archivo

Escucha y Texto: Cuando los objetos valen más que los cuerpos, por Bárbara Foulkes


Acerca de la marcha del 16 de agosto
Septiembre, 2019

En algún momento tuve una pieza coreográfica expuesta en un museo, al curador de la exposición le costó muchísimo trabajo que la institución entendiera que los cuerpos que participamos teníamos que estar asegurados. Los museos están acostumbrados a invertir partes sustanciales de sus presupuestos en el seguro de obras; sin embargo, fue muy difícil para la institución comprender que la obra estaba hecha de cuerpos y que, siguiendo la lógica del museo, se debían asegurar.

No estoy hablando sobre cómo deberían de ser los museos. Hablo de que los espacios construidos para proteger y albergar objetos (obras de arte) son espacios que validan gran parte de nuestra cultura y eso es síntoma de una cultura que le da más valor a los objetos que a los cuerpos.

La sociedad volteó a ver lo que sucedió en la marcha del viernes 16 de agosto de 2019 por el daño que se hizo a objetos, vidrios, paredes y monumentos. Poco se habló acerca de las violaciones, los encubrimientos de las mismas, los asesinatos y la trata de blancas. ¿Cuál es el poder de una acción frente a sus modos de representación y a los enunciados que se producen a partir de ella?

¿Violencia con más violencia? Compararon destruir un vidrio con violentar un cuerpo. Si la estrategia de lucha hubiese sido combatir la violencia con más violencia, las guerreras de ese viernes habrían localizado a un violador para meterle un palo por algún orificio de su cuerpo. Pero no sucedió así, la violencia contra los cuerpos no es la misma que contra los objetos, no hay punto de comparación. Los movimientos feministas se han caracterizado a lo largo de los años por no usar armas, por no dañar cuerpos, por usar la palabra y la reflexión, por proponer la restructuración de las leyes.

¿Por qué será que horroriza tanto la imagen de mujeres utilizando su fuerza para destruir un vidrio? ¿Será que a nosotras nos enseñaron a ser pasivas? ¿Será que a nosotras no nos enseñaron a defendernos? ¿Será que no nos enseñaron a usar nuestra fuerza?

Recuerdo que en mi adolescencia lo más importante era cuidarme a mí misma, nunca me hablaron de la posibilidad de defenderme. Tenía que cuidarme de los hombres en tal o cual situación, tenía que cuidarme de que no se hablara de más sobre mi cuerpo, tenía que cuidarme de que mi sexualidad no terminara en el chisme de nadie, tenía que cuidarme de no emborracharme en un antro porque alguien podría abusar de mí. Me enseñaron a cuidarme de todas esas cosas, pero nunca me enseñaron a defenderme, a usar mi fuerza, a conocerla. Y la trampa de esta estrategia de autocuidado es que si te pasa algo, si alguien te ataca o te afecta, es tu culpa porque no te cuidaste lo suficiente.

Por eso creo que cuando las mujeres usan su fuerza descolocan la mirada de la sociedad, así como los conceptos y las ideas que fueron construidas a lo largo de los años en nuestra cultura.

Ese viernes se destruyeron espacios públicos para hablar de un cuerpo público, un cuerpo colectivo; en este tipo de marchas resuena el enunciado “si tocan a una, tocan a todas”. Si destruimos el espacio que es de todos, empujamos a todos a emitir una opinión y a poner sobre la mesa un problema enorme.

Spinoza tiene una frase famosa que dice: “no sabemos lo que puede un cuerpo”. Cuando Spinoza está hablando de un cuerpo, está hablando de un cuerpo colectivo. La vez que la activista estadounidense afroamericana se sentó en el asiento de un bus que no tenía permitido, no estaba hablando de su propio cuerpo infringiendo o provocando a las reglas, estaba hablando de todos los cuerpos que a lo largo de la historia habían sido sometidos a las reglas impuestas por otros.1 Cuando nosotras tiramos un vidrio en un espacio público, cuando dañamos un monumento, estamos hablando de cómo el espacio que es de todos está fracturado y atravesado por la idea fáctica de que se pueden violentar cuerpos impunemente.

El espacio de la marcha y la representación colectiva

Me sigue llamando profundamente la atención cómo esa marcha fue distinta a las anteriores. La analizo desde una perspectiva espacial y coreográfica para entender un poco más su potencia y su estrategia.

Por lo general, las marchas tienen una estructura lineal: del Ángel al Zócalo, del Ángel al Monumento de Benito Juárez, del Monumento a la Mujer al Zócalo. Como los edificios o como las erecciones, las manifestaciones van en una sola dirección, de abajo hacia arriba, de un punto a otro. Pero esta marcha no fue lineal, fue multidireccional, como un árbol que cambia la dirección de sus ramas una y otra vez.

La cita fue a las 18:30 h en la Glorieta de Insurgentes. Mientras llegábamos todas, escuché algunos discursos, palabras, cantos; la acción era reunirnos. Después salimos en dirección a Insurgentes, oí desdibujadamente: “vamos a cortar Insurgentes”. Cuando llegamos a la avenida hubo puños en alto para hacer silencio y escuchar la próxima dirección, caminamos hacia arriba de la glorieta y la próxima parada fueron los pies del edificio de seguridad pública.

Muchos funcionarios del edificio nos miraban desde sus ventanas. Los gritos de furia iban en dirección a ellos, que nos observaban desde su silencio. En el juego de la representación, ellos jugaban a representar el silencio colectivo de una sociedad que no se enuncia ante semejante dolor. Jugaban a representar esas carpetas escondidas, esos encubrimientos, esa impunidad. El tono comenzó a subir y la representación subió a la estación del metrobús para hacerla estallar. Nuestra ira, nuestros cuerpos violentados, nuestros abusos, nuestro poder oprimido, estaban representados en el acto de “vandalizar” una estación de metrobús. Estoy admirada como tanta violencia puede ser representada sin hacerle daño a otros cuerpos.

Continúo hablando del espacio: una vez cometida la acción concreta, seguimos la caminata. Muchas no sabíamos hacia dónde íbamos pero confiábamos en nosotras y sabíamos que ahí todo tenía sentido. Próximas paradas: el estacionamiento y las puertas de Seguridad Pública y luego, el Ángel de la Independencia.

La  marcha se estructuró con base en necesidades concretas, en acciones que se representan así mismas con una furia atemporal y en constante transformación. Esta marcha no pretendía representar a alguien en particular, ni siquiera al feminismo, esta marcha representó un dolor colectivo para llamar la atención de un silencio que permea nuestros cuerpos: el de todos.

Cuerpo y fragilidad

Si rasparse, golpearse o caerse está visto como un gran peligro, poner el cuerpo en acción implica poner en juego nuestra fragilidad. No quiero hacer una apología del riesgo, simplemente intento cuestionar un proteccionismo que silencia al cuerpo.

Lo único indisociable de nuestra existencia es el cuerpo. Lo único que no necesitamos adquirir, comprar o desear, es nuestro cuerpo. Más allá de nuestra clase social o poder adquisitivo, lo único que poseemos ocupa el lugar más misterioso y desconocido de nuestra sociedad.

Nuestros cuerpos están silenciados, el dolor del cuerpo está silenciado y, por lo tanto, tenemos problemas graves al relacionarnos con nuestros propios deseos y sus posibilidades, sin sufrir o hacer sufrir en el intento.

Foto: Laura Álvarez | nacla.org

1 Idea que me trasmitió mi amigo y colega Guillermo García Pérez varios años atrás.

*Este texto es parte de Escucha y Texto, acompañamiento escritural que busca poner al frente la voz de artistas y trabajadoras del arte.

— —

Bárbara Foulkes (Argentina, 1982) vive y trabaja en México desde el año 2009 en donde colabora con proyectos colectivos e independientes como coreógrafa, bailarina, productora y docente.