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Hello, una colaboración internacional a distancia


 

Con un proceso de composición a distancia propiciado por la tecnología, la coreógrafa australiana Rebecca Hilton colaboró con el grupo sonorense Producciones La Lágrima, dirigido por Adriana Castaños. La coreografía resultante se llama Hello, trabajo que pretende romper las barreras tradicionales, impuestas por la escena, entre el espacio del intérprete y el del espectador.

Dentro de la temporada Otras Latitudes, que expone al público de la Ciudad de México las propuestas coreográficas del interior del país, Hello se presentó del 2 al 4 de agosto en el Teatro de la Danza. Una de las intenciones más fuertes de la pieza es ofrecer un acercamiento más íntimo con los bailarines, desde el punto de vista físico pero también personal.

 

 

La colaboración internacional entre Hilton y Producciones La Lágrima se dio por Skype, Facebook, YouTube, Vimeo, correo electrónico, teléfono, mensajes de texto y trabajo presencial. Tanto el proceso de composición coreográfica como la puesta en escena intentan acortar las distancias, uno de los ejemplos de tal propósito es la invitación al público de subir al escenario desde que entra a la sala del teatro.

Hello se estructura en dos partes principales. En la primera de ellas el espectador rodea cuatro territorios cuadrados que habitan los bailarines: Jessica Félix, Emanuel Pacheco, Alejandra López-Guerrero y Marco Iván Ochoa. Al interior de estos espacios suceden acciones de forma simultánea que permiten hallar rastros de la personalidad de cada uno de los intérpretes. Una masca chicle mientras baila, otro come pastel de chocolate, una más se ejercita con abdominales y otro escucha y canta canciones de dominio popular.

 

hello

 

En la segunda parte el público desaloja el espacio escénico para ocupar sus butacas. Los bailarines comienzan a ejecutar secuencias de movimiento más homogéneas, mientras se proyecta en una pantalla el resultado de una encuesta sobre su postura política, sus sentimientos, deseos y manías, entre otros tópicos que siguen indagando para evidenciar que no son solo cuerpos o instrumentos sino individuos dentro de la colectividad y el escenario.

A pesar del esfuerzo que Hilton emprendió al cuestionar el espacio de representación tradicional, no logra romper las fronteras. En su pieza, los bailarines siguen estando enfrascados, casi en una especie de vitrina o exhibidor, sin importar la cercanía con el público. La inclusión del espectador en la escena también resulta torpe pues se emplean técnicas como platicar o invitarlo a comer o bailar o tomarle fotos, un tanto predecible y, por momentos, una experiencia caótica por las decisiones de sentido espacial.

 

– Silverio Orduña