Arte

En defensa del cine de género


Por Fernando Mino

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Cánones, tendencias, modas, gustos… ¿Cuál es la diferencia entre una buena y una mala película? La respuesta está en los abismos que separan los criterios de cada espectador. No hay respuestas, hay públicos e intereses. ¿A qué vas al cine? ¿a cuestionarte?, ¿a explorar una emoción estética?, ¿a entretenerte?, ¿a perder el tiempo mientras los congestionamientos cotidianos amainan? Cada respuesta erige bloques de opinión poderosos y atendibles por un mercado atento.

El cine mexicano —el realizado por los sobrevivientes, y algunos tránsfugas, de una industria completamente destruida hace más de tres décadas—, ha demostrado olfato comercial en los últimos años. El cine de género ha regresado, en forma discreta casi siempre, a la cartelera comercial, ese escenario idealizado como valedor único del éxito o el fracaso de una película.

Comedias, muchas comedias, cada una más complaciente que el modelo anterior: tramas insólitas e inocuas replicadas en lo básico, de Ladies Night (Gabriela Tagliavini, 2003) a Cásese quien pueda (Marco Polo Constandse, 2013); animaciones: pepena constante de historias probadas que van de Don Gato y su pandilla (Alberto Mar, 2011) a El Santos contra la Tetona Mendoza (Alejandro Lozano y Andrés Couturier, 2012); cine fantástico, del detestable remake Hasta el viento tiene miedo (Gustavo Moheno, 2007) hasta la convincente Km 31 (Rigoberto Castañeda, 2007), pasando por la pequeña joya intimista Halley (Sebastian Hoffman, 2012). Por supuesto, el melodrama gravita, con todo el peso de la nostalgia de los tiempos gloriosos, en azotadas dosis: Fuera del cielo (Javier Fox, 2006), La misma luna (Patricia Riggen, 2007), Amar a morir (Fernando Lebrija, 2009), Flor de fango (Guillermo González Montes, 2011), Chiapas, el corazón del café (Alejandro González Padilla, 2012), y un prolongadísimo etcétera de filmes que van, como los señalados, de lo cándido a lo aberrante. No faltan thrillersDías de gracia (Everardo Gout, 2011), Colosio, el asesinato (Carlos Bolado, 2012)—, biopicsEl fantástico mundo de Juan Orol (Sebastian del Amo, 2012)— e, incluso, comedias rancheras —Oveja negra (Humberto Hinojosa, 2009)— o musicales, como la torpe ¿Qué le dijiste a Dios? (Teresa Suárez, 2013).

Anzuelos para pescar audiencias dispersas e instrumentos para soñar con éxitos masivos, las películas mexicanas de género dan cuenta de la pericia creciente del cine mexicano para “narrar con claridad”, escurridizo principio básico: la habilidad para contar una historia y hacer al espectador cómplice de lo narrado, sin importar lo inverosímil, lo gastado o lo burdo de la representación. Simiente de un cine con futuro una vez que se trascienda la fantasía de “recuperar” las pantallas de las garras de Hollywood.