Arte

El salvajismo poético


Por Fernando Mino

(y por eso al escribir

la confesión es el suburbio de una

[bala que atina

y por eso la poesía es la grieta

menos visible de nuestras urnas

                                        [funerarias)

Fragmento de Suburbio de una bala, Julián Herbert.

La narrativa de la violencia se ha entronizado en los tiempos que corren. De una mañana a otra nos despertamos en un país extraño y viciado de sicarios y cárteles, de decapitados y secuestros, de extorsiones y ejecutados. Un país de historias macabras, de miedo e incertidumbre que ha dado paso a toda una poética: “Ahora son hombres los niños que vivían de las ratas./Actúan como sicarios de un poder invisible/y poco a poco pero noche tras noche/nos eliminan a balazos.” (Fragmento de La hora de los niños, José Emilio Pacheco).

El salvajismo poético, ese que busca plantear experiencias límite para trascender los límites morales del espectador y generar una “fascinación-repulsión por la monstruosidad” (Thierry Jousse), predomina en las películas nacionales memorables del presente lustro, desde la inquietante amoralidad de Los bastardos (Amat Escalante, 2008) hasta la grotesca complacencia de El infierno (Luis Estrada, 2010), pasando por la violencia ritualizada —que incluye la presencia del diablo mismo— de Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas, 2012), la cruda descripción de los oscuros tentáculos del narco en Miss Bala (Gerardo Naranjo, 2011) y la sublimación fantástica de Somos lo que hay (Jorge Michel Grau, 2010), con una familia de caníbales chilangos, o Halley (Sebastian Hoffman, 2013), con un muerto en vida asistiendo a la descomposición de su propio cuerpo.

Dos ejemplos pueden dejar constancia de esa fascinación estética por la violencia, de su potencial narrativo y también de las enormes oportunidades para entablar diálogos con la realidad y con los espectadores. Días de gracia (Everardo Gout, 2011) opta por lo trepidante, con un relato que juega con el tiempo narrativo para contarnos la historia de un secuestro en pleno mundial de fútbol, que incluye persecuciones y balaceras, seguidas por una cámara que nunca se detiene, y sobre todo, que oculta y filtra la realidad para engañar y crear tensión en el espectador, al modo usual del cine de Hollywood, con ecos bien definidos del cine de Quentin Tarantino (Perros de reserva, 1992) y Steven Soderbergh (Traffic, 2000) con su idea visual cochambrosa de Tijuana. Una puesta al día con suntuoso efectismo visual de la larga tradición de cine policíaco a la mexicana que hace de la corrupción endémica, origen y destino.

En las antípodas se encuentra Heli (Amat Escalante, 2013), intenso y contemplativo drama sobre la irrupción de la infinita violencia del narcotráfico en la vida rutinaria de una familia en un pueblo de Guanajuato. Descrita con habilidosa parsimonia, la cámara de Escalante se detiene a mostrar un feroz entrenamiento militar y el cortejo de la hermana adolescente que origina el conflicto que culmina con dos visiones de la violencia, cuál más brutal: la tortura de Heli y del novio de su hermana (con el inquietante acompañamiento de una cámara atenta a cada detalle) y el secuestro de ésta para ser llevada a quién-sabe-dónde y luego ser liberada muda y en shock (en una todavía más inquietante elipsis que deja a la imaginación del espectador la suerte de la chica). Huérfanos y a la deriva, los dos hermanos se enfrentan de repente con la crudeza de madurar en un entorno salvaje.

El cine y su correlato sobre la necesidad de madurez en una sociedad dominada por el miedo y la incertidumbre, pero incapaz de tomar el riesgo de cambiar su vida. Asonada de balas a la distancia.