Arte

El sur nunca muere


Por Sandra Sánchez / @phiopsia 

Todo significa por el lugar que ocupa en un espacio determinado. Podemos pensar en cosas simples, como el boom de la comida gourmet y las expectativas que tenemos ante un platillo bien dispuesto. No lo niego, la ilusión de singularidad y la posición en cierta escala social influyen, quizá no en el sabor, pero sí en la experiencia que tenemos. Incluyendo la fotografía, que fija “el momento”como parte del archivo de la plenitud personal -poco importa que sea o no simulada, el registro está hecho.

El Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), dentro de su programa curatorial Interperie Sur, que busca dar continuidad a “la línea de emergencia e inclusión” de la institución, invitó a los Tlakolulokos a presentar su trabajo en una exposición homónima a una de sus acciones previas: El sur nunca muere, presentada en 2012, dentro del marco del Festival de Artes Visuales Oaxaca, “Puntos de encuentro”. En esa ocasión, los integrantes del colectivo, Darío Canul, Cozijoesa Cernas y Eleazar Machucho, realizaron una intervención a tres vagones del museo del ferrocarril. En ellas aparece la frase “El sur nunca muere” junto a representaciones de mujeres. Una de ellas porta elementos de una tehuana, mezclados con vestimenta contemporánea, otra de lleva un palo detrás de la espalda, la tercera, casi una niña, lleva en las manos una botella de agua.

A partir del graffiti, la gráfica, el video y el sonido, el colectivo propone representaciones híbridas, que reflexionan sobre la violencia que implica el encuentro cultural entre elementos como la delincuencia, la santería, el turismo y la migración. El foco está puesto en los que se quedan y la forma en la que el tránsito afecta y moldea la identidad de Tlacolula de Matamoros y de Oaxaca misma. Otras intervenciones son realizadas directamente en los muros de la ciudad, apelando visualmente a los habitantes sobre la forma en que se ha ido transformando su localidad.

Todo significa por el lugar que ocupa en un espacio determinado. El museo no es la excepción. En uno de los patios internos del MUAC se lee, “Nunca perdones. Nunca olvides. Nunca mueras”. Al mirar la frase me pregunto a quién irá dirigida, qué pensará el visitante del museo (en abstracto) y cómo se relacionará con ella. El trabajo del colectivo dentro del museo tiene un paralelismo con la fotografía tomada a la comida gourmet: es un registro pensando para el futuro. ¿Cambia algo del significado de la obra cuando cambia de sitio? ¿La institución hace hablar a la obra en otro tono? ¿Sólo existe si es validada dentro de sus cuatro paredes?

Hay algo que se pierde y en esa pérdida encuentro un peligro. Se pierde la incidencia directa en la comunidad y en el espacio público para el que fue creada esa obra; la dimensión crítica de la actividad de los Takolulokos la encuentro en la comunicación  directa con los habitantes que están padeciendo los cambios culturales, consecuencia de las nuevas formas de movilidad y turismo cultural, de necesidad económica y migración. El peligro es la estetización de la propia obra, el que el visitante se deje llevar únicamente por su superficie sin entender que su plasticidad es el encuentro entre muchos signos y afectos que atraviesan “lo que nos sucede”. La fotografía de la comida no puede suplantar la plática de la sobremesa, sin embargo, existe y nos habla de otra cosa.

Es decir, si bien el museo no es el mismo espacio público que la calle, su marco permite reflexionar, en un segundo momento, sobre las prácticas culturales que conforman el imaginario social. En ese sentido celebro la existencia de un programa como Interperie Sur, que permite hablar sobre la historia del tiempo presente, las preocupaciones y problemas actuales. Sin embargo, deberían pensarse nuevas estrategias para señalar que lo que se muestra ahí no son productos terminados,  sino artefactos:

[Las obras de arte son] operaciones con signos, imágenes, estructuras sociales, materiales y formas de pensamiento preexistentes que el artista extrae de la sociedad, la historia y la política que lo circunda, esos “materiales” (en el sentido más amplio del término) aparecen introducidos a la obra como su “información”. Son el momento social y colectivo que ingresa a la obra, independientemente de las condiciones de su factura.

Nada en mi argumentación permite pensar que esa “información” deba pasar por la cabeza del artista. Es empíricamente comprobable que el artista incluye en su obra fragmentos o prácticas que él o ella misma no puede articular verbal o intelectualmente. En última instancia, eso significa que las obras de arte sean, antes que construcciones semióticas, artefactos. El “cómo y de qué están hechas” es su contenido… 1

Si bien comparto la visión de la obra de arte como “artefacto”, lo cual la acerca a ser analizada como un fenómeno en tiempo presente e impide que sea vista como un simple mensaje posible de ser decodificado y encerrado en un archivo (¿catálogo?), pienso que justo el hecho de que sean los Tlakolulokos los que realizan estas acciones es importante. Quizá no en su historia íntima, sino en su propio rol dentro de la sociedad en que activan su quehacer. Es decir, son ellos quienes  escogen el encuadre y toman la fotografía, son ellos quienes desde su propia comunidad generan la reflexión, la incomodidad, el aplauso o el cinismo. El museo genera visibilidad sobre los procesos sociales que denuncian, pero su validación social se inscribe en otro lugar, en su propia comunidad.

La exposición puede ser visitada hasta el 27 de julio de 2014 en la planta baja del Museo Universitario de Arte Contemporáneo.

 

 

1 Cuauhtémoc Medina. Carta abierta al Comité Invisible Jaltenco.

http://comiteinvisiblejaltenco.blogspot.mx/2012_10_01_archive.html