Arte

En busca de un cine sobre lo popular


Por Fernando Mino

Oportunidades para una segunda mirada al barrio. Ha sido publicada en DVD una película interesante, Asalto al cine (2011), opera prima de Iria Gómez Concheiro (1979). Se trata de la entretenida historia de cuatro adolescentes ociosos sobreviviendo al clima feroz y entrañable de la colonia Guerrero.

El Negus (Gabino Rodríguez) y su novia de manita sudada la Chata (Paulina Ávalos), junto con el Chale (Juan Pablo de Santiago) y el Sapo (Ángel Sosa), disfrutan de fumar mota y perder el tiempo en la azotea de su edificio multifamiliar. Cada uno vive sus propios dramas, desde los más simples, como la mamá jodona de la Chata, hasta los más densos, como los de Negus, despreciado por su madre a la vez sobre protectora con el hermano manipulador y adicto al crack; o los de Chale, sumido de repente en la pobreza desde que su papá electricista se quedó desempleado y reprimido tras la desaparición de Luz y Fuerza del Centro. Deseosos de tener dinero para irse a Estados Unidos (¿a dónde más?) planean, con minuciosidad de alta escuela, asaltar el Cinépolis Diana. Contra todos los pronósticos, lo logran. Y sin consecuencias, pero tampoco con mayor beneficio, siempre sentados, inmóviles en el mismo rincón de su barrio-destino.

Ambientada con tino sociológico entre la Guerrero, Tepito, Nonoalco y el Faro de Oriente, en los confines de Iztapalapa, la película colecta una amplia galería de detalles y fijaciones de los sectores medios chilangos en eterno proceso de precarización (el empeño de la madre del Chale porque estudie; la televisión como objeto sagrado; la policía como la Corrupción encarnada; el vendedor de tacos de canasta; el mendigo ciego; el gerente del cine trajeado, para hacer notar el estatus; el teporocho; el ambulante y su ropa de paca; el siniestro narcomenudista; el uniforme de secundaria pública; los malandros en duelo de miradas para ver quién se quiebra primero; la estación del metro como referente urbano). Venturosamente no hay agentes de progreso ni propuestas morales ni mayor regodeo en los detalles descritos. Pura acción. El mayor acierto de Gómez Concheiro es ese tono naif, que rehúye de la estetización de la pobreza y de la retórica de la sordidez tan usuales en el cine mexicano contemporáneo.

Puesta al día de temas recurrentes en el cine mexicano —de la descripción antirromántica del barrio en Los olvidados (Buñuel, 1950) a la búsqueda de la libertad desde la transgresión de Matiné (Hermosillo, 1976)—, Asalto al cine resiente sin embargo cierta proclividad a lo ontológico, fijación común a la intelectualidad mexicana de izquierda. Los pobres son netas porque son pobres y  su Verdad se expresa en graffitis, rescoldo del muralismo nacionalista. Esta tentación se vuelve indulgencia en el inverosímil número de hip hop a cargo del Sapo (…en este infierno, yo no me muero/digan, cabrones, que no harían por dinero…). Simplificación de una compleja y rica diversidad, territorio atractivo, inasible e inconmensurable, buen punto de arranque para una carrera fílmica prometedora.