Entrevista

Entrevista | Tlahuac Mata


Por Alejandro Gómez Escorcia / @stalkkkkker | Febrero, 2016

Tlahuac Mata (Ciudad de México, 1989) egresó de la Licenciatura en Artes Plásticas y Visuales de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda” en 2012 y desde entonces ha participado en exposiciones colectivas en Casa del Lago y Galería Hilario Galguera. En esta entrevista describe su interés por el género del paisaje y aborda el problema de la pintura entendida como imagen y materia. ¿Qué vemos cuando vemos una pintura? ¿Qué vemos cuando vemos una imagen?

¿En qué consiste tu práctica artística?, ¿cuáles son tus estrategias creativas?

Me interesa el paisaje contemporáneo entendido a partir de la imagen, no tanto como pintura. Sí hay un interés por la tradición del género pero no me atrae tanto desarrollar esa misma postura ideológica frente al cuadro, sino más bien en términos de imagen. ¿Cómo se puede ver hoy un paisaje? Creo que la pintura aún tiene muchas cosas valiosas que aportar en ese sentido. Lo virtual y lo digital son otros medios que tienen la particularidad de ser inmersivos y de tener una relación interfáctica contigo, con el espectador, ahí se despliega de otra forma el espacio que tienes frente a ti. El centro de todo es el paisaje y los medios de representación con los que puedes hablar de él ahorita.

Mis estrategias tienen que ver con los tránsitos de la imagen analógica. En la primera parte de mi formación estuve muy interesado en pintura y dibujo. Ese mismo interés me fue llevando a otro tipo de estrategias que tienen que ver con fotografía, manipulación de imagen digital, los videojuegos y trabajar con material sonoro.

¿Qué quieres decir con que no te interesa tener la misma postura ideológica de la tradición del paisaje?

La pintura de paisaje, el género como tal, viene de un entrecruzamiento entre las tradiciones del arte europeo. El género paisajístico es el resultado de la mezcla entre la tradición italiana y la de los Países Bajos. El paisaje era la configuración de un espacio todavía no determinado que estaba siempre atrás de las figuras humanas o de las representaciones más importantes: estaba relegado. La historia posterior de la pintura trató al paisaje como una condición que resaltara la pequeñez de los seres humanos.

Lo que intento hacer no es contraponer naturaleza y ser humano, sino hablar sobre cómo los seres humanos han borrado la línea divisoria entre naturaleza y cultura. Me interesa el paisaje en los términos en que éste deriva de la actividad humana, no tanto del paisaje natural sino de lo que nosotros hacemos: eso también lo configura.

Utilizo este bagaje visual del paisaje como género pero sólo es una utilización de esa forma de entender y computarizar las imágenes. El paisaje siempre ha tenido una forma de lectura horizontal y tiene esta gravedad a la parte inferior del formato pero otras investigaciones más recientes, más implicadas con el arte conceptual, como el land art o diversas prácticas que se desarrollaron entre los 60 y 80 también configuraron otra idea de paisaje en el arte, creo que también ahí hay una conexión con lo que hago en términos teóricos.

Si concibes a la pintura como imagen, ¿de qué manera entiendes la circulación de tu trabajo?

El modo en que circulan mis obras está emparentado con el modo en el que yo obtengo imágenes. Es de alguna forma un intercambio entre mi subjetividad y la de otros por medio del Internet, eso es fundamental. Si no tuviera Internet no podría dar a conocer lo que hago y así es como se ha ido conociendo mi trabajo. La pintura importa en el sentido objetual pero termina siendo imagen, sin embargo la forma en la que llega al público es similar a la forma en que llega cualquier otra imagen del mundo. Puesta en contexto con los intereses particulares de cada quien, la pintura es una imagen más.

¿Por qué, entonces, hacer pintura? ¿Qué te interesa de la materialidad de este formato?

Lo que me gusta de hacer pintura y no imagen digital es la capacidad que tiene el medio por sí mismo de evocar el cuerpo del otro. Ese es el punto clave de hacer pintura, esa corporalidad, una especie de signos que se quedan marcados en la superficie de algo y que luego tú los ves y te recuerdan tus propias uñas. También tiene que ver con el ojo. Al ojo lo entiendo como una computadora que tiene constantemente inputs, que pueden ser digitales, análogos o la vida misma. Hay un fenómeno muy interesante en el momento en que el ojo junta varias imágenes y surge otra. Por eso pinto, porque de pronto veo muchas imágenes todo el tiempo y mi forma de entenderlas hace que regurgite algo y ese algo es una pintura, una serie de instrucciones computadas desde mi cuerpo.

¿Qué vemos cuando vemos una pintura? ¿Qué vemos cuando se ve una imagen? A mí me gusta mucho una definición de Merleau-Ponty acerca de los cuadros, dice que el cuadro no es en realidad la tela puesta sobre el bastidor o lo que hay encima de la tela, sino lo que hay en medio de uno y el objeto. Eso es el cuadro. El objeto mismo es esta especie de distancia que se genera cuando uno ve las cosas. En ese sentido, creo que así vemos y así entendemos las imágenes hoy: no por el contacto directo con ellas sino por la cosa que está en medio. Muchas veces eso nos revela más acerca del mundo que la cosa misma. Esa es la mera carnita de pintar. Las imágenes digitales creo que también tienen esa textura.

Parte de eso que hay entre la imagen y un cuerpo es el contexto social y político. Pensando que una de las definiciones de paisaje es “pintura de países”, ¿cómo te relacionas con el paisaje que habitas?

Este concepto de paisaje está muy relacionado con la idea geográfica de un país y sus condiciones territoriales. Esa serie de eventos que han venido sucediendo desde la primera guerra mundial, la guerra de gas y la segunda guerra mundial con las detonaciones nucleares, es una especie de ampliación de la idea del fenómeno paisaje. No sólo se queda en lo visual sino en algo contextual, global. Esta noción de paisaje te implica a ti dentro de un tránsito y como un punto de vista de las cosas. En ese sentido me interesa hablar de paisaje desde México, territorio ceñido por la violencia. Mis imágenes no son violentas pero sí tienen un interés por una violencia narrativa. La forma en la que yo afronto esta problemática tiene que ver con no representarla, no ponerla enfrente. Creo que lo que me interesa es esa violencia pero transformada en un momento de contemplación.

¿Puedes hablar de alguna obra tuya donde se vean implicados todos estos términos que has desarrollado?

Acabo de hacer una pintura que se llama Aquí no hay finales felices, es el edificio de la ONU en llamas. Es una obra que ya tenía planeada desde hace algunos años pero no había realizado porque no le veía contexto. ¿Para qué pintarla? Me invitaron a participar en JustMAD, una feria en España, y me pareció un buen momento para ponerla en un lugar donde pudiera significar. Es una pintura en la que no me basé en una imagen, sólo utilicé la arquitectura del edificio de la ONU en Nueva York, bajé sus renders e hice la composición del ángulo que quería. Aquí exploro el paisaje y el contexto del paisaje, no sólo el paisaje natural sino también el político e incluso el ecológico. Es una ficción para entender el presente. No es una elucubración: tal vez pase, tal vez ya esté pasando, pero es una forma de entender las mismas imágenes que ya vemos todo el tiempo. La gente le toma fotos a ese edificio y las comparte en Instagram, luce como la epítome del modernismo. Complementé ese atractivo visual con el aspecto político.

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Foto: Alejandro Gómez Escorcia.