Arte

Ella


Por Abel Cervantes

 

 

Cuando comenzaba la producción de Inteligencia Artificial Stanley Kubrick mencionó que le interesaba la ciencia ficción para entender qué era lo que nos hacía humanos. De esta manera, estudiaba a las máquinas para aproximarse a los sentimientos y los pensamientos de los hombres. Y los resultados fueron deslumbrantes. El ejemplo más representativo es 2001: Odisea del espacio. Ella, de Spike Jonze, persigue objetivos parecidos. La película más reciente del director estadounidense relata la historia de un hombre (encarnado por Joaquin Phoenix) que se enamora de su sistema operativo. Pero en el fondo la cinta reflexiona sobre la incapacidad de los seres humanos de entablar relaciones personales. Por ejemplo, vislumbra situaciones amorosas de pareja donde uno de los dos carece de un cuerpo. Así, el sexo se limita a la erotización de las palabras. El deseo de la carne desaparece. O mejor: se tergiversa y se proyecta en un ente que existe sólo de manera virtual.

La película muestra acertadamente los cambios que se están efectuando respecto de los lenguajes. Me explico. El protagonista se dedica a elaborar cartas para distintos destinatarios con el propósito de transmitir emociones. Es interesante observar que en ningún momento el personaje realiza el acto de escribir: dicta las cartas a una computadora. Spike Jonze actúa en consonancia con lo que menciona Franco Berardi “Bifo” en Generación Post Alfa: nuestra sociedad está cambiando de hábitos comunicativos. Si antes atendía a un sistema lineal parecido a la estructura de un texto (un tejido, según su raíz latina), en la actualidad persigue una simultánea (como la que provoca una pantalla de computadora donde se atienden varias conversaciones a la vez). Las consecuencias de este acontecimiento probablemente sean las que se presentan en la película: personas cuyo interés se limita al trabajo y a la interacción en un ordenador.

Luego de ofrecer una serie de relatos deslumbrantes (¿Quieres ser John Malkovich?, Ladrón de orquídeas y Estoy aquí), así como un filme irregular (Donde viven los monstruos), el también creador de innumerables videos musicales ofrece una historia conmovedora y compleja. Quizás algunas de las respuestas a nuestros problemas amorosos se encuentren precisamente en la manera en que nos relacionamos con las máquinas.