Arte

Engrane Amarillo No.1 de Sofía Cruz y Daniel Alatorre


Por Gustavo Cruz / @piriarte

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El pasado 14 de mayo se llevó a cabo la exposición Engrane Amarillo no. 1 en el espacio La miscelánea. El proyecto es una colaboración de los artistas Sofía Cruz y Daniel Alatorre Canto y consistió en cierta operación de rebuscamiento; una especie de detonación del impulso creativo a través de un acontecimiento predeterminado. Cada uno de los artistas invitó a tres colegas –el texto curatorial los llama “productores de arte”, un planteamiento que en el léxico recuerda al famoso  ensayo de Walter Benjamin El autor como productor, pero que en la práctica rompe cualquier posible conexión con ese escrito paradigmático para el arte comprometido de años recientes– que no se conocían entre ellos a una comida; a partir de esta convivencia bastante mediada y ausente de espontaneidad en el planteamiento se invitó a los productores a elaborar objetos con el fin de exponerlos por una sola noche. Si bien es el texto curatorial el que insiste en llamar objetos y no piezas al resultado de dicho proyecto, la verdad es que cuesta trabajo en la práctica conservar la distinción: expuestos en un espacio de exhibición, realizados por profesionales del arte, es inevitable no referirse a ellos como piezas.

Lamentablemente, no solo en el léxico hay pequeñas fugas; el planteamiento del proyecto puede ser acusado de flaquezas. Para empezar –y aquí está el porqué llamar a los participantes de la exposición productores no puede ser tomado en serio, pensando siempre en Benjamin– se conserva la idea de que el artista es un individuo de sensibilidad privilegiada cuya singularidad lo capacita para entender y reproducir de manera superior la experiencia de la intersubjetividad. Desde una perspectiva histórica, el proyecto de Engrane Amarillo no. 1 parece ser un paso atrás desde los planteamientos de la estética relacional, que transformaba la convivencia misma detonada por un artista en el acontecimiento estético, sin la necesidad de la mediación del objeto producido.

Pero, evitando caer en esta noción positiva de la progresión histórica, incluso en lo formal, en los objetos presentados hay un corte con el planteamiento que parece anularlo por completo. Y es que los diferentes objetos de la muestra dependen mucho de la noción de artista, su pretención de traducir y potenciar la experiencia de la convivencia no es eficaz, en su gran mayoría no sucede. Las diversas esculturas o instalaciones descansaban herméticas, con los signos que las conformaban opacándose los unos a los otros dificultando su lectura y aprehensión: este es el triste caso de la pieza sin título –pero sí subtitulada como “palomas”–  de Daniel Alatorre, propaganda cultural doblada en una forma que remite a los explosivos tan populares para los festejos patrios y aglomerada en una esfera colgante que se mostraba agresiva, sin embargo, la propaganda, al estar doblada, eliminaba la posibilidad de lectura del elemento que podría ser por mucho el más interesante. En un caso extremo, tenemos el hermetismo de Rafael Uriegas que, en la explicación de su pieza nos da un texto escueto: “Pieza elegida a través de un tema en la conversación”, ¿dónde se transmite aquí experiencia alguna? Esta soberbia pierde cualquier justificación al darnos cuenta de que la “pieza elegida” es un óleo de lo más prescindible.

Finalmente, cabe destacar la instalación de Sofía Cruz “Sorpresa”, objetos personales como una toalla y un par de sandalias colocados en el baño del espacio en el que el audio de una regadera y una cortina de baño cerrada imprimían en el espectador la sensación de estar invadiendo el momento de la ducha de alguien; el vouyerismo invade la experiencia, esa sensación de intromisión que, al fin y al cabo, es la convivencia: ¿el querer saber del otro como medio para la socialización acaso no conlleva en sí mismo un ligero grado de invasión de lo privado? Por otro lado, ¿esta proyección de lo irremediablemente cotidiano no ayuda también a eliminar el aura del artista? Al fin y al cabo no son –los artistas– hermeneutas endemoniados (i. e. poseídos por el daimón platónico), sino hombres y mujeres que utilizan los baños para lo mismo que cualquiera.