Entrevista

Entrevista | Santiago Rueda


Por Melissa Mota | Octubre, 2015

Santiago Rueda (Bogotá, 1972), curador independiente, crítico e investigador de arte contemporáneo. Es maestro en Artes Plásticas por la Universidad Nacional de Colombia y doctor en Teoría, Historia y Crítica de las Artes por la Universidad de Barcelona. Es autor de los libros Hiper/Ultra/Neo/Post: Miguel Angel Rojas, 30 años de arte en Colombia y Una línea de polvo: Arte y drogas en Colombia. Rueda ha realizado curadurías individuales y colectivas en diferentes países como Argentina, Colombia, Brasil, Ecuador y Uruguay.

Desde principios de septiembre, San Francisco Camerawork presenta Fourth World: Current Photography from Colombia, una exposición cocurada por Santiago Rueda y Carolina Ponce de León que, a través del trabajo fotográfico de cuatro artistas colombianos: Jaime Ávila, Zoraida Díaz, Luz Elena Castro y Andrés Felipe Orjuela, busca mostrar la complejidad histórica y social del país. En esta entrevista Rueda profundiza en algunos aspectos de la muestra.

¿Cómo debe leerse el “cuarto mundo” en la exposición?, ¿se eligió este término como título en un sentido irónico, de protesta o de mostrar una realidad?

El título es tomado de una de las series de uno de los artistas participantes en la muestra, Jaime Ávila, y en el contexto de la muestra intenta expandir una idea de un posible cuarto mundo global, interconectado, que se escapa a las fronteras nacionales y donde vivimos y experimentamos realidades comunes. Al examinar la historia reciente de Colombia, la que en gran medida está presente en la exposición, se hace evidente que en otros países, y no sólo en México, sino también en los Estados Unidos, las protestas sociales, el tráfico de drogas, la ilegalidad y los deseos de justicia se hacen presentes.

A lo largo de la historia de la fotografía siempre han estado presentes las tendencias que buscan apegarse a la realidad y aquellas que se alejan. En esta exposición me parece interesante cómo el fotoperiodismo, cuya función es documentar una situación, convive con obras de corte más experimental que brindan perspectivas alternas a la realidad. ¿Qué surge al hacer dialogar estas formas de representación?

La elección de dos trabajos de reportería gráfica “pura”, de los archivos de dos mujeres activas en ese momento, Luz Elena Castro y Zoraida Díaz, enfrentadas a dos artistas de generaciones y orígenes diferentes, como Jaime Ávila y Andrés Orjuela, intenta mostrar ciertas actitudes e intereses que permean y habitan la fotografía colombiana reciente. Los trabajos de Díaz y Castro permiten no sólo entender la temperatura y carácter de un momento histórico terriblemente violento (1984-1995 aproximadamente) sino que también permiten ver y conocer un modo de ver y retratar y señalar que es muy propio de los fotógrafos colombianos: el interés en las personas y sus oficios, en la situación vital en medio o a pesar de las circunstancias, y la profunda conexión emocional con el retratado. De una manera quizá mas fría, y quizá mas “sociológica” Ávila examina el trabajo ilegal y la movilidad social en este cuarto mundo en que nos encontramos, a través de una utilización tridimensional de la fotografía, con sus cajas de CDs “piratas”, y Orjuela, desde una utilización del archivo muy libre, también opera señalando actitudes y arquetipos de la historia visual colombiana.

Me llama la atención cómo en la muestra se puede apreciar material tomado en tiempo y espacio real de la guerrilla o situaciones de narcotráfico y por otro lado, en la serie de Orjuela estos mismos eventos se presentan como una relectura desde la contemporaneidad, al intervenir fotografías de uno de los periódicos de la época. En este sentido, ¿cómo se planeó el manejo de la temporalidad en la exposición?

El trabajo de Orjuela nos pareció a Carolina Ponce de León, cocuradora de la exposición y a mí, como un importante punto de inflexión donde un artista muy joven presentaba una selección de imágenes de crónica roja provenientes de los fragmentos de un desaparecido diario amarillista, las cuales ilumina con pinturas y amplía, presentando a la vez la ficha de identificación original de cada toma de los editores del diario. Su trabajo traza una especie de pre-historia del tráfico de drogas, pues Orjuela ha escogido detenciones de pequeños traficantes de los años 60 y 70. Este archivo retocado, salta encima y alrededor de los trabajos de Díaz y Castro, dándoles un trasfondo y ofreciendo un diálogo en tanto, en todos estos trabajos, estamos frente a retratos de desconocidos criminalizados. Este carácter fragmentario del trabajo de Orjuela nos interesó en tanto despierta preguntas sobre la naturaleza e intención misma de las aspiraciones historiográficas y cronológicas que despiertan muestras como ésta.

Me gustaría enfocarme en las piezas presentadas de Jaime Ávila por dos cuestiones: la primera por la difuminación de los límites espaciales de la fotografía, que le permite llevar el medio fotográfico a la instalación, y la segunda por el tema que toca en su obra, la piratería, que es un problema que se deriva del capitalismo y la globalización, por lo que deja de hablar de un evento meramente local, como lo fue la guerrilla o el tema del narcotráfico. ¿Podrías ahondar en estos dos puntos?

Quizá el trabajo de Ávila sea el que ofrezca en apariencia una actualidad mayor, en tanto trata sobre un tipo de economía informal que se vive en ciudades como Bogotá, Medellín, Buenos Aires, Roma o Madrid. Es decir, conecta con nosotros al ser una realidad más cercana que la de quien convive con armas o en la ilegalidad, de la quien está en ese otro posible cuarto mundo que es la marginalidad extrema. Las obras de Ávila, al trepar por los muros, regarse por el piso y conformarse a partir de la imagen en mosaico de las cajas de CD, dinamizan una muestra que aparentemente está basada en los soportes tradicionales de la fotografía, enmarcada y colgada. Las decisiones que Ávila ha tomado frente al medio fotográfico en los últimos veinte años, y que han sido sin duda arriesgadas y poco comunes en el medio del arte en Colombia, son reconocidas y llevadas a un plano de enfrentamiento con las tareas de archivo de Orjuela y la vocación documental de Díaz y Castro.

¿Qué sucede cuando insertas la realidad particular colombiana en el contexto estadounidense, una sociedad que, en gran medida, está lejana y poco familiarizada con la historia y la situación actual del país?

Una de las consecuencias de acompañar la muestra y de escuchar al público presente, es la de ratificar que los problemas que nos atañen globalmente no son tan diferentes de los problemas que nos ocupan regional o localmente. Los crímenes de Ayotzinapa en México, el drama migratorio que se vive en Europa y la consecuente exclusión social que está originando, no son muy lejanos de similares eventos de otra escala y dimensiones que están registrados en la muestra.

Con tu experiencia de casi 15 años como curador, ¿qué cambios has notado en la escena del arte colombiano? y ¿en qué momento se encuentra?

De alguna manera el medio del arte en Colombia está en un proceso de “industrialización”, muy orientado por el mercado. Aún se está lejos de reconocerse los roles y el valor de todo el sector productivo del arte y, especialmente, el de los artistas. Existe un optimismo generalizado por el interés que despierta el país en los últimos cinco años, pero habría que examinar con cabeza fría la naturaleza, interés y dirección de ese o esos intereses. En Colombia existe una tradición artística fuerte y variada, habituada al disenso y a la critica, y cada vez menos endogamia, lo cual es obviamente de celebrar.

Foto: Salomón R. Plaza.