñó el término «maoísmo digital», tras resaltar cómo al clasificar al internet como un ser capaz de pensar, y con un mensaje propio, estamos devaluando la capacidad y mano de obra de las personas. El maoísmo digital es el modelo económico actual en la mayoría de las empresas del internet, y se basa en hacerle creer a sus trabajadores que son un conjunto de usuarios que busca y obtiene diversión sin costo, cuando en realidad los está guiando a esclavizarse por voluntad propia.

El internet y los servicios cuestan, por lo que si tú no pagas por algo, puedes estar seguro de que alguien sí está pagando por conocer tu actividad e intereses. De esta manera, una plataforma que no cuesta no nos define como usuarios, sino como productos. Hoy vivimos en una contradicción andante y naturalmente distintos sectores comienzan a estar en crisis.

Lobby de las oficinas de Facebook en Palo Alto
Coolcaesar para English Wikipedia [CC BY-SA 3.0]

Un ejemplo claro es la prensa escrita, que a diferencia de la televisión y vídeo, posee un sistema de pautas publicitarias que carece de la efectividad que tienen los medios audiovisuales. Quienes han logrado adaptarse son aquellos que ya contaban con una cartera de suscriptores, previa a la digitalización, pero este hecho no los hace ser enteramente sustentables. A la gente le cuesta pagar por consumir noticias, y al no tener capital, los periodistas y escritores de las mismas no ganan lo suficiente, al tiempo que los sitios se ven forzados a comprometer sus contenidos y/o a sus suscriptores.

Compartir un PDF puede parecer algo maravilloso, pues quien lo comparte gana prestigio y legitimación mientras quienes lo reciben ganan saber. Quienes no obtienen retribución alguna son los autores, y es aquí cuando empezamos a tener problemas éticos. Podemos hablar de que el compartir el trabajo de terceros les genera difusión, pero ésta no evita una crisis, pues la difusión no es una fuente de sustento para nadie. Si nosotros no pagamos por el conocimiento que recibimos, ¿cómo podemos esperar que alguien nos pague por nuestro conocimiento?

Como mencioné en un principio, no podemos olvidar que las tecnologías que han permitido el desarrollo del internet como lo conocemos el día de hoy viene de la explotación petrolera y de la industria militar. Sin embargo, quienes han dado forma al internet civil son sus usuarios. En un inicio, ideas como los creative commons y el open source se presentaban como viables. El problema es que el internet no excluye a nadie, y esto incluye al post-capitalismo.

Napster revolucionó la manera en que consumimos música y archivos. Hoy, salvo que tu adolescencia se diera cerca del año 2000, este nombre no te dice nada. Sin embargo, usas su modelo a diario. Una década después, Grooveshark creó el modelo de streaming en música y el de los perfiles de artistas. Al igual que Napster, fue objeto de demandas para provocar su cierre, mientras que Apple Music y Spotify se han enriquecido con su trabajo. La razón principal es que a Napster y a Grooveshark no les interesaba generar riqueza, sino compartir contenidos, y el capitalismo ve este terreno como desperdiciado, tomando la decisión de embargarlo.

Así, si nosotros consideramos estar en la cara de la moneda opuesta a al post-capitalismo, podemos ver que el problema principal se encuentra en que dicho modelo sí utiliza nuestros esquemas y estrategias, mientras que nosotros nos negamos a utilizar los suyos. Mucho tiempo creímos que la solución estaba en la publicidad, pero al ver cómo se militarizó la minería y extracción de datos, Silicon Valley se dio cuenta que eran un mucho mejor negocio que las pautas. Genuinamente creamos algo más grande de lo envisionado, y se desató una carrera por sacarle el mayor provecho posible.

El problema con el maoísmo digital está en que diluye la autoría al tiempo que concentra las ganancias en lugar de repartirlas. Por lo mismo, desatar una crisis es inevitable. Posiblemente, dos de los gigantes de este modelo, Linux y Google, no existirían si no hubiesen utilizado en su mayoría mano de obra no remunerada. Pero esto no quiere decir que la situación no deba cambiar.

En 2016, de acuerdo a su Forma 990, los bienes totales a principio del año para The Linux Foundation fueron 27 millones 690, 067 mil dólares. Para el término del mismo ascendieron a 39 millones 714, 654 mil dólares. Con 40 horas de trabajo a la semana, es decir, 8 horas diarias, a James Zemlin, CEO de The Linux Foundation, le correspondieron 588, 200 dólares como reparto de utilidades. Esto nos permite ver que Linux no es una empresa hippie que busca crear un sistema operativo estable y gratuito, sino que es una empresa multimillonaria de Silicon Valley.

Al mismo tiempo, todo los hackers y programadores que han perfeccionado Linux, únicamente han recibido el sistema operativo como pago. Pido por favor no malinterpretar mis palabras, yo amo a Linux, de la misma manera en la que amo a Google, Apple, Facebook, Instagram y Microsoft. No creo que ninguna de estas compañías, ni que Silicon Valley necesiten ser castigadas. Simplemente, sin importar si han sido triunfos o fracasos, las cosas no salieron conforme a lo planeado.

Es natural que el maoísmo digital nos encante, pues es extremadamente cómodo y está diseñado como un dispositivo de seducción. La cuestión es que dicha comodidad cobra un costo altísimo, pues nos condena al desempleo mientras transforma nuestras ocupaciones en hobbies, cuando no habría necesidad de hacerlo. El volver a la cultura libre la libera de todo, y esto incluye liberarla de remunerar a quienes la producen. Lo que inevitablemente nos lleva a la ruina. La realidad es que éticamente, la cultura no puede ser libre, debe de costar y debemos entender que es lo justo.

A la par del maoísmo digital, en el internet ha surgido el esquema de los nanopagos. Esto lo podemos ver en servicios como Spotify, Apple Music, Netflix, Hulu o Amazon Prime. Estos servicios son la prueba de que pagar por las cosas genuinamente las mejora, genera empleos y por supuesto también produce más capital. La crisis se torna más grave cuando vemos que los trabajos que han generado los modelos digitales que no son parte del maoísmo digital, son transitorios.

Por ejemplo, los autos que se manejan solos ya son una realidad, igual que las entregas con drones. Empresas como Uber y Amazon, que han empleado a miles de personas que habían perdido sus trabajos, eventualmente no necesitarán de este tipo de trabajadores, por lo que los mismos volverán a quedar desempleados. La diferencia es que si nuestra actividad en línea no comienza a ser remunerada, nadie podrá ganar dinero en un futuro, lo cual conduce inevitablemente a la desaparición de la clase media.

Foto: Cortesía del artista.

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La obra de Alonso Cedillo (n.1988) se desarrolla en distintos medios como pintura, escultura, video, gráfica y programación. Su producción explora las relaciones que establecemos al conectarnos a internet, de manera diaria, a través de computadoras y dispositivos móviles. Su trabajo se ha presentado en el donaufestival en Krems, Austria; Transitio_MX en la Ciudad de México; y el festival NRML en Monterrey.