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Fuentes Rojas: zurcir la memoria, por Andrea Bravo


Septiembre, 2019

Mientras bordan las mujeres hablan,1 discuten sobre cosas aparentemente menores como recetas de cocina, amores que no fueron y estrategias de sobrevivencia cotidiana. Las puntadas de la experiencia íntima de cada una se lían con el imaginario de las demás para ir componiendo el mundo colectivamente y de otras maneras. Inmediatas, prácticas, efectivas, empáticas. 

Bordar implica compartir el tiempo y enmarañar complicidad con una misma y con las otras. El momento es íntimo y vital, está inundado de respiraciones, introspección y el aroma del café. En ese tiempo las mujeres marcan con hilos e historias servilletas y batitas de preescolar que cubren los cuerpos de niñas y niños que juegan en el recreo y las tortillas de todos los días.

Para las mujeres que bordan, por placer, porque sí, las jerarquías de oficios y artes no aplican porque bordar es apropiado, beneficioso y útil para una misma pero también para los demás. La práctica del bordado es autogestiva y democrática. No requiere de conceptos complejos: las ideas se elaboran a partir de texturas que surgen de una inteligencia sensible. Lo que se dice en el bordado es legítimo porque es una extensión de la subjetividad de la persona que sostiene la aguja. Así sin más, sin necesidad de argumentos académicos o institucionales.

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En abril de 2011, frente a la escalada apabullante de violencia, muertes y desapariciones en el país, artistas y habitantes de la Ciudad de México convocaron a una acción pública como respuesta colectiva, organizada y pacífica ante la situación. Así, Paremos las balas, pintemos las fuentes propuso pintar el agua de las fuentes de la ciudad de color rojo para representar la sangre de las personas asesinadas durante la guerra contra el narcotráfico. Meses más tarde, algunas de las personas implicadas en esta actividad fundaron el colectivo Fuentes Rojas con la intención de continuar con una serie de acciones similares en el espacio público para manifestar la preocupación y compromiso ante la crisis humanitaria.

Intuitivamente el colectivo de mujeres y hombres encontró en el bordado una vía para escuchar, construir y sostener una conversación significativa sobre una situación que duele tanto, que a veces se evade. En el hacer mismo descubrieron las posibilidades del bordado: su capacidad de sostener con hilos la esperanza, zurcir la memoria y transformar la realidad. Bordar entonces se convirtió en una necesidad.

Desde ahí Fuentes Rojas arrancó con la iniciativa Bordando por la paz y la memoria. Una víctima, un pañuelo. Desde hace ocho años (este mes es su aniversario 🎈) las y los integrantes de Fuentes Rojas2 se juntan todos los domingos de 12 a 3 hrs. de la tarde en la plaza pública de Coyoacán para bordar historias de muerte, desaparición y violencia. Los relatos que se bordan vienen de archivos independientes,3 cifras periodísticas y también de testimonios de víctimas directas. La acción se potencia cuando los paseantes domingueros se animan a sentarse a bordar también.

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Las horas de bordado son agridulces, a veces muy amargas. El placer de compartir la conversación y del ir y venir de la aguja prendada del hilo, contrasta brutalmente con las historias que se cuentan. Cada imagen hecha letra va familiarizando al bordador con la experiencia de un muerto o un desaparecido. El acribillamiento de una mujer no cala igual leído en la prensa que bordado con hilo morado. El tiempo que se dedica a pasar la aguja a través del pañuelo para marcar cada letra de la palabra es tiempo que inevitablemente se transforma en empatía y tristeza.

No hay de otra que dolerse por el o la que ya no está y en los que se quedaron esperándolo, esperándola. De la nada, un paseo inocente y quizás apático por Coyoacán se convierte en un espacio político que obliga al dolor y a tomar posición pero también, en una oportunidad de hacer un poco de justicia, de darle valor y verdad a una persona que era cifra. Una magia triste que transforma la pena profunda de la ausencia en presencia rotunda.

Hay pañuelos que se lloran por días y tardan meses en ser terminados. Muchos de ellos son bordados por diferentes manos en diferentes días. Algunos viajan a otros países para dar testimonio de lo que nos duele acá, otros salen a manifestarse, unos más se resguardan en colecciones de museos para ser conservados.4 Cada uno tiene su propia vida y todos comparten la belleza de la intimidad colectiva e intención de honrar a los/as que faltan.

En su dimensión estética, los pañuelos bordados devienen en objetos complejos y cargados de una potencia simbólica punzante. En ellos se conjuga la experiencia subjetiva y física de las y los muertos, las y los desaparecidos, las y los bordadores, y las y los paseantes que con cada lectura reactivan la memoria de los cuerpos violentados. Los pañuelos son conductores y transmisores de memoria, receptáculos de dolor y plataforma de encuentro, diálogo y restitución del tejido social. Son documento, archivo y un grito potente de hartazgo. Su producción y exposición abre reflexiones y conexiones que con profunda sabiduría femenina trascienden la violencia para encauzar la atención a nuestra humanidad.

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El 14 de julio pasado, a invitación del Departamento de Servicios Educativos del Museo de Arte Moderno y en el marco de la exposición Territorios de la memoria 1985-2019, Fuentes Rojas cambió la plaza pública de Coyoacán por el jardín escultórico del MAM, para irrumpir el espacio institucional con la potencia de una demanda social genuina.

Ese día, con la humildad de siempre y sabiduría de pocos, en lugar de bordar entre organilleros y rehiletes, el colectivo se juntó para desafiar la idea del museo como espacio cerrado y levantar una acción colectiva que entre esculturas de Goeritz, Zúñiga y Hersúa, reunió a decenas de personas de todos los espectros etarios y de género para proponer una nueva forma de protesta social.

Esa tarde, el activismo contemplativo de las salas se vio interpelado por la acción de cientos de manos que con hilo y aguja, que en tiempo real y compartido, transformaban puntada a puntada la experiencia de los ausentes y la realidad de los que todavía estamos. El museo se transformó en un espacio transgresor y vivo, que más allá de las salas convocó a las personas de a pie a participar de la acción.

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Ante un panorama de violencia y abulia desoladores el activismo pacífico tiene poco foco, y sin embargo, aventuro que es quizá una de las herramientas más poderosas para transformar el mundo con contundencia. 

Frente a la urgencia de una transformación social profunda, la justicia tradicional, o mejor dicho la justicia legal, nos sigue quedando corta. Lo que Fuentes Rojas propone es una justicia —digámosle, en clave feminista5— que individualiza e indaga en la complejidad de cada una de las violencias y busca enmarcar cada caso como un hecho único, irrebatible y personalizado, desbordando el marco jurídico para invocar un sentido de presencia y humanidad desde una militancia casera.

Una justicia autogestiva que transforma con conciencia una práctica tradicionalmente femenina en una acción ciudadana, política y de construcción colectiva. Con retazos de tela bordados por personas de pie, mujeres y hombres, concentran la atención en las víctimas más que en los victimarios, entendiendo que la pugna no es en contra de individuos sino en contra de un sistema. Un activismo que desde el placer de hacer, la alegría de compartir y la potencia de reunirnos en el espacio público —ese que es de todas y todos y en el que el otro somos todos— nos da la oportunidad de potencializar nuestra vulnerabilidad desde la amorosidad para bordar una sociedad diferente.

Foto: Bordando por la paz y la memoria. Una víctima, un pañuelo.

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1 Idea inspirada en la ficha de obra Penélope Campana de Verónica Silva presentada en la muestra Destejiendo los hilos de la memoria curada por Leyla Dunia en en el marco de la tercera edición del proyecto curatorial Encuentro Arte Mujeres Ecuador.

2 Hoy, el núcleo de Fuentes Rojas se integra por Tania Andrade, Elia Andrade, Regina Méndez, José Luis Mariño, Verónica Gil Montes y Marcela Herrera.

3 Por ejemplo, del archivo Menos días, disponible aquí.

4 En 2016 Fuentes Rojas donó 200 pañuelos al Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) con la intención de preservar y difundir su trabajo.

5 La idea es tomada de Rita Segato.

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Andrea Bravo estudió Historia y un posgrado en Sociología del diseño. Actualmente estudia Gestión Cultural, trabaja como editora e investiga sobre arte, diseño, artesanías, moda y feminismos en Latinoamérica. Vive en Buenos Aires.