Entrevista

Entrevista | Mónica Mayer


Por Melissa Mota | Febrero, 2016

Bajo la curaduría de Karen Cordero, Si tiene dudas… pregunte hace un repaso por la extensa trayectoria de Mónica Mayer (México, 1954), artista, crítica, docente y activista que se ha posicionado como una de las referentes más importantes del arte feminista en México.

La exposición se integra tanto de su trabajo individual, principalmente obras plásticas, como de piezas realizadas con los grupos Polvo de Gallina Negra (con Maris Bustamante) y Pinto mi Raya (con Víctor Lerma), así como documentación de performances públicos y material paralelo a su producción artística, como publicaciones, escritos de la artista y documentos diversos.

Platicamos con Mónica Mayer sobre algunos de los aspectos más importantes que ha abordado a lo largo de su carrera y que pueden verse en esta muestra.

Me gustaría comenzar abordando la naturaleza de esta exposición, ya que no es una retrospectiva convencional, sino una retrocolectiva, en la que se incluyen a los diferentes actores que han contribuido a generar tus obras, lo que invariablemente demanda una curaduría y una museografía singular. ¿Cómo fue el proceso y a qué retos se enfrentaron?

El término “retrocolectiva” lo inventó mi amiga María Laura Rosa, investigadora y crítica argentina. Cuando le dije que iba a hacer una exposición retrospectiva de mi trabajo me dijo: “Pero cómo vas a hacer una exposición retrospectiva tuya si todo tu trabajo es en colaboración colectiva o participativa, es más bien una retrocolectiva” y sí, a diferencia de la retrospectiva, de la idea del trabajo de un artista individual independiente, lo que marca esta exposición es esta característica. Por un lado, hay mucho trabajo como el que hice con Polvo de Gallina Negra con Maris Bustamante, con Pinto mi Raya con Víctor Lerma y trabajos que se han hecho colectivamente como Maternidades secuestradas, pero también están los vasos comunicantes, como la obra de Suzanne Lacy de cuando yo participé con ella en una marcha feminista, en donde hacemos un performance y yo estaba de estudiante aprendiendo con ella; de la misma manera, se ven obras como la de María Rodríguez, que hace una pieza basándose en mi obra Lo normal, reactivándola.

Karen y yo nos conocimos desde hace treinta años, ella entró a uno de los primeros talleres que yo di de arte feminista. Desde entonces, ella ha seguido la batalla desde la teoría y la historia, como yo la he seguido desde el arte, por lo tanto, hay una complicidad, un trabajo y una plataforma de ideas desde hace mucho.

Algo que para mí es muy importante de la exposición es que, por toda la complejidad de lo que se está presentado, va a estar en Internet y en redes sociales, para que pueda generarse un diálogo. Si tiene dudas… pregunte no es nada más un título, es el espíritu de la exposición.

La maternidad y la condición de ser esposa han sido los roles que han condicionado a la identidad (no elegida) de la mujer por siglos. Me parece interesante como a través de tu obra dislocas estos papeles, subvirtiendo sus significados. A partir de tu experiencia de arte y vida, ¿cómo se insertan estos papeles en el feminismo?

Desde el feminismo lo que he visto es un cuestionamiento del rol específicamente de ser mujer, de ser madre y encargarse de todo este trabajo, si bien, en el feminismo en Los Ángeles se negaba la maternidad porque era algo impuesto, siempre sentí que el feminismo latinoamericano no tenía esa problemática. Si queremos tener hijos, los tenemos, si no queremos, no los tenemos, pero hay que problematizar y ver qué está sucediendo con este tema.

Para mí, la maternidad siempre fue una cosa maravillosa, la más difícil, la más compleja, pero también la más gozosa. Jamás diría que por cuestiones políticas la mujer debe dejar de tener hijos si eso es lo que quiere hacer, pero de la misma manera, si no quiere, que tenga todas las posibilidades de no embarazarse y de no ser juzgada por ello. En la pieza de Maternidades secuestradas, algo muy interesante que se ve es que para cada quién este concepto es diferente y puede ir desde que alguien se embarazó a los 13 años porque no tenía educación sexual, alguien que tiene que trabajar 14 horas diarias y entonces no puede estar con sus hijos, hasta la presión de la familia porque la mujer no se ha realizado como madre.

Tengo la teoría de que el día en que la maternidad sea voluntaria y gozosa van a estar resueltos todos los problemas del mundo, porque querrá decir que se tienen las condiciones ideales de salud, trabajo y decisión.

Una cosa muy bonita de esta exposición es ese cartel de la primera manifestación feminista en contra del mito de la madre. Lo interesante es que se empezó a plantear desde el feminismo una manera de entender la política completamente diferente, se estaba cuestionando un mito, una cosa ideológica.

En alguna ocasión mencionaste que mientras estabas en la carrera tus compañeros comentaron que a las mujeres se les acaba la creatividad una vez que se embarazan, sin embargo, comprobaste lo contrario. 

Aquí en las pancartas tenemos dos citas, una de Tracey Emin que dice: “Conozco artistas buenos que tienen hijos, se llaman hombres”, y otra de Marina Abramović: “Si quieres ser buena artista tienes que no ser madre y sacrificar eso” y las mismas mujeres estamos convencidas de esto. Cuando empezaba mi carrera, siempre me cuestionaba el deseo de ser mujer artista sin ser de las “Fridas Kahlos” que sufrieron horrible, como Celia Calderón que se suicidó en el salón de clases, entonces me preguntaba, ¿a quién tomo de modelo?, elegí a Helen Escobedo, funcionaria y artista con una vida amorosa y familiar exitosa; sí se puede.

En tu práctica, ¿cuáles serían los límites entre la antropología, la sociología, el activismo y el arte?

Me considero un ser humano integral, lo que hago en mi vida se refleja en mi trabajo artístico y lo que hago en mi trabajo se refleja en mi vida. He trabajado desde la teoría, la práctica y el activismo, todo se junta, no veo por qué tendría que haber grandes separaciones. No diría que trabajo desde la antropología, lo hago desde la libertad del arte porque soy artista, no soy antropóloga ni socióloga, y cuando hago algo como El tendedero, que evidentemente no es una encuesta que se pueda tomar de manera “seria” ni “científica”, estamos hablando desde lo que se siente, lo que se piensa desde el arte, para decir una verdad aunque no se haya comprobado científicamente.

En 1978 presentaste por primera vez El tendedero, una pieza que se ha repetido en diferentes ocasiones y contextos. Hoy, a más de treinta años, se vuelve a activar, ¿qué ha cambiado en este lapso?

El reto en esta exposición era no solamente repetir la pieza, me preguntaba en qué sería diferente, en qué ha cambiado nuestro contexto y si ha variado el acoso. Hay cosas diferentes, por ejemplo que ya hay aborto libre, pero el acoso en la ciudad permanece, está peor, está naturalizado; mujeres adelantes, hombres atrás, como si fuera natural que los hombres acosaran. También de lo que me di cuenta es que hay muchos grupos trabajando este tema desde al arte, el activismo y el artivismo, incluso dentro de la UNAM. Están por ejemplo, la red No Estás Sola o Las hijas de la violencia, hay grupos de teatro, existen artistas, como Lorena Wolffer, que de manera independiente trabajan en contra del acoso y la violencia a las mujeres, cosa que hace cuarenta años no había, éramos dos o tres las que empezábamos a abordar estos temas.

Uno de los temas que abordas en tu obra es la ausencia de la mujer a lo largo de la historia del arte y la invisibilidad que aún tiene en un sistema falocéntrico. Si se escribiera una nueva historia del arte mexicano con el material que conforma Archiva ¿cómo cambiaría la narrativa oficial?

Se ampliaría, sería mucho más vasta y se podría ver que hay caminos muy diferentes y no nada más una historia del arte contemporáneo, sino muchas contraproduciendo; el arte contemporáneo es una cosa muy variada, no es nada más lo que se presenta en los museos. También se podría ver aquello que no se había entendido como arte. Por ejemplo, tengo una pieza que es un artículo que metí al periódico en el que escribí por veinte años, es brincar a esos otros espacios, o en esta la exposición está el archivo de Pinto mi Raya puesto como obra de arte, es un archivo que se consulta pero aquí lo planteamos como arte conceptual aplicado porque tiene que servir. No estamos trabajando nada más en lo simbólico, estamos trabajando también en lo práctico para cambiar algo en nuestra comunidad artística, para lubricar el sistema artístico y que funcione mejor.

Ahora me interesa muchísimo todo lo del artivismo y todo respecto a prácticas artísticas dentro del activismo. No les interesa estar en el museo en lo más mínimo, su práctica no es en el espacio museístico sino en la calle, pero me interesa que eso se conozca en el museo para ampliar lo que se considera arte y las diferentes narrativas.

Por otro lado, las cifras son espantosas, 20% o 30% de mujeres en colectivas. Hay menos exposiciones individuales de mujeres artistas en galerías y los museos compran menos obra de mujeres, hay un dato de una investigación que hizo Betsabé Romero que me llama la atención: las becas de Jóvenes Creadores del Fonca las dan proporcionalmente a hombres y a mujeres, pero la piden mucho menos mujeres, a pesar de que ahí tienen mayor oportunidad, entonces ¿Qué es lo que está pasando que no tenemos la confianza en nosotras mismas?, ¿que no nos hemos capacitado para aguantar los rechazos que vamos a tener a lo largo de toda la carrera? o artistas que se están perdiendo en la maternidad y no hay una estructura que les permita ir a la escuela con la tranquilidad de que haya guarderías, ¿qué es lo que nos está faltando?.

Otro punto es que, por lo general, aquí en México se piensa que el arte contemporáneo empezó en los noventa, sin embargo, hay piezas de los años 70 que ya estaban haciendo “práctica social” o “arte relacional” cuando aún no existían estos términos. Desde el arte feminista en México y Estados Unidos, hacíamos un trabajo que rompía con lo que se consideraba arte, algunas artistas maestras con las que trabajé en Los Ángeles, como Suzanne Lacy y Leslie Labowitz, habían sido alumnas de Allan Kaprow y de Joseph Beuys respectivamente, además de toda la herencia del feminismo, y aquí ya estábamos haciendo este tipo de trabajos. Los mismos Grupos apenas empiezan a estudiarse y revalorizarse, creo que lo que nos ha faltado es historia y espacio en los museos.

Siempre se habla de que el feminismo sesentero y setentero era blanco y burgués, tú ves las publicaciones que tenemos aquí del movimiento de arte feminista y hay anuncios en español, participantes artistas como Linda Vallejo, o también está la revista Artes Visuales. No era algo que nada más viniera de fuera, se estaba generando aquí pero se ha invisiblizado, un poco para decir “esas malas blancas que no le hacían caso a las de otras procedencias” sin ver lo que sí estábamos haciendo.

Hay procesos de invisibilización y también hay procesos de autoinvisibilización, escribí por veinte años y me pregunto ¿por qué nunca escribí la historia de los grupos de arte feminista que estaban haciendo ese tipo de trabajo?, no se me ocurrió, no lo había visto, ahora me doy cuenta de que una misma se traga las historias, las narrativas; hay que rehacerlas y ampliarlas.

En la exposición es notorio un marcado contraste entre las obras performáticas públicas, que integran múltiples voces, y las obras plásticas con un sentido más introspectivo. ¿Cómo comulgan estas dos facetas de tu quehacer artístico?

Lo que me parece interesante de esta exposición es más bien como se juntan. Huesitos, por ejemplo, es un performance, pero también tengo una gráfica digital del proyecto Aquerotipo que hacíamos con distintos equipos, era una investigación experimental desde la gráfica; entonces hay proyectos en los que se junta todo, en donde mis dibujos no están separados del performance. Lo que ha sido sorprendente es ver su unión, ahora reconstruyendo esta pieza, me pregunto ¿qué fue?, ¿fue la gráfica?, ¿fue la instalación que hubo en Ex Teresa?, ¿fue el performance?, ¿fueron todos los otros dibujos que hice alrededor del tema?, ¿fue el texto? o ¿fue todo? Es pensar, desarrollar un tema desde todas estas posibilidades, todo está mezclado, soy una mezclada.

En la exposición también están todos estos vasos comunicantes del trabajo, los ecos y las mismas contradicciones. Hay una libretita de cuando llegué a Los Ángeles en donde escribí la primera impresión que tuve del Woman’s Building, puse por ejemplo que no había nada en español, ni de otros países y que había muchos libros sobre lesbianismo, lo que me parecía muy bien, pero era otra temática. Evidentemente, a los dos meses de estar ahí ya había cambiado de opinión. Este tipo de contradicciones están presentes, como la última pieza de Sin el FONCA y con el FONCA yo hago siempre lo que quiero y soy miembro del Sistema Nacional de Creadores.

Uno de los grandes debates en el arte es la función política que éste puede tener, puesto que muchas veces sólo visibiliza una problemática abriendo un espacio de reflexión, pero sin incidir directamente en aquello que se quiere cambiar. En tu práctica, ¿consideras que la reflexión que has despertado ha logrado ir más allá del terreno artístico?

No creo que haya una obra ni una trayectoria que cambie, no voy a cambiar una ley, eso es otro tipo de trabajo. Para cambiar la relación de poder entre los sexos, que es el sexismo, o el patriarcado, no es nada más cuestión de cambiar las estructuras, porque es algo que tenemos introyectado, que tenemos desde antes de nacer. Hay un estudio que dice que a las niñas las abrazan menos que a los niños, hay una diferencia en el trato desde bebés y para cambiar ese tipo de cuestiones, para que te caiga el veinte, creo que el arte es muy útil.

Aunque El Tendedero no dice la verdad del acoso en términos sociológicos o estadísticos, cuando lees un papelito que dice “me acosaron desde los siete años, iba en el transporte público”, puedes sentir una conexión, yo misma me acordé que cuando era niña iba en la calle con mi mamá caminando y un tipo me metió la mano, yo iba muy contenta leyendo mi cómic y no dije nada porque me dio miedo, miedo a que le pasara algo a mi mamá, que se hiciera un borlote.

Cuarenta años de feminista y nunca se me había ocurrido que era una experiencia común de muchas mujeres, yo creía que me había pasado a mí nada más, que me había topado con el único viejo asqueroso en la calle que se atreve a tocar a una niña chiquita. Empiezas a ver que es una y otra y otra, no digo que le haya pasado a todos, pero es una experiencia que muchas hemos compartido. Para mí fue un veinte que me cayó y me di cuenta que es algo que realmente está pasando y que es un tema en el que tenemos que seguir insistiendo. El Tendedero no es nada más quejarnos de lo que ha sucedido, sino preguntarnos ¿y qué hacemos al respecto? Es algo que va creando consciencia.

Incluso, dentro del museo, es una batalla presentar una exposición de este tipo, es tratar de ir abriendo lo político en diferentes sentidos. De las estadísticas que sacamos, en el espacio en donde está Lozano-Hemmer nunca ha habido una individual de una mujer, casualmente a las mujeres nos ha tocado estar en las otras salas, a Weiss, a Minter, son cosas que se nos van al inconsciente, eso también es político. Si yo logro, si logramos, que se suba información de mujeres artistas a través del Editatón Wikipedia, que haya una discusión dentro del museo sobre los espacios en donde se presentan las mujeres artistas, si se explora la parte histórica que habla de esta tradición del arte feminista que ha existido, la política se ejercerá dentro del arte.

Para ti, “las ventajas de ser mujer” son:

Personalmente, el hecho de haber podido ser madre ha sido una experiencia maravillosa, por eso nombramos a algunos hombres “madre por un día” porque se perdían de esa experiencia maravillosa, que para mí lo fue porque la quise. De la misma manera, defiendo que quien no quiera tenerla, no la tenga.

¿Y como mujer artista?

Ahí sí siento que son más las desventajas con las que hay que luchar, pero también creo que desde el feminismo y desde la consciencia de ser mujeres, hemos roto muchas ideas de lo que era el arte, por eso la ventaja es el privilegio de poder replantear el arte en función de lo que a mí me interesa como artista y no nada más seguir cánones que alguien más inventó. Esa posibilidad me la ha dado el feminismo y el ser mujer, me siento con la libertad de abrir el campo y cambiar las narrativas.

“Hoy, en este México resquebrajado por la crisis y el escepticismo, ¿qué acción concreta tomarías para llegar a esta utopía?”

Justicia, democracia y seguridad, las palabras que más faltan en la realidad y que más vemos en los medios. Yo seguiría planteando crearnos situaciones amorosas y de solidaridad. En las fotos de esa acción, acabamos Víctor y yo besándonos –llevamos cuarenta años como pareja y trabajando juntos–, entonces es preguntarnos cómo fortalecer esas redes afectivas en nuestras vidas y a partir de esa fuerza, poder luchar y poder hacer otras cosas.

Foto: El Universal.